dimecres, 1 de juny de 2016

La píndola de la moral.



En la novela de Anthony Burgess (y la película de Stanley Kubrick) La naranja mecánica, a Alex, psicópata impenitente, le abren los ojos por la fuerza y le obligan a ver imágenes violentas. Al igual que el perro de Pavlov, le programan para responder con náuseas a la violencia y al sexo. La escena sigue siendo impactante pero, como la mayor parte de la ciencia ficción, se ha quedado atrás. La psicología conductista en la que se inspiró ha perdido vigencia desde hace tiempo y hoy suena pasado de moda el temor de que la ciencia se utilice para promover, o incluso obligar, a que la gente sea moralmente mejor.

La ciencia ficción envejece deprisa, pero tiene una larga vida de ultratumba. En la última década, un ejército de psicólogos, neurólogos y biólogos evolutivos ha estado intentando descubrir los mecanismos de relojeríaneuronales que subyacen en la moralidad humana. Han empezado a rastrear los orígenes evolutivos de sentimientos prosociales como la empatía y han comenzado a descubrir los genes que predisponen a algunas personas a una violencia sin sentido y a otras a actuar de manera altruista y las vías que en nuestro cerebro dan forma a nuestras decisiones éticas. Entender cómo funciona algo es empezar a ver formas de modificarlo e incluso controlarlo.

De hecho, los científicos no sólo han identificado algunas de las vías cerebrales que dan forma a nuestras decisiones éticas, sino también las sustancias químicas que modulan esta actividad neuronal. Un estudio reciente ha demostrado que el antidepresivo Citalopram puede cambiar las respuestas de los individuos a hipotéticos escenarios de dilema moral. Las personas que recibieron el medicamento estaban menos dispuestas a sacrificar a una persona para salvar las vidas de otras. Otra serie de estudios ha demostrado que cuando se administra la hormona oxitocina mediante aerosol nasal aumenta el comportamiento de confianza y cooperación dentro de los grupos sociales, pero también disminuye la cooperación con aquellos que son percibidos como forasteros. Los neurocientíficos incluso han desactivado mediante magnetismo áreas muy específicas del cerebro de personas para influir de manera sorprendente en sus juicios morales; por ejemplo, haciendo que les resulte más fácil mentir.

Por supuesto, nadie está desarrollando una píldora de la moral que nos convierta en santos. Pero la investigación avanza rápido y es casi seguro que acabe por sugerir nuevas maneras de moldear nuestras intuiciones, sentimientos y motivaciones morales.

¿Debemos utilizar nuestra creciente comprensión científica de las bases de la moralidad humana para tratar de hacer que la gente mejore en este ámbito?

Se acusó a La naranja mecánica de glorificar la violencia y algunas de sus escenas siguen siendo difíciles de contemplar. Pero, como Burgess mismo argumentaba, la novela tiene un mensaje casi cristiano: lo que nos hace humanos es nuestra libertad de elegir entre el bien y el mal, y que la sociedad aplaste a las personas para que se ajusten a una conformidad servil es tan malvado - y quizá incluso peor-como el sadismo de psicópatas como Alex.

Sospecho que muchos estarán de acuerdo con esta opinión, de que nuestra capacidad de distinguir el bien del mal es algo precioso que debemos proteger, no un reloj roto que los científicos deban arreglar.

Por supuesto, la mayoría de nosotros no necesita condicionamientos para sentir repulsión por la violación o la tortura. Pero esto no quiere decir que seamos moralmente buenos, o lo suficientemente buenos. Mientras usted lee esto, gente perfectamente normal en algún lugar del mundo está haciendo cosas indecibles a los demás. Incluso en las sociedades más avanzadas y prósperas se precisa de un gran esfuerzo concentrado para preservar un mínimo de decencia: piense en los candados, las alarmas de seguridad, la policía, los tribunales y las cárceles. Y es dudoso que realmente los demás nos importen lo suficiente o que demos bastante a los menos afortunados.

Los seres humanos nacen con la capacidad de ser morales, pero se trata de una capacidad limitada e insuficiente para hacer frente a la complejidad ética del mundo moderno. Durante miles de años, hemos confiado en la educación, la persuasión, las instituciones sociales y la amenaza de castigos reales (o sobrenaturales) para que las personas se comporten con decencia. Todos podemos ser moralmente mejores, pero está claro que este enfoque tradicional no puede llevarnos mucho más lejos. No es como si la gente de repente comenzara a comportarse mejor si se les proporciona más datos y estadísticas o mejores argumentos.

Por tanto, no debemos apresurarnos a descartar la sugerencia de que la ciencia puede ayudar; en primer lugar, ayudando a crear instituciones más eficaces, una educación moral más inspiradora o argumentos éticos más persuasivos. Pero también podría ofrecer maneras más directas de influir en nuestro cerebro.

La ciencia ficción a veces limita en lugar de ampliar nuestro sentido de lo que es posible. Sería contraproducente, o peor aún, intentar promover la moralidad a través de una coacción brutal. No se debe dar a los gobiernos el poder de controlar el código moral de sus ciudadanos; sabemos que si tuvieran tal poder abusarían de él.

Sería ideal si las personas pudieran analizar libremente las diferentes maneras de mejorarse a sí mismas, ya sea mediante la práctica de la atención, la lectura de textos de filosofía moral o, sí, ingiriendo una píldora de la moralidad. Pero también es cierto que, a pesar de que algunas personas están más que dispuestas a tomar píldoras que les hagan sentir mejor o pensar más rápido, no es tan obvio que quieran tomar pastillas que mejoren su moral. No está claro que la gente realmente quiera ser moralmente mejor. Y aquellos que, como el psicópata Alex, necesitan más ayuda son probablemente quienes menos lo desean.

Por supuesto, se trata de preguntas hipotéticas. Todavía no sé lo que es posible, pero es mejor dar comienzo al debate ético más temprano que tarde. E incluso si las píldoras de la moral no son más que ciencia ficción, nos plantean profundos interrogantes. ¿Querremos tomarlas si alguna vez están a nuestra disposición? Y si no, ¿qué indica acerca de nosotros esta actitud?

Guy Kahane, Química de relojería, La Vanguardia 04/07/2011

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