Descartes, el jo i l'innat.



En Grecia, pero también en la Edad Media y en todas las civilizaciones, hay una enorme proliferación en las especulaciones sobre lo que es el hombre. Los primeros escritos que tengamos en cualquier cultura (Heráclito antes que Sócrates), suelen ser también un pequeño manual de psicología, aunque como tal ciencia no se establezca hasta el siglo XIX. El mismo Freud debe tanto a Sócrates... que le resulta difícil reconocerlo. En cierto modo gran parte de las teorías antiguas, antes de dar lugar a la Psicología moderna y al Psicoanálisis, se concentran en dos teorías contrapuestas del sujeto, las de René Descartes y David Hume.

Descartes (1596-1650) pertenece a la corriente racionalista. Ésta insiste en que, antes de la experiencia sensible y material, ya está la razón. Una razón que lo envuelve todo, también el universo de los sentidos, gracias a su fondo innato. Lo innato es algo previo (a priori) a lo adquirido. Naturalmente, los racionalistas (por ejemplo, el lingüista N. Chomsky) no niegan la importancia del aprendizaje, pero piensan que se deposita sobre un fondo previo, un suelo innato que el aprendizaje se limita a desarrollar.

Para explicar lo que es el hombre, Descartes tiene un gesto muy platónico y europeo de empezar desde atrás, un pasado o una experiencia anterior: primordial, borrosa, olvidada, latente, algo que ya estaba en Sócrates y Platón. Desarrollando teorías posteriores (por ejemplo, de san Agustín) Descartes concibe un sujeto sustantivo, con identidad estable y permanente. Un hombre con una estructura psíquica fija, idéntica y estable en un núcleo "duro". Como si la identidad mental estuviera por encima, o por detrás, de las situaciones inevitablemente cambiantes por las que el hombre atraviesa. El fundador del racionalismo, genial matemático y hombre de mundo, viene a decir que cuando la identidad sustantiva de la mente está atravesando malos momentos (decae o se deprime) siempre tiene una referencia desde la cual recuperarse. Esa misma "personalidad" profunda a la que las personas próximas, que te conocen, te ayudan a volver para recuperarte.

Esta idea del Yo, por tanto, es algo así como una especie de piloto que, desde atrás, dirige y atraviesa nuestras distintas situaciones. Cada uno puede y debe gobernar su vida desde una mente cuyo fondo se mantiene estable, salvo alteraciones patológicas, tras los distintos estados de ánimo y situaciones que atravesamos. Precisamente, una persona que "tiene poca personalidad" se deja influenciar excesivamente por otras. En la línea de Sócrates y Platón, Descartes no defiende el "autismo", sino que el ser humano, después de escuchar a los otros, decida por sí mismo. En tal sentido, el sujeto cartesiano debe siempre guardar distancias con todo lo externo.

Descartes explica que su idea del Yo parte de lo innato, algo que nace contigo o preexiste. Cada ser humano posee una especie de "disco duro" de personalidad que actúa como un fondo de reserva, de estabilidad e independencia. Se trata de algo previo al aprendizaje; no a posteriori, después de haber vivido tal o cual cosa, sino a priori. Lo innato es determinante y crucial para lo adquirido: cada ser humano tiene una predisposición, una tonalidad u orientación natal que debe descubrir y desarrollar conforme aumentan sus experiencias. Se trata de algo que está sumergido en nosotros, un fondo latente o durmiente, a la manera del alma (psiqué) en Sócrates. Lo innato, así, es algo que no se puede modificar radicalmente; aprendemos a modularlo, a disimularlo, pero esa estructura profunda de la personalidad sigue ahí. Descartes no negaría el valor de la educación (escribió bastantes libros para intentar enseñarnos algo), pero diría que la educación se limita a desarrollar ese esquema mental previo de cada persona.

Si pensamos en lo difícil que es educar, lo raro que es que alguien cambie, entenderemos algo de lo que nos quiere decir Descartes. Cuantas más vivencias tienes, más te conoces por dentro, más despliegas el núcleo esencial con el que has venido al mundo.

El humanismo de Descartes cree en la autonomía radical de cada uno. Ya vimos algo parecido en Sócrates cuando decía que la educación no era tanto introducir en el ser humano contenidos externos como ayudarle a descubrir y alumbrar (mayéutica) lo que llevaba dentro. Tal vez sería un ejemplo de este fondo previo los llamados atavismos, el regreso de rasgos primarios y escondidos del pasado; el insight (o la intuición) que de repente nos permite descubrir algo; eldejá vù que rescata sensaciones remotas, olvidadas o arcaicas, etc.

La concepción cartesiana del sujeto implica que cada uno se enfrenta al mundo desde su interior, desde un previo difícilmente accesible. Esto choca un poco con la idea contemporánea de la educación, la formación permanente, la flexibilidad y la influencia del contexto social.

La teoría de Descartes explica bien la posibilidad, tal vez cada día más difícil, de resistir a las presiones de la sociedad, de establecer estrategias al margen de la opinión pública, de resistir y enfrentarse, pensar a solas, fugarse, fingir y engañar, etc. Descartes explicaría bien las decisiones inesperadas con las que a veces nos sorprenden los seres humanos, las distintas maneras depercibir el entorno, de escuchar una misma clase o una sola frase. El sujeto cartesiano explicaría también lo poco que conocemos a la gente. Creemos saber mucho de un amigo hasta que ocurre algo inesperado y su reacción nos sorprende, pues ni se parece a lo que esperábamos de él. Ya sabéis que, como dice el refrán, a la gente se la conoce "cuando hay dificultades". Es decir, cuando el guión de una situación ha desaparecido y cada uno se muestra como es.

La idea del Yo de Descartes coincidía con la idea clásica de persona, un ser humano que no tiene equivalencia ni precio, a diferencia de las cosas. Una persona que, digamos, no depende totalmente del entorno porque tiene un sinfín de conexiones por dentro. Gradualmente, sin embargo, parece que esta teoría se hace cada día más "pesada", más difícil de llevar a cuestas: nos obliga a estar a solas en todos los momentos clave, a ser coherentes, a mantenernos estables y defender mañana lo que hemos jurado hace diez días... No está claro, por decirlo suavemente, que este sea hoy el modelo. Lo que se exige actualmente es la flexibilidad, la participación, la actitud "crítica" (también con uno mismo), la actualización perpetua y la formación permanente. A veces parece que la cultura actual quiere delegar lo permanente en la sociedad, la información, la ciencia, el Estado y las tecnologías.

De todas formas, hay toda una serie de corrientes humanistas en la psicología que son de cuño cartesiano. Cierta psicología humanista, estructural o gestaltista tienen en Descartes su último referente. Podríamos decir incluso que Freud parte del sujeto de Descartes, aunque sea para después dividirlo y defender la noción de inconsciente.

La idea cartesiana del sujeto permite que un piloto esté siempre por detrás de nuestras situaciones, como si el hombre tuviera un sótano del que, aunque salgamos, una parte nuestra se queda ahí. Según la psicología de origen cartesiano, nunca nos volcamos del todo en las situaciones, siempre reservamos una parte de nuestro ser. Esto nos permite esquivar las presiones e intervenir en las diversas escenas. Explica también que podamos resistir a situaciones complejas, que no seamos un mero reflejo. Si esta teoría está en crisis es, en parte al menos, porque actualmente lo que impera es el dios Sociedad, que impone la prudencia y la timidez en los individuos. Al convertirnos en un reflejo de lo que circula, nos hacemos invisibles, pudiendo compensar esa invisibilidad con un fondo privado donde escondemos nuestros secretos. O bien, que viene a ser el contrario simétrico, lo publicamos en las redes que nos protegen de nuestro temor más íntimo. En tal sentido, las redes sociales no ponen en riesgo la intimidad; al contrario, la blindan con un narcisismo que alcanza niveles militares.

 
Ignacio Castro Rey, Lo que queda del Yo, fronteraD, 22/11/2014

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