Què fer davant la crisi?

Los Estados han acudido al rescate de los bancos responsables de la crisis. Los han financiado con los impuestos de todos sin, por cierto, exigirles garantías serias ni tampoco unas cuentas en buen estado. ¿Debemos recordar que, hasta hoy, el único país donde los bancos han tenido que poner sus cuentas encima de la mesa es... la América de Barack Obama? A su vez, habrá que pagar ese rescate de los bancos que han trapicheado con los productos derivados y han endeudado a la gran mayoría de la población a golpe de préstamos hipotecarios podridos. Será, esta vez, un financiamiento en forma de restricciones presupuestarias, de recorte de las pensiones, de reducción de los salarios de los funcionarios, de alargamiento del tiempo de trabajo, de flexibilización del derecho del trabajo, etcétera. Dicho de otro modo, serán otra vez los asalariados pobres y las clases medias quienes pagarán.

Pero aquí, las cosas se complican, puesto que el juego europeo, basado en la desigualdad objetiva del peso de las naciones en la zona euro, pone directamente en competencia a las poblaciones europeas. Grecia, atacada por los mercados financieros, ya lo ha vomitado todo; Portugal va por el mismo camino; España, desde hace tiempo observada con lupa por los especuladores financieros al haberse convertido en el espacio de 20 años en un paraíso de la especulación inmobiliaria (en 2008, la mitad del cemento utilizado en Europa lo era en España), tenía que sentarse también en la picota. Y todo hace pensar que el turno de Italia y de Francia pronto llegará. En estas condiciones, Alemania, la principal potencia europea, tiene que estar preocupada, puesto que todo el montaje europeo se ha hecho para mantener el euro al nivel del antiguo marco, y hacer que esta moneda siga siendo directriz.

Pero Alemania asiste al descalabro de la moneda europea. Tiene que pagar por los países del sur de Europa y, además, acepta que se modifique de facto, como dice Pierre Lellouche, ministro francés de Asuntos Europeos, el Tratado de Lisboa, creando un fondo de urgencia de 750.000 millones de euros para ayudar a los países en crisis: "Es un gran cambio", dice, "ya que esto está expresamente prohibido en los tratados por la célebre cláusula de no rescate" (Financial Times, 28-05-10).

De ahí la angustia alemana: ¿cuándo acabará entonces todo eso? ¿Cuánto habrá todavía que desembolsar? ¿Y para quién? Alemania ha ayudado a Grecia a regañadientes, ha adoptado el plan de rescate de mala gana, ha prohibido las ventas al descubierto en su mercado financiero sin preguntar la opinión de nadie, exige de todos la misma ortodoxia presupuestaria que se impone a sí misma y, sobre todo, se niega a consumir más, ahorra más que nunca; en fin, hace lo contrario de lo que hacen todos los demás en Europa. En estas condiciones, las señales son ambiguas. A falta de un acuerdo sobre un Gobierno económico europeo, ¿debemos ver en ello, por parte de Alemania, el inicio de la crisis de confianza en la zona euro de los Dieciséis?

Sami Naïr, El dilema alemán, El País, 05/06/2010

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