dimecres, 15 de juny de 2016

Régis Debray: "Siguem patriotes però no tribals".



La extensa obra literaria y de pensamiento de Régis Debray (París, 1940) se remonta a la publicación en 1967 de Revolución en la revolución, de algún modo el fruto intelectual de su participación en la Revolución cubana y de sus andanzas con el Che Guevara por Bolivia, que como se sabe terminaron con la captura y muerte del líder guerrillero.

A aquel libro han seguido varias decenas de obras, bastantes de ellas sobre América Latina, muchas de teoría política y algunas acerca de la mediología, que viene a ser una teoría general, sistematizada por el propio Debray, sobre la transmisión cultural y los medios de comunicación. El filósofo y escritor ha publicado también novela y ensayos, el último de los cuales, Elogio de las fronteras (Gedisa), lo ha traído de visita a la Feria del Libro de Madrid.

Resulta chocante defender las fronteras en una época donde impera más bien lo 'sans frontières'.

Sé que se han desacreditado mucho en los últimos 40 años, que han sido los del sueño de un gobierno mundial, o europeo. Lo que yo expongo es la ambivalencia de las fronteras, que pueden ser mal utilizadas pero también suponen una defensa del débil frente al fuerte, reconocen la soberanía de un pueblo frente a una soberanía imperial o capitalista. El mundo actual, cuanto más se unifica en términos económicos y tecnológicos, más se divide en términos culturales y políticos. La globalización no se impone a las idiosincrasias culturales: si una gran empresa tecnológica me globaliza, me convierte en un mero cliente o consumidor, algo dentro de mí se rebela porque yo no soy sólo eso. Soy también mi identidad, mi lengua, mi territorio, no el no man's landansiado por las grandes corporaciones.

Una frontera viene a ser entonces como la piel humana...

Sí, porque la piel no es un muro sino un filtro que regula los intercambios entre lo de dentro y lo de fuera; un mundo sin dentro y sin fuera es abstracto, no colma los anhelos de un ser humano, que necesita tener un orgullo, una estima de sí. La frontera es, por tanto, la piel de las sociedades. No va a ser borrada por los intercambios comerciales; el dinero no tiene fronteras, pero el ser humano sí, por mucho que vivamos en una religión o superstición economicista.

¿No contribuyen precisamente las fronteras a los conflictos y a exacerbar los nacionalismos?

Todo lo contrario. Una frontera no es un muro, sino un pasaje regulado, que permite ir y volver, es el reconocimiento mutuo de una soberanía. Son los imperios los que no quieren fronteras, pretenden estar como en su casa en cualquier lugar del mundo, y con imperios me refiero tanto a los capitales financieros como al fanatismo religioso, que no reconocen al otro como ser diferente. La frontera es la civilización, la igualdad. Si yo soy débil y mi vecino es fuerte, una frontera reconoce nuestra igualdad de derechos y consagra el respeto mutuo. Es, al mismo tiempo, puente y puerta (cerrada). En sí misma, una puerta no está mal: si tienes un apartamento sin puertas, para no quedar expuesto a la ley del más fuerte no te queda más remedio que convertirlo en una fortaleza. Yo abogo por las puertas entreabiertas, con sentimiento por ambas partes.

Más que entreabrir puertas, Europa se las ha cerrado en las narices a una multitud de refugiados.

Sí, ha cerrado las puertas de manera bastante vergonzosa. Alemania las abrió totalmente al principio, pero llegó tanta gente y hubo tantos disturbios que Merkel las cerró. Yo creo que debemos regular esa entrada para que no se produzca de manera indiscriminada, porque eso nos lleva de vuelta al sentimiento tribal, a tomar las armas contra los invasores. Hay que buscar una fórmula de compromiso, hacer -digamos- de la puerta un arte.

Ya que hablamos de Europa, ¿qué diagnóstico hace del proyecto común, si merece tal nombre?

Lo quieran o no, el proyecto europeo, como entidad político-cultural con una pretendida identidad frente al resto del mundo, está falleciendo, lo cual crea un enorme desencanto y alienta la vuelta del nacionalismo, y éste no es sino un efecto bumerán del sinfronterismo descarnado, sin nada existencial, sin memoria, que es incapaz de llenar los corazones ni las vísceras. Es entonces cuando uno vuelve los ojos a la religión de sus antepasados o al nacionalismo, para llenar ese vacío afectivo.

Volvamos al asunto de las supuestas bondades del multiculturalismo. Entiendo de sus palabras que no es la panacea.

Hay un hecho antropológico, casi biológico, que no conviene olvidar aunque nos resulte incómodo. Cuando juntas en un espacio muy reducido, por ejemplo en los campos de refugiados de Calais, a personas de diferentes tradiciones, son inevitables los enfrentamientos, no pueden soportarse. Entre el monoculturalismo, que es tribal, y un multiculturalismo sin un Estado central que establezca derechos y deberes, debe haber una fórmula intermedia, y la frontera es la mejor que conocemos.

¿Cómo cree un reconocido defensor de la dialéctica hegeliana como usted que se concilian los dos fenómenos que citaba al principio: globalización tecnológica y económica 'vs.' fragmentación cultural?

Es la convivencia entre el supermercado y la tribu. Lo que yo propongo es que seamos patriotas, pero no tribales. Yo me reclamo patriota -eso sí, republicano- toda vez que quiero una nación construida no sobre una base étnica, una comunidad de sangre, sino sobre una comunidad de derechos y de leyes, una nación cívica.

En un mundo donde, de tanto usarlas, hemos vaciado de significado palabras como 'marxismo', ¿alguien puede defender esa ideología?

Yo no puedo negar que el marxismo forma parte de mi bagaje. No reniego de él y, aunque en el fondo no me considero un marxista, me gusta decir que sí para provocar, para picar (se ríe). También creo que hay que ser un poco marxista para entender el mundo. ¡Un poco de dialéctica, por favor!

¿Cuál fue la gran falta del marxismo?

No haber tomado en serio la cultura, esto es, la religión, el idioma, las identidades culturales, las costumbres... Yo creo que el marxismo económico, que hizo grandes aportaciones, se puede compatibilizar con el respeto de la cultura. Digamos que el marxismo es necesario, pero no suficiente. Mi referencia a este respecto es Walter Benjamin, quien pretendía reconciliar el marxismo económico y la tradición cultural. Benjamin, Pasolini y Orwell, entre otros, eran hombres que no escupían sobre el pasado y que sintieron como suyo el deber de asumir cierta tradición pero quedando del lado de los más débiles.

P. Unamuno, entrevista con Régis Debray: "Si soy débil y mi vecino fuerte, una frontera reconoce nuestra igualdad de derechos", el mundo.es 14/06/2016

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