dijous, 3 de març de 2016

El cervell, un òrgan imperfecte.

El Roto

A pesar de que a menudo se presenta como el non plus ultra de la evolución, el cerebro humano dista mucho de presentar un diseño inteligente, eficiente y armónico. Más bien parece el resultado de un puñado de casualidades azarosas que, por los pelos, evita que no nos extingamos (de hecho, es justo lo que es).

El cerebro, pues, es asombrosamente complejo, pero también es sorprendentemente chapucero. Sin embargo, como hay demasiados textos que elogian su complejidad, el que sigue pretende ser un texto que ponga en evidencia el gran número de parches que permiten su funcionamiento, y cómo, por muy poco, no brota serrín y borra de dichos parches.

Inexplicable no significa perfecto

Todavía no sabemos imitar un cerebro humano, pero de ello no se deduce que el cerebro sea inimitable (aún) porque su diseño sea particularmente elegante. De hecho, gran parte de nuestra tecnología (incluida la que pronto accederá a nuestro cerebro en forma de prótesis) está orientada a eliminar las fallas que contiene el mismo.

Esta idea novedosa a propósito de un cerebro chapucero ha empezado a desarrollarse desde hace aproximadamente una década, y ha sido popularizada por psicólogos y neurocientíficos como David Linden (El cerebro accidental) o Gary Marcus (Kluge).

La razón de este diseño tan ineficaz se debe al hecho del propio motor evolutivo: todas las modificaciones y adiciones llevadas a cabo a lo largo de los milenios por simple azar se han aplicado a lo ya que existía. Es decir, nadie nacía con un cerebro nuevo cableado de otro modo, sino que conectaba las novedades a las partes más antiguas.

Por ello, en lo más íntimo de nuestro cráneo reside aún el sistema R, el cerebro reptiliano, herencia de nuestro pasado instintivo. El neocórtex, donde encontramos nuestra capacidad para razonar, se añadió por encima y no actúa por sí solo, sino que está conectado con el sistema R. El resultado es que muchas de las decisiones pasan por ambos módulos, lo que a veces supone un lío considerable.

En otras palabras, nuestro cerebro es un puñado de capas de cebolla, y todas ellas participan cuando el cerebro funciona. Algo así como un Parlamento donde todos quieren hacerse oír con ruegos y pataletas.

Lentitud

El cerebro parece muy rápido, pero en realidad es más lento que el caballo del malo. Ello se debe a que la electricidad se transmite muy ineficazmente entre las neuronas: la velocidad máxima es de 640 kilómetros hora, pero en algunos casos apenas se logran más de 2 kilómetros por hora. Cuando la electricidad discurre por un alambre de cobre, sin embargo, alcanza velocidades de mil millones de kilómetros por hora. Tal y como señala Linden, la electricidad discurre por nuestro cerebro como el agua a través de una manguera llena de agujeros.

Como explica Carl Zimmer en Wired, el cerebro compensa esta lentitud promediando señales y prediciendo percepciones, para así contrarrestar los errores inherentes en la estructura. Hablando en plata, el cerebro se inventa cosas. Por ello son tan abundantes los errores de percepción y las ilusiones ópticas, por ejemplo.

En términos generales, nuestros sentidos reciben unos diez millones de bits de información por segundo, pero tal y como señala Jennifer Ackerman en su libro Un día en la vida del cuerpo humano, «conscientemente solo procesamos entre siete y cuarenta bits».

Vulnerabilidad

Los golpes reducen las funciones del cerebro. Unos segundos sin oxigeno lo destruyen. Incluso el cáncer de cerebro es tan elevado porque el cerebro es demasiado grande, tal y como hipotetiza John McDonald, del Instituto Tecnológico de Georgia.

Gary Marcus, en Kluge, añade que nuestro cerebro tiende con demasiada frecuencia a funcionar mal, incluso poniendo en peligro nuestra superviencia:
Existe una gran regularidad en las formas en que la mente humana se viene abajo, y ciertos síntomas, como la disforia (tristeza), la ansiedad, el pánico, la paranoia, los delirios, las obsesiones y la agresividad descontrolada, reaparecen una y otra vez.
Visión

Nuestras percepciones visuales son deficitarias y terminan por tergiversarse más que las declaraciones de un político cuando pasan por nuestro cerebro. Cuando miramos algo, el resto se desenfoca para simplificar. Los fragmentos de información que lleganron tan fragmentarios que el cerebro incluso rellena los huecos, como un pintor muy creativo. Por ejemplo, delante de nosotros hay siempre una suerte de mancha negra, un punto ciego debido a que el nervio óptico está mal montado y se cruza por delante. Lo que hace el cerebro es borrarlo para que no nos moleste y promedia lo que debería haber en esa zona oscura.

Solo vemos el 1% del espectro electromagnético, es decir, que somos ciegos, entre otras cosas, a los rayos X, los rayos gamma, la luz infrarroja y a la luz ultravioleta. Ni siquiera vemos todos los colores, únicamente el rojo, el verde y el azul, tal y como explica el físico teórico Michio Kaku en su libro El futuro de nuestra mente:

Eso significa que nunca hemos visto el amarillo, el marrón, el naranja ni muchos otros colores. Esos colores existen, pero nuestro cerebro solo puede hacerse una idea aproximada de cada uno de ellos combinando en distintas proporciones el rojo, el verde y el azul
Almacenamiento imperfecto

La memoria es lo más importante para nosotros. Con ella construimos nuestra identidad. Sin embargo, todo nuestro pasado almacenado en el cerebro está jalonado de manipulaciones y reescrituras.

El simple hecho de evocar un recuerdo no debe imaginarse como acudir a una biblioteca y tomar el volumen correspondiente, sino a entrar en la biblioteca, tirar la estantería donde se encuentra determinado volumen al suelo, arrancar hojas de diferentes volúmenes y mezclarlas hasta construir el recuerdo. Es decir, la memoria funciona en realidad por medio de asociaciones: activando automáticamente otras cosas relacionadas. Un barullo.

Nuestra tendencia a crear recuerdos falsos hizo necesario que los tribunales ofrecieran escasa importancia a los testigos oculares, si sus afirmaciones no estaban probadas y contrastadas. En el libro Los siete pecados de la memoria, del psicólogo Daniel Schacter, se enumeran todos los errores del almacenamiento de datos así: fugacidad, despiste, bloqueo, atribución errónea, sugestibilidad, parcialidad y persistencia.

Lenguaje

Hablamos como si tuviéramos un calcetín en la boca, por ello nos trabamos tan fácilmente. Todas las lenguas están llenas de irregularidades porque las lenguas no se construyen racionalmente, sino a través del uso cotidiano, y el uso cotidiano, repleto de errores por mor de nuestro cerebro, origina un tótum revolútum lingüístico que requiere páginas y páginas de reglas gramaticales. La ambigüedad de nuestro lenguaje resulta ventajosa para concebir poesía, por ejemplo, pero constituye un lastre cuando nos queremos comunicar de un modo preciso.

Todo esto, en suma, no significa que nuestro cerebro sea una basura. Lo que significa es que no está tan bien diseñado como habría que figurarse. Al fin y al cabo, la evolución darwiniana no funciona persiguiendo de la perfección: basta con que el parche sirva para continuar adelante y seguir perpetuándonos. Como el monstruo de Frankenstein.

Sergio Parra, Todas las cosas que están mal diseñadas en tu cerebro, Yorokobu 01/03/2016