Estatut d´individu.

La degradación del trabajo, la degradación de las protecciones, puede implicar la degradación del propio individuo, de su capacidad de conducirse como un individuo de pleno derecho, es decir, con un mínimo de independencia, con la capacidad de ejercer sus responsabilidades en la sociedad.

Un individuo no es una especie de entidad que cae del cielo, equipado desde siempre con todas sus capacidades, y susceptible de conducirse de forma autónoma en la existencia. Para poder conducirse como un individuo de pleno derecho es preciso disponer de determinadas condiciones o soportes. La historia social muestra que el individuo moderno, para liberarse de las necesidades, para poder conducirse como un ser responsable, ha precisado previamente del soporte de la propiedad. Y es por esto que, por ejemplo, los primeros proletarios no gozaban, hablando con precisión, del estatuto del individuo. Eran seres humanos completamente despreciados, contemplados como los nuevos bárbaros, como se decía en la época. No tenían nada y, hablando socialmente, no eran nada. Poco o nada tenían que ver con la concepción del individuo libre y responsable que figura por ejemplo en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Y estos proletarios miserables adquirieron el estatuto de individuos plenos cuando conquistaron derechos que les proporcionaban los medios necesarios para sentirse liberados de las necesidades inmediatas. Se podría decir que se produjo una generalización, una democratización, de la capacidad de ser verdaderamente un individuo a partir del momento en que la gran mayoría de la población de un país como Francia –pero esto sería válido para cualquier otro lugar– dispuso de recursos y de protecciones suficientes para poder conducirse en la vida social con un mínimo de independencia. Para los no propietarios, el estatuto del individuo estuvo ligado a la solidez de la condición salarial. El trabajador extraía lo esencial de sus recursos y de sus protecciones de la solidez del marco laboral. Esto explica que cuando ese suelo protector se vio erosionado fue el individuo mismo el que se fragilizó y el que, en último extremo, se encontró socialmente invalidado. Tal es el caso en la actualidad de muchos parados de larga duración. Todos los estudios sociológicos sobre el paro muestran que lo que pierde el parado no son únicamente recursos financieros, sino que, con mucha frecuencia, es su propia identidad social la que se resquebraja. Y como señalaba antes, esta situación no está únicamente vinculada al paro, sino también a la multiplicación de situaciones de precariedad. No se puede concebir la precariedad únicamente como una situación transitoria, como un mal momento más o menos difícil que hay que superar mientras se espera alcanzar un empleo duradero. Se puede producir una precariedad permanente, por decirlo así, y precisamente por esto he propuesto la expresión de «precariado» para designar el desarrollo de una especie de estrato de la división del trabajo que se encuentra por debajo de los asalariados normales protegidos por el estatuto del empleo. Creo que nos debemos plantear la siguiente pregunta: ¿qué es lo que significa ser un individuo en estas condiciones? Esto no implica ningún menosprecio por todos aquellos que son individuos como todo el mundo, en el sentido de que tienen placeres, penas, necesidades y deseos. Con mucha frecuencia estas personas manifiestan efectivamente la voluntad de ser individuos, de conducir sus vidas de un modo autónomo, pues casi nadie escapa a esa exhortación compartida en nuestra sociedad. Sin embargo, son muchos los que no tienen los medios para ser los individuos que tendrían que ser, es decir, que carecen de los recursos mínimos para realizar esta aspiración, de modo que están condenados a vivir en la incertidumbre. Viven al día, no pueden hacerse cargo de sí mismos en el presente y, por tanto, aún menos pueden organizar su porvenir. Creo que es imprescindible reconocer la existencia de estos individuos, proporcionarles un espacio, pues la tendencia hoy dominante es la celebración del individuo emprendedor que asume sus responsabilidades y al que hay que liberar de las coacciones estatales y burocráticas para que pueda desarrollarse plenamente.

Robert Castel, Tiempos de incertidumbre. Cambios en el trabajo, las protecciones y el estatuto del individuo, Minerva. Círculo de Bellas Artes de madrid, nº 14, 2010
http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva-LeerMinervaCompleto.php?art=411

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