dimarts, 25 d’octubre de 2016

Visca el dataisme.



Yuval Noah Harari es un joven profesor de Historia que ha escrito dos libros sobre la condición humana y que ha pillado al mundo académico con el paso cambiado. El primero, titulado Sapiens (más de un millón de ejemplares en 30 idiomas), despliega una gran narrativa de lo que ha ocurrido hasta ahora. El segundo, titulado Homo Deus, acaba de aparecer en español y reflexiona sobre lo que puede ocurrir a partir de ahora. ¿Se puede decir algo nuevo sobre la historia de la humanidad? ¿Se puede decir algo sobre su futuro que la prospectiva científica o la ciencia-ficción no haya explorado ya? Se puede. Pero para ello se necesita un raro talento que bien podríamos nombrar como prejuicida. Los juicios de la inteligentísima prosa de Harari no manan de prejuicios cultivados por sus mayores. Sus argumentos recién hechos fluyen frescos como si el autor acabara de aterrizar en el planeta. Dos son las preguntas iniciales. ¿Qué es un humano? ¿Qué es la religión?

Un humano, como cualquier animal, vive en un mundo de objetos físicos (rocas, ríos, plantas…) y de emociones (placer, dolor, euforia, depresión…). Un humano, como cualquier animal, tiene un lenguaje para comunicarse con su entorno. Sin embargo, el lenguaje humano es único en una cosa: sirve para crear ficciones, cosas que no están en los objetos ni de las emociones, como el dinero, los mitos, los dioses… ¿Y para qué sirven las ficciones? Pues nada menos que para cohesionar elásticamente un colectivo numeroso de individuos. Los leones, los chimpancés o los neandertales solo forman colectivos de pocos individuos porque el líder necesita invertir mucho tiempo y energía para actualizar su autoridad. Los insectos sociales sí pueden reunir­se en colectivos homogéneos de millones de individuos, pero de una manera deses­peradamente rígida. En cambio, un humano solo tiene que montar una buena ficción (un dios, una bandera o unos colores deportivos) para conseguir, cómodamente, una fuerte unidad colectiva. Por su mayor corpulencia y por su mayor cerebro, un neandertal superaba con creces a un sapiens en el combate uno a uno, pero este último lograba mantener unidos colectivos más numerosos gracias a su habilidad para crear mitos, bulos y chismorreos. (La prensa del corazón tiene raíces más profundas y antiguas de lo que parece). Según esta original teoría alternativa, el neandertal no desapareció por el cambio climático, sino por su incapacidad para contar mentiras.

De aquí surge una brillante definición de religión: todo conjunto de normas para la conducta humana garantizado por una autoridad suprahumana, lo cual a su vez puede lograrse de dos modos: por vía sobrenatural (una divinidad) o por vía natural (una ley de la naturaleza). La física cuántica no es una religión porque, aunque se basa en leyes naturales, de ella no se derivan juicios morales o reglas de convivencia. Y el ajedrez tampoco es una religión porque, aunque dicta reglas que regulan el comportamiento, estas son humanas y las podemos cambiar si hace falta. El gran mérito de esta definición extendida es que sirve para releer la historia de la humanidad de punta a punta: religión es el paganismo griego, religiones son los monoteísmos tradicionales, religión es el budismo (aunque no hable de dios), el estalinismo, el nazismo o el humanismo liberal. Los faraones dominaron el mundo con sus ficciones durante tres milenios, los papas con las suyas durante más de un milenio y el humanismo con las suyas durante dos o tres siglos. Las religiones teístas ofrecen un paquete compacto y completo de certezas para garantizar la cohesión colectiva y para calmar el ansia de inmortalidad individual. El mayor descubrimiento de la ciencia ha sido la ignorancia. Pero ha tolerado la emergencia de otros mitos. El crecimiento indefinido por ejemplo es una ficción de cualquier economía moderna que contradice descaradamente el segundo principio de la termodinámica.

La inmortalidad en el más aquí es el mito para una nueva religión. Un organismo vivo es un algoritmo y nada impide que este persista indefinidamente. Ni siquiera hace falta ya comprender la realidad. Todo son datos. Un buen sistema de información me conoce mejor desde fuera que yo a mí mismo desde dentro. El humanismo ha muerto, viva el dataísmo. Los datos predicen tormentas, recomiendan tratamientos médicos (la doble mastectomía de Angelina Jolie, por ejemplo), la música que me apetece escuchar, Google, que sabe muy bien lo que leo, se anima a proponerme lecturas (de momento con algún fallo porque me recomienda mis propios libros)…

¿Se puede vivir sin religión? Quizá no, por definición de humano, por definición de religión, porque un colectivo humano sin ficciones quedaría inerme frente a cualquier otro que se invente un dogma con el que sus creyentes puedan reconocerse y cohesionarse. Ya les pasó a los neandertales.

Jorge Wagensberg, ¿Se puede vivir sin religión?, Babelia. El País 24/10/2016