Moviments anticiència.


La unidad perdida (22/12/2015)

La anticiencia es un fenómeno fantasma. No hay, o no son conocidas, personas que se autodefinan como anticientíficas, ni existen grados de anticiencia. Incluso los movimientos más furibundos que se oponen a la visión del mundo que sugiere la ciencia se oponen a la ciencia en el nombre de una ciencia “mejor”. Y, sin embargo, el espectro de la anticiencia ha perseguido a la ciencia desde sus orígenes hasta el siglo XXI.

Es evidente, por trivial, que ninguna sociedad puede oponerse a la ciencia entendida en el sentido más genérico, a saber, un conocimiento sistematizado derivado de la observación, el estudio y la experimentación, y sobrevivir lo suficiente para argumentar por qué se opone. No, nadie se opone a esta definición genérica de ciencia.

Lo que ha encontrado una resistencia apasionada a lo largo de los siglos son esas tendencia de la empresa científica de buscar la autonomía de la naturaleza de lo sobrenatural y la independencia de la razón humana de los dictados de las costumbres y el “sentido común” de la época. No la ciencia per se, sino el intento de la ciencia de diferenciarse de la teología, la filosofía y “lo correcto” en el sentido antropológicamente cultural es lo que ha suscitado la furia contra la ciencia tras cada episodio de desarrollo y crecimiento de ésta.

Los sentimientos y movimientos anticiencia en el mundo contemporáneo son, parafraseando a Karl Popper, “ondas de choque” generadas por el nacimiento de la sociedad abierta parida por la Revolución Científica, la Ilustración y el capitalismo. Porque, por mucho que difieran en sus formas, modos de producción y costumbres locales, las sociedades tradicionales y premodernas en cualquier lugar fueron, y son,sociedades cerradas. Las sociedades cerradas no distinguen el nomos del cosmos o, dicho de otra manera, lo convencional, las leyes de la sociedad, de las leyes divinas de la naturaleza. Esto es, en las sociedades cerradas las normas sociales se entienden y viven como el reflejo del orden divino de la naturaleza, creado y sostenido por un dios legislador o, en las versiones menos antropocéntricas, por un espíritu inmaterial que todo lo permea.

Los distintos intentos para acomodar la visión newtoniana del mundo con la cosmovisión teísta tradicional de la naturaleza y del propio dios durante la Revolución Científica desembocaron en que durante la Ilustración se demandase a la teología que se justificase a sí misma usando los métodos de la ciencia. Gradualmente la ligazón, hasta ese momento indisoluble e indiscutible, entre dios, naturaleza y humanidad comenzó a desmaterializarse: los dioses no desaparecieron, pero se les negó la autoridad para explicar el mundo natural; en tanto en cuanto la moral tradicional invocaba un orden divino de la naturaleza como fuente de la moralidad y la ética, los conceptos de bien y mal comenzaron ser cuestionados y a cambiar.

Todos los movimientos anticiencia y anti-Ilustración, ya sean de los que miran al pasado hacia la comunidad perdida del pueblo antropológico (el Volk en la raíz de folklore), ya los que se centran en utopías futuras, muestran una fuerte tendencia a restaurar la unidad perdida entre humanidad, naturaleza y divinidad. Ven eldesencantamiento de la naturaleza como una manifestación del orgullo prepotente de la humanidad frente a lo trascendente, y las afirmaciones de ausencia de valorespredeterminados y universalidad como el orgullo prepotente de la ciencia moderna frente a siglos de sabiduría de distintas tradiciones, grandes y pequeñas, de todo el mundo.

De esta manera las llamadas a re-encantar la naturaleza y la recontextualización de la ciencia aparecen repetidamente en los movimientos de “ciencia teísta” (creacionismo, diseño inteligente, islámico, védico, etc.), en las “ciencias alternativas” (tecnofeminista, proletaria o “etnociencias” no occidentales) y en las distintas pseudociencias.

Nazismo y comunismo (29/12/2015)

Nazismo

El nazismo fue el primer movimiento anticiencia organizado en alcanzar el poder en un estado y en traducir su cosmovisión a un programa social concreto, con resultados desastrosos.

Enfrentados al fermento social que supuso la Revolución francesa y a una tardía pero rápida industrialización, los prominentes intelectuales alemanes románticos achacaron los problemas consecuentes al dualismo que la ciencia moderna creaba entre un universo mecánico y un dios trascendente.

Algunos de estos intelectuales (especialmente Alfred Rosenberg, el ideólogo jefe del partido nazi) fueron más allá, atribuyendo las tendencias dualistas de la cosmovisión científica moderna a la influencia de la concepción judía de un dios radicalmente trascendente que había “corrompido” la cristiandad. Los ideólogos nazis intentaron superar la ciencia dualista “judía” con una ciencia holística “nórdica” o “aria” que pudiese aprehender la divina fuerza vital que impregna el universo y que conecta la mente con la materia y a dios con la humanidad y la naturaleza**.

Los intelectuales que apoyaban la ciencia aria, incluido un grupo de físicos de primer nivel y un gran número de respetados hombres de letras, creían que la objetividad y la autonomía en la ciencia eran solo consignas inventadas por científicos que servían a sus propios intereses. Adolf Hitler dijo “Solo podría existir la ciencia de un tipo concreto de humanidad, y de una época concreta. Está muy probablemente la ciencia nórdica y una ciencia nacionalsocialista que están destinadas a oponerse a la ciencia liberal-judía.”

La ontología vitalista y la epistemología holista de la ciencia nórdica alentaban muchos “experimentos” sobre “lo oculto” (frenología, astrología, teosofía, propiedades “especiales” de los alimentos, rituales paganos, antiguas civilizaciones, por nombrar algunos) pero también programas serios de investigación científica especialmente en biología, ecología y agricultura, además de en tecnologías militares.

Comunismo (soviético – stalinismo)*

Estudia la gran senda de Lenin y Stalin

Como doctrina basada en el materialismo dialéctico en el marxismo no tiene cabida el holismo vitalista de la ciencia nórdica. La unidad que los marxistas buscaban se resumía didácticamente como la de la mano, el corazón y la mente, esto es, entre el trabajo productivo y el conocimiento científico.

Los teóricos del marxismo dedicaron sus esfuerzos a demostrar que los avances más importantes de la ciencia moderna se ajustaban a las premisas marxistas de que la existencia material da forma a la consciencia y de que las clases trabajadoras poseen una consciencia con menos interés en mantener falsedades e ilusiones que las clases burguesas.

Así, la Unión Soviética (y tras ella los países del bloque comunista europeo y China) bajo la autoridad de Stalin consideró que el lamarckismo de Lysenko tenía que estar más próximo a la realidad que la genética ordinaria porque reflejaba los intereses del proletariado, a la vez que rechazaba la física cuántica porque negaba la lucha de clases y la materialidad de la naturaleza.

El marxismo negó la autonomía de la ciencia moderna para establecer sus propias normas y estándares de validez; la ciencia sería la criada de la teología secular del marxismo.

Tras la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, la descolonización y creación de nuevos estados en las décadas posteriores y la evolución ideológica en la Unión Soviética, podría pensarse que el pensamiento científico moderno tendría la oportunidad de implantarse mayoritariamente en el mundo. Fue una esperanza breve. Los temas entrelazados del re-encantamiento de la naturaleza y la re-contextualización de la ciencia (véase La unidad perdida) volvieron con fuerza.

La ruta postmodernista (05/01/2016)

En esta ocasión, sin embargo, estas ideas no tenían el apoyo de estados totalitarios (véase Nazismo y comunismo), si bien algunos de los nuevos estados postcoloniales harían un uso oportunista de ellas, sino de nuevos movimientos sociales que hacían gala de ideales que eran interpretaciones de otros habitualmente asociados a la izquierda política: anticolonialismo, anticapitalismo, feminismo, protección de los derechos culturales de la minorías y protección del medio ambiente, por nombrar solo los principales.

Como los pesimistas culturales alemanes de finales del XIX, los críticos postmodernos tienden a culpar a la propia naturaleza de la ciencia (especialmente sus aspiraciones de universalidad, ausencia de valores predeterminadores y “reduccionismo”) del colonialismo, el patriarcado, el racismo, y la racionalidad instrumental del capitalismo.

El postmodernismo “condena” al conocimiento científico por servir a las potencias occidentales en su afán de definir la realidad en categorías eurocéntricas y patriarcales, silenciando por lo tanto las “ciencias” tradicionales de los pueblos no occidentales, de las mujeres, y de otros grupos sociales oprimidos históricamente.

Mientras los intelectuales modernistas en los nuevos países independientes excoloniales habían encontrado en la ciencia moderna una vía para desmitificar las cosmogonías tradicionales que justificaban tradiciones culturales no igualitarias (por ejemplo, las castas intocables de la India), los intelectuales postmodernistas encuentran las mismas cosmogonías tradicionales como una fuente de conocimiento emancipatorio y ecológicamente sostenible. Estos postmodernistas, por tanto, consideran la ciencia moderna, con sus vínculos con el capitalismo post-industrial global, como un mal mayor que las fuentes de opresión consuetudinarias, a menudo respaldadas, si no basadas, en la religión, de las sociedades cerradas.

El posición fundamental de todos los movimientos anticiencia es oponerse a la diferenciación y a la autonomía (relativa) del conocimiento científico del resto de la cultura. Consecuencia de esta posición es el impulso dado a buena parte de los estudios sociales y culturales de la ciencia que se han realizado en las últimas décadas. Éstos parten explícitamente del propósito de eliminar la separación existente entre los intereses sociales predominantes o los sesgos culturales de una sociedad y el contenido de lo que esa sociedad acepta como conocimiento válido de la naturaleza.

Así, el llamado “programa fuerte” en la sociología del conocimiento científico (SCC) afirma que puede explicar “el contenido mismo y la naturaleza del conocimiento científico…y no sólo sus condiciones de producción” en términos sociológicos. El SCC afirma que todos los sistemas de conocimiento son igualmente locales y están ligados al contexto en sus formas de justificar sus creencias. Lo que se considera aceptable como lógico y racional en una sociedad se decide en función de valores y objetivos sociales y de las asunciones metafísicas de sus miembros.

Un corolario de lo anterior es la “caridad epistemológica” hacia las creencias irracionales: si la ciencia moderna es un constructo local como cualquier otro conocimiento, podemos abandonarlo sin miedo a ser irracionales por ello o, como mínimo, no deberíamos sentirnos obligados a tener que valorar la validez de otros sistemas de creencias en función de creencias científicamente justificadas.

César Tomé López, Anticiencia, Cuaderno de Cultura Científica

Notas:

* Para un tratamiento más centrado en el desarrollo histórico/económico puede consultarse La ciencia bajo el totalitarismo en este mismo Cuaderno.

** Los aficionados al cine puede que encuentren similitudes entre esta definición y la fuerza de Star Wars. George Lucas dijo al respecto: “I put The Force into the movies in order to try to awaken a certain kind of spirituality in young people. More a belief in God than a belief in any particular religious system.” [Puse La Fuerza en las películas con objeto de intentar despertar una cierta clase de espiritualidad en los jóvenes. Más una creencia en Dios que una creencia en cualquier sistema religioso concreto].

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