dissabte, 8 d’octubre de 2016

José Luis Pardo: "investigo cuáles son los ingredientes intelectuales de las políticas del malestar".

Pardo hace filosofía contemporánea en medio del mundo escuchando a los clásicos.
José Luis Pardo

El Estado del bienestar fue un proyecto político que, al final de la Segunda Guerra Mundial, reunió en muchos países europeos a los partidos de centro-izquierda y de centro-derecha en torno a un consenso acerca de la necesidad de políticas públicas de lucha contra la desigualdad social. Entonces no había mucho ánimo de lucro, porque Europa estaba destruida y empobrecida, pero este proyecto permitía pensar en una pobreza digna, es decir, no en un bienestar material, sino jurídico: en un reparto justo de la pobreza que comportaba derechos, pero también obligaciones. Cada cual tenía que hacerse corresponsable del malestar y del bienestar colectivo…

El estado del malestar es el resultado del abandono parcial, del desprestigio ideológico y de la erosión material de las estructuras del estado del bienestar. Este abandono comenzó en las décadas de prosperidad financiera, por una motivación obvia: ¿por qué repartir con nuestros socios si podríamos enriquecernos hasta extremos insospechados? Y de ahí nació esa riqueza indigna ante la que ahora nos rasgamos las vestiduras. Pero el abandono se agudizó cuando estalló la crisis económica: cuando disminuye la riqueza, si no tenemos que repartir lo poco que nos corresponde, sin duda tocamos a más. Eso es la pobreza indigna. Y esta miseria moral se convierte en pobreza política cuando aparecen quienes pretenden capitalizar políticamente el malestar y convertirlo en un negocio electoralmente rentable. Para ello necesitan, sobre todo, que no desaparezca el descontento, porque entonces se les acaba el negocio. Mi libro investiga cuáles son los ingredientes intelectuales de estas políticas del malestar, tomados del pensamiento político moderno y contemporáneo.

¿Qué es una crisis moral? Es cuando la ciudadanía anda desorientada acerca de cuáles son los valores que realmente valen, cuando no estamos seguros de qué es lo justo y lo injusto, lo noble y lo vil? Si se trata de eso, y si lo que se necesita es alguien que señale el camino, responda las preguntas y establezca los valores inamovibles, entonces no se ha de buscar la respuesta en la filosofía, sino en los púlpitos o sus equivalentes ideológicos, esas políticas de la autenticidad salvadoras…

A mí me da la impresión de que en el terreno moral hay poca crisis. Por una parte, la moral del medro está tan aceptada que hasta se propone introducir en la enseñanza secundaria una asignatura para hacer de los niños unos empresarios potenciales, incluso aunque no sepan leer ni escribir. O, a lo mejor, precisamente porque no saben… Y, por otra parte, a todo el mundo se le llena la boca con grandes palabras como "solidaridad", "paz" y "justicia", empezando por los que construyen alambradas, libran guerras y hacen rapiña. Una cosa parecida, por seguir el hilo, es lo que pasaba en la Atenas de Sócrates, que no se hizo tan popular entre sus vecinos por ofrecerles un catecismo moral que les indicase lo que tenían que hacer para obrar bien, sino, al contrario, porque, con sus preguntas, les mostraba la falta de solidez de los valores de cuya seguridad creían no tener sospecha alguna, y les hacía dudar de lo que significa realmente medrar o de en qué consiste la justicia. Sócrates no vino a solucionar ninguna crisis moral, sino más bien a crearla allí donde todo el mundo parecía tener sus principios claros.

Más allá de la cuestión de los egos, el hundimiento de la socialdemocracia es el hundimiento de uno de los pilares del Estado del bienestar, por volver a nuestro asunto, y una expresión clara del estado de malestar, de conflicto permanente y de turbulencia que se ha convertido en nuestra atmósfera política y social.

Podemos es la franquicia española de explotación política del negocio del malestar.

Al menos desde que existen las grandes ciudades industriales, las calles están habitadas por masas, no por comunidades, como las ciudades antiguas o los pueblos, ni por individuos. Esa muchedumbre anónima de desconocidos que tienen que vivir juntos sin tener nada en común es la imagen perfecta de los firmantes del pacto civil del que nace la sociedad moderna. Allí donde la sociedad tiene éxito, esas masas se convertirán en personas.

Veo, realmente, poco cuerpo en las redes sociales. Más bien creo que todo su encanto consiste en que en ellas podemos atravesar el planeta como si no tuviéramos cuerpo, como siluetas inextensas, ligeras, sin espesor, que se mueven ingrávidas y sutiles más allá de la muerte. Es curioso, en ese sentido, lo mal que les viene su nombre, porque, ni son redes (su tejido es, como el de la labor de Penélope, una obra que se deshace a medida que se hace, que carece de consistencia y de densidad, que no genera responsabilidades ni compromisos, y en donde una araña no sería capaz de atrapar ni una sola mosca), ni son sociales; más bien parecen el resultado de una cierta descomposición de la sociedad. Sorprende que predomine la imagen de las redes sociales como comunidades o como grupos de amigos, cuando lo que mejor escenifican es la hipertrofia desmedida de un yo hinchado, anómico y anémico.

Álvaro Sánchez León, resumen de la entrevista a José Luis Pardo: "El hundimiento de la socialdemocracia es una expresión clara del estado de malestar", El Confidencial Digital 08/10/2016

Entrevita completa en
http://www.elconfidencialdigital.com/vivir/hundimiento-socialdemocracia-expresion-clara-malestar_0_2798120161.htmlk