Educació, religió i democràcia.


En Soumission, la nueva novela de Michel Houellebecq, el narrador francés imagina un futuro próximo donde Francia es víctima del extremismo. Ante la ventaja del Frente Nacional en la primera ronda electoral, los demás partidos deciden apoyar al segundo contendiente, la rama francesa de los Hermanos Musulmanes. El precio que deben pagar es dejar en manos de los islamistas el ministerio de la educación, de modo que una institución que depende de manera más o menos directa de una teocracia extranjera establece el currículum educativo de un país democrático.

No es la primera vez que la premisa de una distopía francesa es en España casi costumbrismo: a ratos Soumission se puede leer como una novela de cesantes. La Iglesia católica establece el currículum de la asignatura de religión católica, impartida en los centros públicos españoles. El gobierno actual le ha devuelto su rango evaluativo con la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, de manera que, por ejemplo, computa para la obtención de becas. Además de ser una pérdida de tiempo y recursos, crea una estructura perversa. Los profesores de religión, seleccionados por la Iglesia y pagados por el Estado, pueden subir las notas para frenar la caída del número de alumnos de su asignatura(según datos de la Conferencia Episcopal, en 1996 un 75% de alumnos escogía la asignatura en los colegios públicos, frente al 51,9% en 2014-2015, y el porcentaje disminuye conforme avanza el nivel: un 62,8% la escogen en Educación Primaria, 36,8% en ESO, y un 23,7% en Bachillerato). Los otros alumnos, por vieja insistencia de la Iglesia, tienen una alternativa “dura”, con contenido, llamada “Valores cívicos y sociales”. Sobre el área, el Boletín Oficial del Estado decía: “Los Valores sociales y cívicos tienen una valía fundamental para las personas en una sociedad democrática; de ahí la importancia de que la educación facilite la construcción de la identidad individual y potencie relaciones interpersonales enriquecedoras para fortalecer la convivencia, de acuerdo a valores cívicos, socialmente reconocidos”.

Es un poco extraño que quien no escoja la formación católica deba realizar una instrucción sustitutiva de valores morales. Si son necesarios, lo son para todos: también para los que hacen religión. De hecho, poco de lo que vemos a nuestro alrededor sugiere que una formación religiosa aporte automáticamente todos los principios necesarios para la convivencia democrática, y hay algunas versiones que no lo hacen en absoluto. La reforma no se limita a usar las capacidades del Estado para beneficiar una opción religiosa, lo que viola el principio de neutralidad, sino que penaliza al que no comparte la elección: usa las estructuras del Estado para obstaculizar la libertad de conciencia.

El 24 de febrero el Boletín Oficial del Estado publicó el currículum de la asignatura de religión, que incluye rezos en primaria –“memoriza y reproduce fórmulas sencillas de petición y agradecimiento”; “Expresa, oral y gestualmente, de forma sencilla, la gratitud a Dios por su amistad”– y ha eliminado las referencias a otras religiones distintas a la católica en secundaria. Es una asignatura de catecismo, que incluye entre sus objetivos de evaluación “conocer que la persona es un ser capaz de hablar con Dios”. Parte de sus contenidos son poco compatibles con lo que supuestamente se debe aprender en la escuela, y en varios casos parece difícil que se pueda aprobar de forma sincera esa asignatura y el resto del currículum. En el preámbulo, por ejemplo, se dice: “Si la persona no se queda en el primer impacto o simple constatación de su existencia, tiene que reconocer que las cosas, los animales y el ser humano no se dan el ser a sí mismos. Luego Otro los hace ser, los llama a la vida y se la mantiene. Por ello, la realidad en cuanto tal es signo de Dios, habla de Su existencia”. “No obstante –dice el texto–, el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”. En sexto el estudiante debe aprender a “evaluar circunstancias que manifiestan la imposibilidad de la naturaleza humana para alcanzar la plenitud”, “reconocer y aceptar la necesidad de un Salvador para ser feliz” y que “la relación con Dios hace a la persona más humana”.

Otros momentos serían cómicos si no fueran tan tristes. Por ejemplo, en el Bloque 3 se habla de “Conocer y aceptar con respeto los momentos históricos de conflicto entre la ciencia y la fe, sabiendo dar razones justificadas de la actuación de la Iglesia”. Estos son los objetivos que debe alcanzar el alumno:

1.1. Identifica, a través de fuentes, los diferentes métodos de conocer la verdad en la filosofía, la teología, la ciencia y la técnica. Distingue qué aspectos de la realidad permite conocer cada método.
2.1. Reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos y distingue que no proviene del caos o el azar.
Los estudiosos de la puntuación hablan de la coma oral y de la coma sintáctica, pero también hay una coma delatora y agramatical. Surge cuando lo que dices te da mala conciencia o hace que te sientas ridículo. Hay un ejemplo en el tercer punto, el mejor de los tres:

2.2 .Se informa con rigor y debate respetuosamente, sobre el caso de Galileo, Servet, etc. Escribe su opinión, justificando razonadamente las causas y consecuencias de dichos conflictos.
Casi dan ganas de apuntarse a la asignatura de religión, solo por ver cómo es ese debate. En Religión, esfera pública, mundo privado (Universidad de Zaragoza, 2015), Fernando Arlettaz escribe:

El Estado moderno es, en efecto, un Estado secular. Este dato sociológico puede ser doblemente justificado desde la filosofía política y jurídica. En primer lugar, la neutralidad del Estado es normativamente deseable porque ella fue un punto de equilibrio frente a la cuestión de las guerras de religión en Europa. En segundo lugar, porque la neutralidad del Estado es el modo en que se puede hacer efectiva la igualdad de los ciudadanos con independencia de las creencias religiosas.
Frente a las denuncias de las jerarquías religiosas en el poder, “lo secular no se identifica con lo antirreligioso. Lo secular es un tercer campo entre lo religioso y lo antirreligioso”, explica Arlettaz. Uno de los objetivos de la neutralidad del Estado es garantizar el respeto a la libertad religiosa de quienes no profesan la opción mayoritaria.

La anomalía que supone que la Iglesia católica escriba una parte del BOE está amparada por los acuerdos con la Santa Sede de 1979. Ningún gobierno español se ha atrevido a acabar con esa rémora. Es una tarea necesaria. Libres de eso, podría crearse una asignatura donde se mirasen con atención y desde una perspectiva laica las ideas religiosas, junto a otras nociones morales y filosóficas. Las ideas religiosas y el hecho religioso son demasiado determinantes como para dejarlos solo en manos de los propagandistas de una confesión particular. Quizá entonces, cuando se traten en clase asuntos como la neutralidad religiosa, Galileo o Servet, podremos empezar a hablar en serio.

Daniel Gascón, El catecismo oficial del Estado, Letras Libres, abril 2015

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