dimarts, 28 de juny de 2016

La filosofia contra l'obvietat (Marina Garcés)

Marina Garcés

Intento devolver la filosofía a ese lugar que es capaz de desencajarnos de la obviedad, de las representaciones del mundo y de nosotros mismos que ya conocemos, para poder pensar.

Se empieza con las preguntas más sencillas, que son las que nunca nos hacemos. Ante cualquier opinión, reacción, impulso o actitud, darnos la posibilidad de preguntar: ¿por qué pienso lo que pienso?, ¿por qué reacciono así?, ¿podría hacerlo de otra manera?, ¿cómo sé lo que sé?, ¿de dónde viene lo que creo? Estas son el tipo de preguntas que se formula la filosofía. La ejercerá cualquiera que sea capaz de poner en marcha la rueda del pensamiento crítico, que consiste en ir a las fuentes y a los presupuestos de lo que pensamos, sabemos y hacemos, y, a partir de aquí, se abre la posibilidad de desplazar esos saberes, pensamientos y actitudes.

La filosofía para mí es una práctica que permite abrir posibilidades de vida. Nuestra tendencia es a cerrar cosas, debido a múltiples factores, si bien las más potentes son la lógica del poder y nuestra relación con el miedo, pues atraviesan toda nuestra vida. La filosofía abre caminos porque muestra otras formas de relacionarse con el miedo y con el poder.

La filosofía tiene mucho de mística, puesto que, en su esfuerzo por llegar hasta el límite, su sentido no está solo en lo que expresa, sino también en lo que deja por decir, en lo que piensa y en el espacio que abre para seguir pensando. La filosofía siempre es un mapa entre lo decible y lo indecible, entre lo pensable y lo impensable, y es importante saber ver ambas cosas. Al igual que la poesía, proyecta sombras a las que también hay que prestar atención.

El arrinconamiento que padece la filosofía está ligado a una operación global y transversal en la reorientación del sistema educativo hacia una educación procedimental, por la que se enseña a funcionar dentro de determinados protocolos y estándares. Se pone el acento en que las cosas funcionen y sean validadas, dejando menos espacio para preguntarse por, para argumentar y compartir el sentido de lo que se está haciendo. Lo que interesa es si lo haces bien o mal, si eres competente. Importa el procedimiento y no el sentido. Por eso, cuando a un chaval le dices que no te importa si hace bien o no un trabajo, sino que se pregunte por qué lo hace, por qué le interesa… le provocas un colapso. Son auténticos genios en la resolución de tareas si les das previamente las instrucciones, pero no saben ir a al encuentro de un problema.

Dado que la posibilidad de pensar nace de poner en cuestión nuestros propios límites y representaciones, la lógica de la red social es justamente la contraria: tú te manifiestas en la medida en que autoafirmas aún más lo que has dicho que eres, sea verdad o no. Son herramientas potentísimas de intercambio y opinión, pero no hay desplazamiento del sujeto; acumulas información, interactividad y visibilidad, pero siempre eres el mismo.

En palabras de un amigo, profesor de filosofía en un instituto, “mi labor es encender llamitas”. Desde su etimología –amor al saber– es una disciplina ligada al deseo. Cuando yo me siento bien después de una clase es cuando percibo esa llama del deseo. Sin ella no hay filosofía.

Es fácil denostar la autoayuda por mercantil, tramposa y liviana pero, como todo, hay que valorarla como síntoma. Si hay tanta autoayuda es que hay mucho malestar. Por tanto, resulta más interesante preguntarse qué alimenta este malestar y de qué está hecho.

Antonio Lozano, La filosofía molotov de Marina Garcés (entrevista, fragmentos), librújula