Revolució i democràcia.

Rosa Luxemburg

Hasta hace poco “la revolución”, en el terreno histórico y político, podía ser la francesa o la bolchevique: un cambio radical que sucede en un corto período de tiempo. Para otras situaciones, “revolución” designa una evolución profunda que se ha ido configurando a lo largo de bastantes años, como cuando hablamos de la revolución feminista. “Revolución demócratica” parece apuntar a algo que tiene que producirse en poco tiempo, porque es aquí y ahora, pero que también tiene que poner en marcha una evolución a más largo plazo, algo que tiene que ir haciéndose.

Leyendo las Memorias de un revolucionario, de Victor Serge –militante anarquista en su primera juventud, bolchevique durante los primeros tiempos de la revolución, crítico temprano del totalitarismo soviético, antiestalinista deportado y perseguido– he encontrado muchas muestras de su simpatía y coincidencia con Rosa Luxemburg. En las conclusiones de este libro, Victor Serge afirma que el gran desafío al que tiene que enfrentarse un revolucionario es el de “poner de acuerdo la intransigencia que resulta de las convicciones firmes, el mantenimiento del espíritu crítico hacia esas convicciones y el respeto a la convicción diferente”. Ese mismo punto de vista es el que llevó a Rosa Luxemburg a enfrentarse a Lenin por lo que ya percibía como ausencia de democracia y de libertad de expresión en la Internacional Comunista. Rosa Luxemburg siempre supo que la libertad es la libertad del que piensa de otro modo.

Hannah Arendt dice de Rosa Luxemburg ('Rosa Luxemburg 1871-1919', en Hombres en tiempos de oscuridad) que su historia es la historia del fracaso de la revolución en el siglo XX. Desde el mismo momento en el que la revolución bolchevique triunfó y los espartaquistas perdieron (entre 1917 y 1919), la esperanza en la revolución por la que muchos combatieron empezó a empañarse. Porque Luxemburg encarnaba una “tercera vía”: ni la democracia tiene que confundirse con el parlamentarismo, ni la revolución con la sangre. Y esa justamente era la revolución pendiente, es la revolución pendiente, será la revolución pendiente.

Hay palabras que son intempestivas: las que se dicen en un tiempo en el que no hay oídos para escucharlas. No sólo son intempestivos los que hasta ahora he citado en este texto, sino también otra filósofa, Simone Weil, que consideró que las relaciones de poder forman parte del modo de ser de los humanos y que, por lo tanto, el combate no tiene fin. Simone Weil piensa que “ser revolucionario” puede tener dos sentidos. El significado marxista consiste en esperar que todo cambie mediante un vuelco que ponga a los de abajo arriba: según Weil eso no conducirá a que las relaciones de poder desaparezcan, sino que volverán a reproducirse sobre otra base. El sentido en el que Weil entiende “ser revolucionario” es otro: ayudar a aligerar el peso que aplasta, rehusar las mentiras con las que se justifica la humillación, y contribuir a dar a los de abajo el sentimiento de que ellos también tienen valor.

Maite Larrauri, La revolución democrática, fronteraD, 10/10/2014

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