divendres, 10 de juny de 2016

Percepció i llei de la constància del color.



Cuenta Oliver Sacks en Un antropólogo en Marte la historia de un pintor que, debido a una lesión cerebral, sufre una acromatopsia muy limpia (sin verse interferida por otros trastornos). Su área cerebral V4, del tamaño de una judía, había sido dañada, por lo que había perdido toda visión del color. Sin embargo, en contra de lo que podría pensarse, este desafortunado pintor (hay que tener mala suerte de dedicarte a los colores y sufrir, precisamente, este rarísimo trastorno), no veía simplemente en blanco y negro, o en tonos de gris, sino de una forma mucho más extraña.

Si nos vamos a la teoría física del color, descubrimos que los objetos absorben la luz que les llega según su cambiante longitud de onda. Un objeto, por ejemplo, de color rojo, absorbe toda la luz menos la que le llega con una longitud de onda de alrededor de 650 nanómetros, la cual es reflejada, rebota en la superficie del objeto y llega a nuestra retina. Debido a los constantes cambios de luminosidad (diferentes tipos de luz, momentos del día, sombras y reflejos proyectados sobre el objeto, movimiento…) la longitud de onda que nos llega de un mismo objeto es muy variable. Sin embargo, nosotros, seguimos percibiendo el mismo objeto a pesar de ser cambiante. Es lo que se llama constancia del color: para que la realidad sea coherente, comprensible, simple, re-pintamos los colores haciéndolos más estables de lo que realmente son.

En la celebérrima ilusión óptica del tablero de Adelson, las casillas A y B son exactamente del mismo color a pesar de que todos apostaríamos hasta nuestro último céntimo de euro a que son diferentes. Al ser del mismo color, en condiciones de luminosidad normales, nuestro cerebro las recibe con la misma longitud de onda. Sin embargo, las interpreta, las colorea, de forma diferente porque quiere que la imagen sea coherente y comprensible. Así, sigue la lógica del tablero de ajedrez (toda casilla rodeada de casillas oscuras será más clara) y de la sombra que proyecta el cilindro (la sombra oscurece unos tonos la casilla clara). Nuestra percepción no es un fotómetro pasivo, sino que reconstruye lo que ve en función del contexto, de las expectativas y de la experiencia pasada del sujeto.



El paciente de Sacks relataba que tenía enormes problemas para conducir porque confundía sombras proyectadas en la calzada con grietas. Había perdido toda su constancia perceptiva, por lo que su mundo se volvía mucho más inestable, cambiante, porque cualquier cambio de luminosidad implicaba un cambio en el objeto o en la situación a percibir. Según Sacks, su percepción visual estaba atrapada fundamentalmente en la corteza visual primaria (V1), en un mundo precromático (del que quizá no podía decirse ni que estaba coloreado ni que estaba sin colorear), una realidad que los que vemos con normalidad no podemos imaginar (al igual que a un ciego de nacimiento le es imposible imaginar cualquier color). Por eso el pintor no era capaz de describirlo con exactitud, no tenía palabras para hacerlo, y esa incomprensión lo frustraba aún más.

El señor Jonathan I. (seudónimo para respetar la privacidad del paciente) hablaba de un mundo de pesadilla. Los tonos claros eran vistos como blancos sucios, enfermizos, mortecinos (de hecho tenía muchos problemas para comer porque el aspecto de los alimentos le daba asco). Los blancos eran demasiado deslumbrantes pero descoloridos, color hueso, y los negros eran cavernosos. Experimentaba un excesivo contraste y una falta de sensibilidad a variaciones tonales sutiles, lo que causaba que, a veces, viera un objeto solamente como una mera silueta oscura dentro de la que no podía distinguir nada, en un fuerte contraste con un fondo claro. Además, todo estaba envuelto en una neblina grisácea… todo parecía falso, postizo, antinatural… Incluso las personas le parecían “estatuas grises y animadas” y el color carne se le antojaba “color rata”. Por buscar analogías para hacerse comprender, Jonathan hablaba de que su realidad estaba iluminada por una lámpara de sodio (que suele eliminar color y sutileza tonal) o como si fuera una foto hecha por un carrete Kodak Tri-X con la velocidad de obturación forzada como la que sigue.



La fotografía vista desde la distancia de nuestro mundo en color es bonita, pero piense el lector en vivir atrapado en una realidad así, en la que el rostro de la señorita tiene siempre esas tonalidades… Creo, dentro de lo posible, entender la pesadilla que estaba viviendo Jonathan I.

Pero lo sumamente interesante de este caso es que, según Sacks entiende, Jonathan percibía, por así decirlo, longitudes de onda puras, es decir, una realidad menos construida, menos interpretada o procesada (y, por lo tanto, falseada), la de la corteza visual primaria. Colorear la realidad, tal y como hace el área cerebral V4 es reconstruirla para hacerla más estable y coherente, pero al hacerlo se la falsea al igual que pasa con el escaque B del tablero de Adelson. Podría entonces decirse que Jonathan I. estaba más cerca de la realidad en sí, del mundo “sin añadidos humanos” (sin categorías kantianas) que estamos los que vemos en color. Empero, ¿había accedido Jonathan a un conocimiento superior, más verdadero y revelador que el que tenemos los demás? Rotundamente no.

Simplemente, Jonathan I. cambió de mundo perceptivo, no llegó a otro mejor. Sacks nos cuenta que, después de una primera época de rechazo y depresión, terminó por acostumbrarse e, incluso, por ver esa forma diferente de contemplarlo todo como un don del que ya no estaba dispuesto a renunciar. Comenzó a pensar que los colores (que terminó por olvidar por completo) eran un estorbo que impedían la observación de ciertas texturas y estructuras sutiles que solo ahora podía contemplar. Se volvió noctámbulo y afirmaba disfrutar del mundo de los bares o restaurantes nocturnos, de como “la oscuridad entraba en ellos”. El plástico cerebro de Jonathan se adaptó a su nueva circunstancia.

Santiago Sánchez-Migallón Jiménez, Percibiendo longitudes de onda, La máquina de Von Neumann 01/06/2016