dilluns, 6 de juny de 2016

Cada cop més competents, cada cop més maldestres.

Showing a preference by John Calcott Hirsley
Vivimos un tiempo donde la educación general, desde la cuna a la tumba, se ordena a las destrezas y competencias antes que a los saberes y a lo que los románticos llamarían “formación” o más tarde diríamos “formación integral”. En un mundo cuya arquitectónica se basa en las divisiones técnica y social del trabajo, el rendimiento prima sobre la relevancia. Qué hayamos ganado y qué perdido en estas transformaciones que nos aconsejan los pedagogos es algo controvertible que no sería capaz de discutir aquí en toda su complejidad. Me importa ahora sólo uno de los hilos de esta urdimbre del que tiraré un poco para plantearme algunas preguntas sobre la acción humana en un sujeto constituido por sus “competencias”.

Un sujeto competente es un sujeto que sabe lo que hace y lo hace con destreza y eficiencia. Se diría que es, al fin y al cabo, el objetivo al que conduce toda forma de educación entendida como adiestramiento. Bueno, no es poco y si le preguntamos a padres y alumnos, dirían que es lo que buscan. Se eligen escuelas y universidades por su promesa de una futura buena educación entendida de esta manera. Cualquier otra cosa sería perder el tiempo y el dinero. No pondré en cuestión estas opiniones que comparto, aunque sea con algunas reservas que están implícitas en mis preguntas. Me intriga más la acción en aquellos contextos en los que el sujeto no es competente. En este mundo de la educación basada en “disciplinas” se supone que los sujetos son competentes en aquello para lo que se les ha educado y, en lo demás, tendrán que componérselas con lo que les haya dado la familia, la comunidad, la clase social o lo que sea.

El asunto es que la mayoría de nuestra vida discurre por senderos donde no somos competentes, en los que la torpeza no es lo ocasional, sino la regla común de comportamiento. Curiosear en la vida de los grandes autores es una de las formas más rápidas de volvernos escépticos sobre la naturaleza humana. Encontraremos sensibles poetas y agudos filósofos que son absolutamente insoportables y grandes científicos incapaces de hacer la compra semanal (la serie “Big-Bang Theory” está montada sobre las incompetencias generalizadas de genios de la matemática y la física. Es un buen ejemplo de cómo somos casi todos después de salir de las instituciones educativas). No hay mejor trabajo de campo para la filósofa o filósofo de la acción que el de observar la conducta de la gente fuera de su campo de competencias: el político, gestor, comunicador o seductor de éxito y habilidades sociales, enfrentado a las decisiones en las distancias cortas de lo íntimo, el empresario que descubre que su hijo se droga, el economista neoliberal abandonado por su amante,… y otros innumerables casos similares.

¿Cuándo la torpeza es excusable? El filósofo John L. Austin escribió un memorable ensayo titulado A plea for excuses (traducido como “Alegato en pro de las excusas”) donde se pregunta, en un marco todavía no moral, por estas cuestiones de teoría de la acción. Excusar es aceptar que uno no tendría que ser acusado de algo, es decir, que existen circunstancias que nos permiten juzgar que lo que podría haberse hecho de otra manera admite alguna justificación que no suscita en nosotros irritación o juicios negativos. Es maravilloso su ejemplo donde distingue entre dos expresiones como “torpemente, pisé el caracol”, y “torpemente, pisé el bebé”. Si estamos en una sobremesa campestre y el sujeto de autos se levanta de la hierba con algo más de alcohol en sus venas de lo recomendable y, después del suceso, poniendo ojillos de arrepentimiento, profiere una de las dos expresiones, probablemente nuestras reacciones sean muy distintas.

El inquietante cuadro de John Calcott Hirsley Showing a preference relata una historia tan común como ilustrativa de lo que estamos diciendo: el pollo en cuestión camina del brazo de su prometida por un camino rural y al cruzarse con una hermosa doncella comienza a requerirla dejando a su acompañante con cara y gestos de circunstancias. “Es que es una chica muy inteligente”, podríamos haber escuchado de sus labios instantes más tarde dando explicaciones. Y la acompañante seguramente tendría derecho a responderle: “¿esto es lo que te han enseñado en tu MBA en la London School of Economics? Serás un águila de los negocios, tío, pero estás casi ciego para las relaciones humanas. Necesitarías una docena de másteres sobre planes conjuntos y colaboración en la vida. Anda y que te den”. 

No tengo mucho aprecio por esas asignaturas que llaman "educar en valores" y cosas similares. Los valores no son ni la primera ni la última palabra. La educación en otro sentido que el adiestramiento, más cercano a la vieja idea de formación integral tiene que ver con las formas de ver y de mirar, de situarse en los contextos cotidianos también y sobre todo en esos contextos donde se piden las competencias de rendimiento en la sociedad de la división técnica del trabajo. Si no sabes mirar y ver otra cosa que lo que te ha enseñado el adiestrador, es que tienes un grave problema de miopía que tiene difícil solución.

Doy por descontado que muchas titulaciones tienen mal arreglo (mis ejemplos favoritos, no sin justificación, son las de economía (gestión de empresa, economía, economía y derecho...) que tengo tan cercanas, pero me obsesiona mucho más la miopía generalizada en filosofía y humanidades, donde la pandemia ya se ha instalado entre profesores y alumnos. Cada vez más competentes, cada vez más torpes.

Fernando Broncano, Torpezas y excusas, El laberinto de la identidad 05/06/2016