divendres, 3 de juny de 2016

Sobre la paradoxa de Protàgores.



La mayor aportación filosófica de Lyotard, en mi opinión, ha sido la de mostrar cómo el discurso humano no se puede clausurar. Nadie puede decir la última palabra. Y, así, quedan al descubierto los discursos escatológicos que postulan un paraíso terrenal que, filosóficamente, resulta inalcanzable y, por tanto, si no es un mito, es, simplemente, una estafa.

Uno de los pasajes con los que el filósofo francés ilustra esa tesis es el dedicado a una curiosa paradoja de la antigüedad, que recoge Aulo Gelio en sus Noches áticas.

Su relato es el siguiente (la traducción es mía):


Sobre los argumentos que los griegos llaman antistrephonta, que podemos llamar “recíprocos”.

Entre los argumentos falaces parece ser el que más el que los griegos llaman antistrephonta, que nosotros, con mucha razón, hemos llamado “recíprocos”. Se da de la siguiente forma: cuando el argumento que alguno propone se retoma en su contra y puede volverse contra el que lo propuso y vale igualmente. Como aquel bien conocido en el que Protágoras, el más agudo de los sofistas, utilizó contra Evatlo, discípulo suyo. Pues se suscitó una pendencia y controversia entre ellos sobre la retribución que habían pactado. Evatlo, adolescente acaudalado, estaba deseoso de aprender el arte de la elocuencia y poder hacer alegaciones en juicios. Se puso bajo la instrucción de Protágoras y le prometió pagarle una gran suma de dinero, la que había pedido Protágoras, pagándole la mitad en ese momento, antes de comenzar el aprendizaje, prometiendo pagar la restante mitad el primer día que defendiese una causa ante los jueces y ganase.
Después de muchos días siendo alumno y discípulo de Protágoras, y habiendo adquirido con el estudio cierta soltura en la oratoria, no aceptaba casos y como transcurriese mucho tiempo y pareciese obrar como si no fuese a pagar el resto de los estipendios, tomó Protágoras una decisión que le pareció astuta: pidió la retribución pactada y demandó a Evatlo.
Y cuando se presentaron ante los jueces para exponer y defender la causa, se explicó así Protágoras: “Aprende, jovenzuelo bobo, que en cualquier caso, has de pagarme lo que pido, tanto si la sentencia fuera en tu contra como si fuera a tu favor. Pues si la sentencia te fuera contraria, me deberás la retribución en virtud de esa sentencia porque yo habré ganado; pero si te fuera la sentencia favorable, me la deberás, porque así lo acordamos en nuestro contrato, ya que habrías ganado.
A lo que respondió Evatlo: “Podía yo haberme anticipado a ese truco burdo, si no me hubiese defendido yo mismo y hubiese utilizado a otro abogado. Pero me produce mayor satisfacción la victoria venciéndote no solo en el proceso judicial, sino también en cuanto al mismo argumento. Aprende también tú, maestro sapientísimo, que en cualquier caso, no tendré que pagarte lo que pides, tanto si la sentencia me fuera contraria como si fuera a mi favor. Pues si los jueces se inclinasen a mi favor, nada te debería, en virtud de esa sentencia, porque habría ganado yo; pero si pronunciasen sentencia en mi contra, nada te debería, porque así lo acordamos en nuestro contrato, porque no habría ganado”.
Entonces los jueces pensaron que el asunto era dudoso e inexplicable, tal como se había expuesto, y para que no fuera a ocurrir que su sentencia, fuese cual fuese, se autoanulase, dejaron el asunto injuzgado y aplazaron la causa hasta un día lejanísimo. Así fue como un maestro de la elocuencia vio su propio argumento confundido y vuelto contra sí mismo por un discípulo adolescente, y se frustró la sutileza de sus argumentos capciosos.

Esta curiosa paradoja ha entretenido durante siglos a los lógicos, que buscaban una solución a esa circularidad argumentativa de la que es difícil escapar. La cuestión ha sido “resuelta” por algunos lógicos modernos, a raíz de la “paradoja del mentiroso”, que presenta similitudes con la nuestra. Consiste en la imposibilidad de dar un valor de verdad o falsedad al enunciado: “Yo miento”. Porque si, efectivamente, estoy mintiendo, lo que digo es falso, pero, sin embargo, es verdad que estoy mintiendo, por lo que el enunciado sería, también y a la vez, verdadero.

Russell “solucionó” la paradoja estableciendo que no era lógicamente aceptable un enunciado que se refiriese a sí mismo. Un enunciado tenía siempre que referirse a algo externo para poder tener un valor lógico. Si el enunciado coincide con eso externo a que se refiere, es verdadero; si no guarda correspondencia con aquello externo a que se refiere, es falso.

Pero en relación con la paradoja de Protágoras, Lyotard explica que no vale la tesis de Russell, porque esta se desarrolla en el ámbito puramente lógico, mientras que el debate entre Protágoras y Evatlo supera ese ámbito limitado y tiene mayor alcance. En efecto, Russell separa la lógica y el mundo: por un lado estarían los enunciados y por otro lado el mundo al que se refieren. Pero, ¿no son acaso los enunciados también parte del mundo? La paradoja de Evatlo muestra que sí, que los enunciados no son objetos lógicos que podamos ir tomando de una especie de “depósito lógico” para hablar de la realidad, sino que se incorporan a la realidad, pasan a formar parte de esta y la transforman. Es decir: los enunciados humanos tienen una dimensión temporal, lo que los convierte en objetos “físicos”, no “lógicos”, pues estos no tienen esa dimensión temporal.

El debate entre Protágoras y Evatlo no puede comprenderse si no es bajo esa dimensión temporal. Cuando Protágoras expone su razonamiento, no hay sentencia y, por lo tanto, Protágoras, que, en términos puramente lógicos y atemporales puede plantear legítimamente su dilema, no lo puede hacer en términos físicos o temporales: puede decir que hasta ese momento Evatlo no ha ganado ningún pleito. La sentencia judicial es la que va a cambiar el mundo y decidirá si gana o no un pleito. Pero la sentencia no ha sido aún pronunciada.

Cualquier sentencia final sobre el mundo no puede incluirse a sí misma como parte del mundo. Cuando se pronuncie esa sentencia, el mundo habrá cambiado (porque incluye dicha sentencia que no estaba contemplada en el mundo previo que juzga la sentencia). La sentencia final, pues, ya no puede ser considerada final, pues cabrá otra nueva sentencia sobre ese nuevo mundo que incluirá la sentencia anterior. Y así sucesivamente.

El mundo de la Utopía, pues, es como el universo de Parménides: un mundo atemporal y predeterminado, donde la sentencia final no cambia el mundo, pues este es una esfera maciza, inmóvil e invariable. Si el mundo no es concebido así, no puede admitirse que pueda haber una sentencia que clausure el mundo. Sentencia que, por otro lado, no clausura nada, pues el mundo habría nacido ya clausurado.

Tarski, de forma más técnica que , Russellhablaba de dos niveles de lenguaje: el lenguaje-objeto y el metalenguaje. Por ejemplo, el enunciado “Este enunciado es falso” enuncia, en el lenguaje-objeto, la verdad de un enunciado en ese mismo lenguaje-objeto. Para escapar de la paradoja habría que establecer una jerarquía de lenguajes, de forma que la falsedad o veracidad que se predica de “Este enunciado es falso” esté a un nivel superior a la falsedad a que se refiere el enunciado mismo.

Más que el problema lógico me interesa aquí el problema moral o político, y quisiera añadir alguna consideración más a las de Lyotard, que he explicado antes. Olvidémonos de los criterios lógicos de verdad y falsedad y vayamos a los criterios morales de deber, y analicemos un enunciado como: “Todas las normas deben ser cumplidas”. ¿Se incluye ese enunciado moral a sí mismo? Si tal es el caso, nos enredamos en una molesta “circularidad moral”: “todas las normas” incluye al propio precepto que obliga a cumplir todos los preceptos. Como en Utopía todas las normas son excelentes (por definición), todas las normas deben ser cumplidas. Pero ¿incluso esa norma que obliga a cumplir todas las normas? Quizá todas las normas de Utopía deban ser cumplidas, pero eso no legitima el que deba cumplirse siempre el enunciado moral adicional “todas las normas deben ser cumplidas”. Este enunciado se mueve a un nivel metamoral y, por tanto, siempre habrá que dar entrada a la posibilidad de que alguien diga: “No, no todas las normas de Utopía deben ser cumplidas”. Pero, entonces, no todas las normas deben ser cumplidas y, consecuentemente, no estaríamos en Utopía.

Jesús M. Morote, De cómo Protágoras quiso decir la última palabra (y salió escaldado), La galería de los perplejos 30/05/2016

Puntos de apoyo:

Aulo Gelio: Noctes atticae

Jean-François Lyotard: Le différend (La discrepancia)

Pascal Engel: La norme du vrai. Philosophie de la logique (La norma de la verdad)