Art, bellesa i mentida.

 Oscar Wilde | Napoleon Saroni | WikiMedia Commons
Oscar Wilde

Publicada en 1898, dos años antes de la muerte de Oscar Wilde, La decadencia de la mentira (Acantilado) se erige como un canto a la creación pura, a la belleza artística y al poder transformador del Arte. Se trata de un delicioso diálogo al estilo platónico con todas las trampas argumentales del filósofo griego. Con todas las modificaciones de la conversación para que el interlocutor diga, exactamente, lo que el autor quiere que diga para la correcta evolución del discurso del emisor. Con toda la diversión que la dialéctica platónica proporciona.

Trazando un posible paralelismo, Cyril, el personaje creado por Oscar Wilde, se convierte en ocasiones en el sofista Hipias de Élide para alimentar el canto a la belleza de Vivian:
“Si no es posible hacer nada para controlar, o al menos modificar, nuestra monstruosa devoción por los hechos, el Arte se volverá estéril y la Belleza desaparecerá de la faz de la tierra.”
En otras ocasiones, Cyril se torna en Ion de Éfeso, el rapsoda que planteó a Sócrates la duda sobre el origen de sus poesías, si se trataban de una creación artística o bien un producto de inspiración exterior. Wilde nos dibuja un personaje antinaturalista que defiende el arte como una creación pura, como un ejercicio absoluto de creatividad del artista, sin concretar el origen de esta creación. Este dilema platónico no le interesa a Cyril para quien lo verdaderamente importante es la creación.
“Crear significa urdir maravillosas mentiras para convertir el mundo en un lugar digno de nuestro asombro”.
El arte tiene que abrirnos los ojos y hacernos ver que la naturaleza, a pesar de la fascinación momentánea que nos produce por su inmensidad y su belleza salvaje que tanto cantaron los románticos, es en el fondo imperfecta y, por consiguiente, fea. El arte, prosigue Wilde a través de Vivian, tiene la función de intentar hacer el mundo mejor. Y por mejor, se entiende más bonito, no más justo. El concepto de justicia que Platón trazaba en La República y que conocíamos a través del diálogo con Glaucón, no tiene cabida en el pensamiento hedonista, elitista e individualista de Wilde. ¿Por qué debería tenerlo?
“Lo que esperamos de la literatura es la distinción, el encanto, la belleza y la capacidad creativa. No que nos torturen o nos asqueen con el relato de las andanzas de las clases inferiores”, afirma Vivian olvidando la necesidad, catártica y movilizadora, del retrato de las clases inferiores.
Aunque solo sea para dar a conocer la cruda realidad que es intrínsecamente camuflada u olvidada, convienen autores como Zola, Orwell, Tressell y demás para poner al descubierto las vergüenzas del sistema.

Pero, principalmente, en este texto, Cyril se disfraza del segundo Hipias y genera el diálogo sobre la mentira. La mentira entendida como la creación pura, sin interferencias ni imperfecciones impuestas por la realidad. “La moda de mentir ha caído casi en el oprobio”, afirma Vivian. La sociedad ha matado la mentira y ha caído en “el desconsiderado hábito de la exactitud.” Y no se debe caer en la tentación de creer que la mentira está salvada porque los políticos la preservan, esta duda ya la plantea Cyril y Vivian la bandea diciendo que los políticos no mienten, no crean, solo tergiversan la verdad, oscurecen el pensamiento.

Siguiendo con la idea de la necesidad de recuperar la mentira, Vivian hace un repaso de literatos internacionales que han cometido la desfachatez de caer en el verismo. El célebre doctor Jekyll de Robert Louis Stevenson, “se parece peligrosamente a un experimento extraído de la revista médica The Lancet”; “Henry James escribe ficción como si fuese un penoso deber”; Guy de Maupassant “despoja a la vida de los pocos harapos que todavía la cubren para mostrarnos llagas repugnantes y heridas purulentas”; los personajes de Zola “tienen vicios anodinos y virtudes más anodinas aún.” Y, por consiguiente: “las crónicas de sus vidas carecen del menor interés.”

El realismo es una burda imitación de algo que, según Vivian, según Wilde, no existe porque la naturaleza “es una creación nuestra y cobra vida en nuestros cerebros. Las cosas existen porque las vemos, y lo que vemos o cómo lo vemos depende de las artes que han influido en nosotros.” Es, pues, solo gracias a la mentira, a la creación pura y consciente, que podemos acceder a la belleza y, al mismo tiempo, contribuir a la creación de nuestra percepción de la realidad. Y si Wilde está en lo cierto y de nosotros depende la belleza de los años venideros, debemos preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente o si nos espera un mundo de feísmo regido por una realidad sucia y carente de belleza.

Roger Simeon, Conversar con Wilde, Revista de Letras, 10/04/2015

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