Sòcrates: la fundació de la parrhesía en el camp de l'ètica (Michel Foucault).


Después de referirnos a la crisis de la parrhesía política, querría comenzar el estudio de la parrhesía, de la práctica del decir veraz, en el campo de la ética, y para ello, como es obvio, partir de Sócrates en cuento es, desde luego, aquel que prefiere afrontar la muerte antes que renunciar a decir la verdad, pero no ejerce ese decir veraz en la tribuna, en la Asamblea, delante del pueblo, diciendo sin disfraces lo que piensa. Sócrates es aquel que tiene el coraje de decir la verdad, que acepta correr el riesgo de morir para decir la verdad, pero a través de la prueba de las almas en el juego de la interrogación irónica. (87)

Para estudiar esa fundación de la parrhesía en el campo de la ética, en oposición a la parrhesía política, me gustaría comentar dos textos. El primero está en la Apología: es el famoso texto donde Sócrates dice que, si no quiso tener un papel político en la ciudad, fue porque, de haberlo tenido, se habría expuesto a la muerte.

En cuanto al segundo texto, se tratará, en el Fedón, de las célebres últimas palabras de Sócrates cuando pide a sus discípulos que, en concepto de pago de una deuda, ofrezcan un gallo a Esculapio, y (en el momento) en que se aconseja hacer ese sacrificio y agrega: piénsenlo, no lo olviden, no lo descuiden. Es un texto que jamás ha explicado o interpretado ninguno de los historiadores de la filosofía o los comentaristas que, desde hace dos mil años, se ha consagrado al asunto. (…) Sea como fuere, entre esos dos textos (…) está todo el ciclo de la muerte de Sócrates en su relación con el decir veraz y los riesgos mortales en que éste hace incurrir. (87-88)

Ahora querría abordar el texto que está en 31c de la Apología, sobre el interrogante: ¿hay que hacer política?, o mejor: ¿por qué él, Sócrates, no ha hecho política? Inmediatamente antes de ese pasaje, Sócrates acaba de explicar cómo salió a buscar a los ciudadanos de Atenas, cómo se ocupó de ellos, cómo veló por ellos (…) Y apenas dicho esto, se hace la siguiente objeción: pero entonces, “ a qué se debe que, al prodigar así mis consejos aquí y allá a cada uno en particular y meterme un poco en todo”, no me atreva públicamente (demosía) a presentarme al pueblo, a dirigirme a él (subir a la tribuna para dirigirse al pueblo) para dar consejos a la ciudad? (ibid. 31c)

La razón que da para no ejercer ese papel es bien conocida. Ha escuchado cierta voz familiar, divina o demónica, que, de tanto en tanto, se hace oír en él y se le da a oír, una voz que nunca le prescribe nada positivo, nunca le dice lo que tiene que hacer, pero que de vez en cuando se deja oír para advertirle que no haga algo que él está a punto de hacer o habría podido hacer. (…) La voz se le hace oír para desviarlo de la intención de hacer política. (…)

En ese punto, Sócrates propone una serie de consideraciones que, a primera vista, podrían pasar por la explicación lisa y llana de aquella prohibición o, en todo caso, del signo negativo que la voz demónica le ha dirigido. Esa explicación aparente es el mal funcionamiento de la parrhesía democrática o, de manera más general, de la parrhesía política, la incapacidad en que uno se encuentra, cuando tiene que vérselas con las instituciones políticas, de actuar como es debido, actuar plenamente, representar el papel parresiástico hasta las últimas consecuencias. ¿Y por qué? Sencillamente, a causa del peligro que se corre (ibid, 31 d-e).

(…) La cosa está clara: no he hecho política; ¿por qué? Porque, de haberla hecho, de haber dado un paso adelante para hablarles, para decirles la verdad, ustedes me habrían hecho morir como mueren todos aquellos que, con generosidad, quieren impedir injusticias e ilegalidades en su ciudad.

Toda la Apología, o al menos la primara parte, está consagrada a definir y caracterizar una tarea que es útil y debe der protegida contra la muerte. Dicha tarea consiste en determinado ejercicio, determinada práctica del decir veraz, la puesta en acción de cierto modo de veridicción muy diferente de los que pueden tener lugar en la escena política. (…)

Sócrates es alguien que tiene una tarea, una misión, casi podríamos decir un oficio; en todo caso, carga con una responsabilidad. (…)

Ahora bien, ¿cuál es el objetivo de esa misión? (…) El objetivo es velar constantemente por los otros, ocuparse de ellos como si fuera su padre o su hermano. Pero ¿para conseguir qué? Para incitarlos a ocuparse, no de su fortuna, de su reputación, de sus honores y sus cargos, sino de sí mismos, es decir: de su razón, de la verdad y de su alma (ibid. 29e)

Ellos deben ocuparse de sí mismos. Esta definición es capital. El uno mismo den la relación de sí consigo, el uno mismo en esa relación de vela sobre sí mismo, se define en primer lugar por la phrónesis, esto es, la razón práctica, por decirlo de algún modo, la razón en ejercicio, una razón que permite tomar las buenas decisiones y desechar las opiniones falsas. En segundo lugar, el uno mismo se define igualmente por la alétheia, toda vez que ésta es, en efecto, el índice, el elemento al cual se asocia la phrónesis, lo que busca y obtiene; pero la alétehia también es el Ser en cuanto estamos emparentados con él, bajo la forma, precisamente, de la psykhé (del alma). Si podemos tener una phrónesis y tomar las decisiones adecuadas, es porque tenemos con la verdad cierta relación que se funda en la naturaleza del alma. Y tal es pues la misión de Sócrates, misión, como advertirán, muy diferente en eu desarrollo, su forma y su objetivo, de la parresía política, de la veridicción política de la que hablamos hasta aquí. Tiene otra forma, otro objetivo. Ese otro objetivo es, sin duda, procurar que la gente se ocupe de sí misma, que cada individuo se ocupe de sí mismo en cuanto ser racional que tiene con la verdad una relación fundada en el ser de su propia alma. Y en este aspecto estamos ahora ante una parrhesía centrada en el eje de la ética. La fundación del ethos como principio a partir del cual la conducta podrá definirse como conducta racional en función del ser mismo del alma es, en efecto, el punto central de esa nueva forma de parrhesía. (89-102)

Clase del 15 de febrero de 1984. Primera hora.


Michel Foucault, El coraje de la verdad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2010

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