Pensa en Beethoven, pensa en Mozart, pensa en Picasso (James Rhodes).



Piensa en Beethoven. Un tío que se estaba quedando sordo, vale. La gente no piensa en que al final de su vida le aquejaba un dolor insostenible, los médicos tenían que agujerearle el estómago y aun así rechazaba los medicamentos. Porque tenía que componer. Un hombre que fue apaleado casi hasta la muerte por su propio padre borracho, antes incluso de ser adolescente, cuando tenía dieciséis años. Beethoven tuvo que presentarse a juicio para tomar el control de los ingresos de su padre, para asegurarse de que alimentaba a su familia. Él sabía que su padre iba a bebérselo todo, y luego zurrarles un poco más. Todas esas historias terribles… Y asimismo, doscientos años después, aún escuchamos su música. ¿Sucederá lo mismo con Coldplay en cien años? Quizás, pero permíteme dudarlo. Lo que sí sé es que seguiremos escuchando a Beethoven. ¿Por qué eso es así? ¿Por qué Bach, que vio morir prematuramente a once de sus doce hijos, escribió la música más gozosa de la historia? ¿No merece la pena explorar algo así? Tiene que haber una razón que explique por qué algunas de las mejores mentes del mundo siguen perplejas ante la genialidad de la que hacen gala algunos de aquellos compositores. Mozart: un cabrón increíble. Un tío que, al loro, escribió a su padre para decirle: «Estoy en Linz, en Austria, y tengo que presentar mi sinfonía mañana. Mejor que me ponga a ello» [ríe]. ¡En un día, por el amor de Cristo! [Se cubre la cara con ambas manos]. Mira, Amazon acaba de sacar las obras completas de Mozart. Setenta CD. Piensa en ello. Y murió a los treinta y cinco. Imagina tocar todos esos setenta CD. ¿Sí? Pues ahora imagina componerlos. En treinta años, si hubiese empezado a componer a los cinco [ríe].

Piensa en Mozart en cuanto a creador, y ahora piensa en tu director de cine favorito. Incluso tu preferido, el mejor de todos ellos, habrá firmado cuatro o cinco películas impecables, otras cuatro que no están mal, un par o tres (o más) infumables… Mozart no. Mozart era BANG-BANG-BANG-BANG [golpeando con el puño en la palma de la mano]. No cometió un solo error. La sinfonía de Mozart que yo incluyo en el libro es la n.º 41, la llamada Júpiter, la última que escribió en toda su vida. Y al final de la pieza te encuentras con esa fuga… Algo que creo que no ha sido superado aún en términos de perfección técnica. Me resulta difícil creer que alguien pueda escuchar algo así y no conmoverse. No sentirse inspirado. Vivimos en una época en la que, afortunadamente, puedes reproducir en un pequeño cachivache toda la música conocida, y gratis [ríe, de puro gozo]. Me da igual si los gustos de la gente no coinciden con los míos, si piensan que Chopin es una mierda, pero que al menos Brahms mola.

Picasso dijo aquello de que «todos los niños son artistas; el problema es seguir siendo un artista cuando te haces adulto». Lo que sucede es que se nos arranca esa inclinación a los nueve, los diez, los once. Esa creatividad se estrella contra un muro de negativas, de cosas que no puedes decir, de cosas que tienes que hacer, no, no, no, más no… Pero si te libras de todas esas constricciones, la creatividad regresa.

Kiko Amat, entrevista a James Rhodes: "La redención es posible, pero el precio muy alto", jot down, 09/01/2016

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