La bondat sempre és perillosa.


El placer de la bondad era muy conocido en el pasado. En nada se complacen más las personas que en ser buenas, afirmaba Marco Aurelio, y durante siglos los pensadores y los escritores han repetido sus palabras. Pero en la actualidad son muchas las personas que no parecen creer en esta complacencia o que sospechan abiertamente de ella. Nos hemos forjado una imagen de la naturaleza humana en la que apenas hay generosidad natural. Casi todos aquellos que parecen creer que, en el fondo, ellas y las demás están locas, son malas y es peligroso conocerlas; que, como especie, los humanos nos hemos enemistado entre nosotros profunda y radicalmente, que nuestros motivos son muy egoístas y que nuestras simpatías son formas de protegernos. (...)

En cierto modo, la bondad siempre es peligrosa, porque se basa en la sensibilidad hacia los demás, en la capacidad para identificarnos con sus gozos y sufrimientos. Estar en el pellejo de otro, como suele decirse, puede resultar incomodísimo.Pero si los placeres de la bondad –como todos los grandes placeres humanos– son peligrosos por sí mismos, también se cuentan entre los más satisfactorios que conocemos. ¿Por qué hemos acabado por repudiarlos? En 1741, el filósofo escocés David Hume, enfrentado a una escuela filosófica que proclamaba el egoísmo ineludible de la humanidad, perdió la paciencia. Una persona tan necia como para negar la existencia de la bondad –dijo Hume– era sencillamente una persona que había perdido el contacto con la realidad emocional: «ha olvidado los movimientos de su corazón». ¿Cómo es posible que la gente haya acabado por olvidar la bondad y los intensos placeres que procura?
 
Barbara Taylor i Adam Philips, Elogio de la bondad, Duomo Editores, Barna 2010

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