Els mercats i la llei de la reflexivitat.

... los mercados financieros son un ejemplo clásico de lo que los sociólogos llaman un problema de acción colectiva. Miles de operadores individuales toman decisiones que, una por una, son racionales, al menos a corto plazo, pero en conjunto son irracionales.

Una característica fundamental de los mercados financieros es que los que intervienen en ellos son al mismo tiempo actores y espectadores. George Soros, que ha pasado media vida tratando de explicar este fenómeno al mundo, dijo la semana pasada en Londres que "los mercados no reflejan muy bien los hechos, en parte porque ellos mismos crean esos hechos". Lo que Soros llama "reflexividad" consiste en que las tendencias del mundo real refuerzan una tendencia en la mente de los participantes en el mercado, que, a su vez, refuerza esas tendencias en "una relación reflexiva, de doble retroalimentación". Las realidades crean expectativas, pero las expectativas también crean realidades, y así sucesivamente.

Un analista con el que he hablado desarrolla una atractiva metáfora de los mercados de deuda, de pie como esquiadores ante la amenaza de una "avalancha soberana". La diferencia es esta: en las pendientes de Chamonix, aunque mil esquiadores miren con angustia hacia arriba, su miedo no tiene ninguna influencia en la probabilidad de avalancha. En los mercados financieros, es el miedo de los esquiadores el que desencadena la avalancha.Por supuesto, para que exista ese peligro de avalancha, primero tiene que haber montones de nieve tambaleándose en lo alto de la montaña. Aunque unos mercados financieros sobrecalentados y apalancados en exceso contribuyeron a amontonar la nieve, no fueron los principales responsables. Los Gobiernos, las empresas y, no se nos olvide, ustedes y yo -en nuestro doble papel de consumidores y votantes- fuimos los principales amontonadores de nieve. Lo que los analistas del mercado de deuda muestran con una claridad asombrosa es, en la mayoría de los países desarrollados (no en todos), y sobre todo en muchos países europeos, una espantosa historia que se escribe con dos des: deuda y demografía.

Durante el último medio siglo, hemos acumulado un volumen asombroso de deuda empresarial, privada y pública. Después de la crisis financiera, se ha trasladado el énfasis de unos préstamos insostenibles del sector privado a unos préstamos insostenibles del sector público. Mientras los alegres banqueros se encaminan riéndose a sus yates, la crisis de la deuda en el sector privado se ha convertido en una crisis de la deuda soberana. Y, por cierto, las naciones exportadoras, virtuosas y ahorradoras, como China y Alemania ("Chermany", las llama Martin Wolff), dependen del carácter despilfarrador, fomentado por los créditos, de otros países que compran sus exportaciones.

Entre tanto, los miembros de la generación del baby boom están empezando a jubilarse y la proporción de la población por encima de 65 años está aumentando a toda prisa. Como no tengamos una inmigración juvenil masiva que logre integrarse plenamente, vamos a tener que trabajar todos más años, y nuestros Estados de bienestar tendrán que adelgazar y reducirse de forma escandalosa. El hacha de Osborne no es más que un aperitivo de lo que se nos avecina.

Timothy Garton Ash, Escuchen a magos y prepárense para el desastre, El País, 26/06/2010
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