dimecres, 29 de juny de 2016

Stephen Jay Gould, defensor de la postura acomodacionista.


Stephen Jay Gould
Desde el punto de vista de la concepción acomodacionista, la ciencia y la fe son totalmente compatibles. Ciertamente, sus métodos difieren. Pero ser distintos no implica ser opuestos o antagónicos. Pero sus resultados, las afirmaciones que proponen tanto la ciencia como la fe, no se contradicen entre sí, por la sencilla razón de que hablan de ámbitos distintos, no tratan de lo mismo. Como el cardenal Belarmino acertó a expresarlo en el famoso y recordado proceso inquisitorial a Galileo, la Biblia no explica cómo van los cielos, sino cómo ir al cielo.

El acomodacionismo no se confunde, pues, con la doctrina de la doble verdad que permite la esquizofrenia intelectual de afirmar como científico, por ejemplo, que Dios no existe o que Jesús no pudo resucitar del sepulcro, y, como persona de fe, admitir la existencia de Dios y la resurrección de Cristo. El acomodacionismo no se sale del sentido común y se limita a reconocer que hay dos tipos de verdades con objetos diferentes, no dos verdades para el mismo problema. Las verdades de la fe y las de la ciencia pertenecen a planos distintos que coexisten sin solapamiento.

En la actual cultura estadounidense, el acomodacionismo viene representado por la figura, agigantada con el paso del tiempo, de Stephen Jay Gould (1941-2002), biólogo evolucionista heterodoxo. Gould fue, asimismo, un gran y amenísimo divulgador del darwinismo y de la historia de la biología.(...)

El acomodacionismo de Gould no fue original. Si algo le enseñó el estudio del desarrollo del árbol de la vida, la prodigiosa modificación y proliferación de los organismos vivos, es que en la biosfera no se dan soluciones simples a cuestiones complejas. Nuestra reflexión tiene que imitar, en lo posible, la riqueza y la variedad de lo biológico. El tajo de Alejandro Magno para deshacer el nudo gordiano no es un modelo intelectual imitable. Es verdad que nuestra mente tiende a la simplicidad, al sistema, a la utilización del menor número posible de supuestos. Nuestro modo de pensar está regido por la parsimonia y la economía de recursos, a diferencia de la vida, en la que predominan el despilfarro y la variedad inimaginables. Estamos constituidos para buscar intelectualmente la unidad, y esta es una tendencia de nuestro pensamiento que no podemos desarraigar. Sin embargo, somos capaces, en aquellas ocasiones en que los prejuicios no nos ciegan, de darnos cuenta de que a veces las respuestas sencillas no funcionan. En estos casos, obtenemos más éxito si somos más dúctiles, aceptamos salirnos de un esquema preconcebido y abandonamos las ansias sistemáticas. Dicho en pocas palabras, precisamos de la ciencia y de algo más.

Para vivir de un modo más pleno y captar cuanta más realidad mejor, por supuesto que necesitamos de un saber como la ciencia. Con todo, no siempre ha sido así. A diferencia de la religión, la ciencia es una recién llegada a la historia de la humanidad. El ser humano ha sido capaz de vivir sin ella durante milenios. Pero ahora no podríamos abandonarla. Pese a la añoranza del tiempo pasado que a todos nos aqueja, Gould creía, sin dudarlo, que vivimos en la mejor de todas las épocas, convencido de que cualquier tiempo pasado fue peor. Y, con suerte, si la humanidad no cae totalmente en la locura, confiemos en que cualquier tiempo futuro será aún mejor que el presente. Solemos confundir el declive personal que sobreviene con la edad, con la decadencia social. La perspectiva egocéntrica nos persigue como nuestra sombra. Gracias a la tecnología, secuela de la ciencia, la humanidad ha conseguido, entre otras cosas, que se haya vuelto muy raro lo que era habitual apenas un siglo atrás: que los padres enterraran a varios de sus hijos. Como tantos matrimonios, el de Charles Darwin vio malograrse también a uno de sus descendientes y, antes, él había abandonado sus estudios de medicina apenas comenzados, tras la desagradable experiencia de asistir a una operación quirúrgica realizada, por supuesto, sin anestesia de ningún tipo, ya que su generalización tardaría aún varios decenios. Pero la ciencia no sólo nos facilita la vida, sino que su valor proviene asimismo de su capacidad para desvelar muchos de los enigmas del universo. El discurso de Gould no fue, por tanto, una proclama anticientífica y tecnofóbica.

No obstante, a pesar de estas ventajas, Gould sostenía que la ciencia sola no nos basta. Si para andar nos conviene disponer de dos piernas, también para vivir necesitamos al menos de otro conocimiento aparte del científico. Esto se debe a que la ciencia debe enmudecer en las cuestiones relativas a cómo hemos de vivir, nada tiene que decir sobre la existencia o inexistencia de Dios, y es incapaz de descubrir el significado último de nuestra vida y del universo. Este saber indispensable puede ser encontrado en la filosofía, la ética, el humanismo secular y también en la religión. No son lo mismo, obviamente, pero todos estos saberes –filosofía, ética, religión...–, magisterios, como los llamaba Gould, coinciden en no ser parte de la ciencia. Sin embargo, que se encuentren al margen del saber científico no supone necesariamente que se opongan a él; es más, jamás podrán oponerse a la ciencia, porque apuntan a terrenos muy distintos. La ciencia trata de cuestiones como: ¿están los seres humanos relacionados con los demás organismos por lazos genealógicos? ¿Se parecen los grandes simios a los seres humanos porque comparten un antepasado reciente o porque representan un modelo defectuoso nuestro? En cambio, el otro magisterio (filosofía, religión...) se plantea preguntas diferentes, tales como: ¿por qué valen más los seres humanos que las bacterias? ¿Es moralmente aceptable introducir un gen de una especie en el genoma de otra especie?

Ciertamente, conviene insistir en que estas últimas preguntas, de índole moral, admiten asimismo respuestas provenientes de fuentes diferentes que la religión. Pero es también innegable que no pueden ser respondidas desde la ciencia. En este sentido, la ciencia y la religión (o la filosofía, el humanismo secular...) no son incompatibles. Todo lo más que puede decirse es que la religión o, probablemente, algunas religiones son incompatibles con ciertas filosofías. El acomodacionismo no niega la posibilidad de la crítica racional de la religión en general o de alguna religión en concreto. Simplemente asegura que la religión, la filosofía y otras formas de saber no científico, siempre que se mantengan en sus respectivos ámbitos, respeten sus límites, no se solapen con el saber científico y, en consecuencia, no puedan entrar en colisión con él. (...)

Posiblemente en Estados Unidos no se estudia la historia de la filosofía durante el bachillerato, como hasta ahora ha venido haciéndose en España y algunos otros países europeos. (...) Hace más de dos siglos, Kant se erigió en el paladín del acomodacionismo. Aunque tampoco fue su creador, hubo otros muchos antes que él. La historia de las ideas es reacia a dataciones precisas, ya que fechar doctrinas es mucho más arriesgado que datar fósiles en las series estratigráficas. Se subraya, con razón, que La crítica de la razón pura kantiana supuso un fortísimo golpe contra la teología filosófica, que contiene la pretensión de una demostración racional de la existencia de Dios, del dios del teísmo. Pero, simultáneamente a la demolición de los argumentos a favor de la existencia de Dios, La crítica de la razón pura fue un alegato confesado abiertamente contra los libertinos y los ateos. Y es que Kant no se limita a criticar esta o aquella prueba de la existencia de Dios, sino que muestra la incapacidad, por principio, de la razón humana para probar tanto que Dios existe como que Dios no existe. Esta misma imposibilidad se repite en el tratamiento de otras muchas cuestiones metafísicas, como cuando la razón del hombre intenta establecer la existencia o inexistencia del alma, el comienzo del mundo en el tiempo y en el espacio, o su eternidad e infinitud espacial, y la libertad o carencia de ella en el ser humano; en suma, siempre que se adentra en lo que no es de por sí experimentable sensorialmente, la razón se enreda consigo misma en todo tipo de falacias, antinomias y contradicciones. Tampoco la razón humana puede demostrar la realidad de las normas morales. Y, afortunadamente, Kant cree asimismo que esta razón tampoco puede demostrar que no existen tales normas. La moralidad escapa a lo que puede ser conocido a través de la razón teórica o, lo que es equivalente en este caso, a la ciencia. Justamente esta indecisión deja el margen suficiente para que quepa admitir racionalmente la moral, la existencia de Dios o la libertad del ser humano. En este contexto, admitir racionalmente significa que su aceptación no es en absoluto un conocimiento similar al conocimiento que proporcionan las ciencias. Y, por tanto, es un conocimiento que en modo alguno entra en contradicción con lo que prueba el saber científico, aunque tampoco se sigue de él. Lo razonable es que la ciencia calle ante estas cuestiones. Necesitamos otras fuentes de saberes, fundados en ciertas experiencias no sensoriales, en los sentimientos vividos, en el diálogo deliberativo, no guiados por intereses particulares, en la imitación de los ejemplos, etc.

A esta dualidad o pluralidad de magisterios, conjuntos diferentes de conocimientos de distinta naturaleza que no se solapan entre sí, Gould la denominó con el acrónimo MANS (en inglés, NOMA), magisterios no solapados. Y, de la misma forma que Kant, consideró que aceptar ambos magisterios era la solución a un problema inexistente, a una cuestión mal planteada (Ciencia versus religión. Un falso conflicto (trad. de Joandomènec Ros, Barcelona, Crítica, 2000). Dicho de otro modo, sostuvo que el problema del antagonismo entre la ciencia y la fe resulta ser meramente ficticio, que nunca habremos de elegir entre los dos, puesto que sus ámbitos de aplicación son nítidamente distintos.

El principio de los magisterios no solapados es de ida y vuelta: por así decir, en expresión de Gould, un arma de doble filo. Si impide extraer de la ciencia afirmaciones que contradigan las doctrinas de tipo religioso o filosófico y, viceversa, utilizar principios teológicos para refutar una hipótesis científica, por razones similares y con igual energía rechaza que se busquen en la ciencia apoyo para los contenidos de la religión (o de la filosofía). Los magisterios deben permanecer siempre separados. Pero la tentación de romper el principio de independencia de la ciencia y la religión resulta muy a menudo irresistible. Muchos teólogos y otros intelectuales comprometidos con la religión han recurrido, o todavía lo hacen, a los conocimientos científicos para apuntalar sus creencias. (...) Aunque la fe es una creencia carente de la evidencia suficiente, los creyentes recopilan cuanta evidencia pueden dondequiera que se halle para apoyar su credo, como si cualquier cosa valiese para la causa. Un lugar en que parece encontrarse con abundancia esta evidencia en favor de la creencia religiosa se identifica con los numerosos aspectos del mundo natural no explicados todavía por la ciencia. (...) La teoría de los magisterios no solapados (se basa en dos principios importantes). El primero es aceptar que estas incapacidades comprensivas del saber científico son inherentes a la empresa misma de la ciencia y, por tanto, su progreso no las eliminará. El segundo es admitir que el necesario silencio de la ciencia en algunos puntos abre la posibilidad de ensayar otras respuestas, sustentadas en otro tipo de racionalidad, que de ninguna manera podrán parangonarse con las teorías científicas. No serán inferiores ni superiores a ellas: serán meramente diferentes. De este modo, descarta la viabilidad de la teología natural, entendida como la demostración de la probabilidad de la hipótesis de Dios a partir de los datos suministrados por la ciencia. Y algo similar cabe decir acerca de una fundamentación de la ética a partir de la biología evolutiva, o de una explicación de la experiencia estética como adaptación a la vida esteparia del Homo erectus. ¿Alguien cree realmente que se ha desentrañado el misterio de la afición musical del ser humano por fijarse en que el ritmo de una primitiva canción ayudaba a la horda de homínidos a recorrer largas distancias sin separarse? (...)

El principio del acomodacionismo no propugna, en la visión de sus defensores más destacados, la ignorancia de un magisterio por el otro. No se trata de preconizar que el científico no se ocupe jamás de religión (o filosofía) y viceversa, como si el precio inevitable de la paz fuese la ignorancia entre sí. El acomodacionismo, por el contrario, es una viva invitación al conocimiento mutuo, al diálogo, al aprendizaje a partir de la otra fuente, pues, aunque no se solapen, cada magisterio debe aprender del otro: perfilar mejor sus contenidos, alcanzar mayor conciencia de sus límites, obtener metáforas y expresiones lingüísticas para expresar mejor sus contenidos. Y, sobre todo, cada ser humano necesita de ambos, a distintos niveles. Es impensable un teólogo o un filósofo que no esté al tanto de los principales descubrimientos científicos, como no se comprende un hombre o una mujer de ciencia carente de interés por la experiencia artística, religiosa, filosófica. El ser humano es complejo y requiere de ambos magisterios (e incluso de más). Lo que le está vedado es mezclarlos, hablar de uno a partir de la metodología y de los contenidos del otro. (...)

El ser humano es complejo y requiere de ambos magisterios (e incluso de más). Lo que le está vedado es mezclarlos, hablar de uno a partir de la metodología y de los contenidos del otro.

¿Significa lo anterior que la observación del principio del acomodacionismo, o reconocimiento de la independencia de los dos magisterios, veta la crítica de la ciencia, la fe o la filosofía cuando se las considere carentes de la suficiente racionalidad o con contenidos perjudiciales para el bienestar de la sociedad? En absoluto. Más bien lo contrario; el MANS –el principio de los magisterios no solapados– es una conminación a la denuncia de las frecuentes infracciones a este sano principio. La convivencia pacífica de ambos magisterios, de la ciencia y la religión, es un ideal metodológico nunca alcanzado del todo y es saludable que se acuse públicamente a quienes lo incumplen, sobre todo cuando estas infracciones no se quedan en el plano estrictamente intelectual, sino que, como sucede con frecuencia, repercuten en la vida personal y social, y causan a menudo profundos daños e injusticias. Gould ha ejercido esta acusación sabiamente al mostrar, por ejemplo, los peligros de la fisiognómica lombrosiana y la antropometría, cuya ilusoria exactitud científica justificó a lo largo del siglo XIX y hasta mediados del XX incontables discriminaciones. ¿Veremos pronto un fenómeno similar con la nueva medicina personalizada, apoyada en la recopilación de una infinidad de datos biométricos? (...)

La higiene intelectual recomienda no callar ante abusos de este tipo, cometidos desde ambos lados. Pero, so pena de incurrir en sofismas lógicos sonrojantes, no cabe extraer de estos casos de extralimitación, por numerosos que sean, una descalificación total de la religión (...). Es un pecado lógico de universalización apresurada, una indebida atribución al todo de lo que es exclusivo de una de sus partes. Que una práctica religiosa concreta perjudique al ser humano, o que una afirmación teológica pretenda describir un aspecto del mundo frente a la descripción científica aceptada, no supone que todas las religiones sean nocivas, ni que todos los contenidos teológicos entren en el terreno de la ciencia y queden contradichos por ella. Sólo una pasmosa pereza intelectual puede pasar por alto este abuso de generalización. El debate intelectual exige precisión, finura, discriminación. De no alcanzar estas virtudes, incurre en la falacia del espantapájaros u hombre de paja: la crítica se dirige a la caricatura de la tesis a que uno se opone, orillando la complejidad de la tesis discutida. O, como se afirma en un dicho castellano, que, bien pensado, no es tan políticamente incorrecto como parece a primera vista: las objeciones no pasan de dar lanzadas al moro muerto. Así son las cosas, en definitiva, cuando se sucumbe al peso muerto del prejuicio.

Juan José García Norro, La ciencia contra la religión, Revista de Libros 22/06/2016