dimecres, 1 de juny de 2016

El llibre de les fal.làcies de Jeremy Bentham.




En 1809, Jeremy Bentham, el fundador del utilitarismo, empezó a trabajar en The Book of Fallacies. Su objetivo era presentar los argumentos falaces utilizados para impedir reformas como la abolición de los distritos con tan pocos electores que un latifundista o un lord poderoso podían seleccionar su miembro al parlamento, mientras que ciudades más nuevas como Manchester permanecían sin representación.

Bentham recopiló ejemplos de falacias, a menudo de debates parlamentarios. Para 1811, los había clasificado en casi cincuenta tipos diferentes, con títulos como “Si nos atacan, atacan al gobierno”, el “argumento de la falta de precedente” y el “bueno en teoría, malo en la práctica”. (Algo en lo que coinciden Immanuel Kant y Bentham es que ese último ejemplo es una falacia: si algo es malo en la práctica, tiene que haber un defecto en la teoría.) Bentham fue así un pionero en un área de la ciencia que ha hecho considerables avances en los últimos años. Habría disfrutado del trabajo de los psicólogos que demuestran que nos inclinamos por la confirmación (favorecemos y recordamos la información que respalda nuestras convicciones y no aquella que las contradice); que sistemáticamente sobreestimamos la exactitud de nuestras creencias; y que tendemos a responder a la situación de una persona específica en lugar de a la de gran cantidad de personas sobre las cuales sólo tenemos información estadística.

Bentham no se apresuró a publicar su trabajo. Una versión abreviada apareció en 1816 en francés y en 1824 en inglés, pero el trabajo completo siguió siendo un manuscrito hasta que se publicó este año dentro de las obras completas de Bentham con edición de Philip Schofield, del University College, Londres. Algunas de las falacias que detectó Bentham aparecen con frecuencia y otras son menos relevantes. La falacia de “la sabiduría de nuestros antepasados” se ha invocado con frecuencia en debates sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Todo el que esté familiarizado con la discusión política en los EE.UU. reconocerá de inmediato una versión más específica, que podría llamarse la falacia de la “sabiduría de los Padres Fundadores”.

Otra falacia, popular tanto en los tiempos de Bentham como en los nuestros, es la que caracterizó como “¿Qué? ¿Más empleos?” Por “empleos”, se refería a gasto gubernamental, y consideraba que eso era una falacia porque la oposición a un mayor gasto del gobierno no tiene en cuenta las cosas buenas que podrán conseguirse con mayor cantidad de empleados.

Las “falacias” que plantean un verdadero desafío al lector moderno, sin embargo, son aquellas típicas de argumentos que en la actualidad gozan de amplia aceptación hasta en los círculos más educados. Una de ellas, dice Bentham, “podría llamarse la falacia del predicador de la anarquía, o la falacia de ‘Los derechos del hombre’”.

Cuando la gente argumenta contra una medida propuesta sobre la base de que viola “los derechos del hombre” –o como diríamos ahora, los derechos humanos-, sostiene Bentham, usa vagas generalidades que nos distraen de la evaluación de la utilidad de la medida. Bentham acepta que para la comunidad puede ser una ventaja que la ley confiera ciertos derechos a la gente. Lo que amenaza con acercarnos a la anarquía, dice, es la idea de que tenemos determinados derechos de antemano, independientemente de la ley. Mientras que el principio de utilidad exige investigación y argumentación, Bentham considera que quienes defienden esos derechos preexistentes en realidad desprecian ambos y es más probable que instiguen a la gente a usar la fuerza.

La objeción de Bentham a los “derechos naturales” se cita con frecuencia. Lo que se discute con menos frecuencia es lo que él llama “instrumento que encadena eternamente”. Un ejemplo es la Ley de Unión entre Inglaterra y Escocia, que exige que todos los soberanos de Gran Bretaña juren mantener la Iglesia de Escocia y la Iglesia de Inglaterra. Si futuras generaciones se sienten atadas como consecuencia de ello, se verán, piensa Bentham, esclavizadas por tiranos que murieron hace mucho tiempo.

La objeción de Bentham a tales intentos de atar a posteridad se aplica no sólo a la unión que creó Gran Bretaña, sino también a la que formó los Estados Unidos: ¿Por qué la generación actual tiene que considerarse atada a algo decidido hace centenares de años? A diferencia de quienes crearon la Constitución de los Estados Unidos, hemos tenido siglos de experiencia para juzgar si contribuye o no “al bienestar común”. En el caso de la unificación de dos o más estados soberanos, Bentham es sensible al problema de proporcionar a los estados más chicos la seguridad de que los más grandes no los van a dominar. Dado lo que considera la imposibilidad de atar las manos a generaciones futuras, confía en que tarde o temprano, luego de haber coexistido bajo un mismo gobierno, “las dos comunidades se habrán fundido en una”.

El apoyo público a la independencia de Escocia y Cataluña indica que las cosas no siempre son así. Bentham, por supuesto, habría aceptado que podía estar equivocado. Después de todo el “argumento de la veneración por la autoridad” era otra de las falacias que rechazaba.

Peter Singer, El manual de falacias de Jeremy Bentham, Ñ revista de chltura. Clarín 28/08/2015

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Traducción de Joaquín Ibarburu