dilluns, 10 d’octubre de 2016

Contra l'intel.lectualisme.


Resultat d'imatges de Lo que sócrates diría a Woody allen"Las ideas se tienen; en las creencias se está", escribía Ortega con estupendo laconismo. Las ideas se piensan; con las creencias se cuenta, y de puro contar con ellas ya no se las piensa conscientemente. En nuestra existencia cotidiana contamos con muchas cosas -con muchas creencias- que, como ya advirtió el filósofo escocés David Hume, no soportarían el examen racional si nos pusiéramos a pensar en ellas de manera reflexiva; algo que no hacemos. He aquí un ramillete de cosas que nos parecen de lo más natural y con las que irreflexivamente contamos:


  1. Que el mundo en el que estamos es real, no ilusorio.
  2. Que existen objetos exteriores a nosotros y que subsisten cuando no los percibimos.
  3. Que el curso de la naturaleza en el futuro será como en el pasado, es decir, que no habrá una alteración brusca de las leyes naturales.
  4. Que existen otras mentes, aparte de la nuestra.
  5. Que el mundo externo es un entramado de fenómenos vinculados entre sí por relaciones de causa y efecto.
  6. Que mantenemos la identidad personal a pesar de los vacíos de autoconciencia que se producen cuando dormimos sin soñar, estamos en coma, bajo anestesia general o en un estado de narcosis profunda.
Una subdivisión muy especial de filósofos, los metafísicos, se ha ganado la vida complaciéndose en poner en entredicho todas estas seguridades y mostrando lo endebles que resultan si son sometidad a un escrutinio racional escrupuloso. Algunos metafísicos han ido más allá y se han tomado en serio que esas creencias tácitas con las que tanta alegría contamos no sólo no son fiables, sino qque, además de esto, son literalmente falsas: que el mundo en que habitamos es un mundo aparente (antes y después de Platón generaciones de filósofos han mantenido tal cosa); que no existe el mundo externo ni tampoco otras mentes (aparte de la nuestra); o que es un mito eso de la identidad personal. En este punto usted pensará (y yo le secundo, no tema) que vale más acogerse a la viejas creencias -no obstante la mucha pereza mental que haya tras ellas- que prestar oídos a ideas tan estrafalarias por más conscientemente pensadas estén.

Aparte de estas creencias metafísicas (sobre cuya validez no vale la pena devanarse los sesos, como recomendaba el muy sensato Hume; mejor darlas por buenas, pues ponerlas seriamente en entredicho tornaría nuestra existencia cotidiana en algo ingobernable), tenemos otras creencias no metafísicas con las que también contamos tácitamente, como una cierta esperanza de vida. (...)

Todas estas creencias o expectativas, tanto las metafísicas como las que no lo son, "constituyen la base de nuestra vida", el suelo firme sobre el cual esa vida acontece; así lo afirma sin reservas Ortega y Gasset. Si tiene razón Ortega (y yo pienso que la tiene), es en una míriada de creencias y expectativas inconscientes en lo que descansa nuestra conducta de todos los días y no, como suponen los intelectualistas, en el uso continuado de la racionalidad. (...)

Ortega formula la bella y certera paradoja de que el intelectualismo, la entronización acríticamente conferida a "la razón", a las ideas, se ha convertido, del siglo XVIII en adelante, en una creencia de nuestra época. Frente a esta creencia tiránica, en la que ya no se piensa, sino en la que sencillamente se está, Ortega resalta que la inteligencia consciente es sólo un segundo violín en la orquestación de nuestras vidas, que entra en juego en situaciones de emergencia, precisamente cuando las creencias o expectativas en las que habitualmente descansamos se revelan de súbito infundadas; y, para salir a flote, para no hundirnos en ellas y con ellas, necesitamos pensar, concebir ideas.(...) Tal cosa únicamente sucede de manera excepcional, y sería puro derroche de atención emprender la titánica empresa de someter a examen expreso todo ese subsuelo de creencias que soporta nuestra conducta cotidiana sólo porque de vez en cuando alguna de ellas queda desfondada, revela su condición movediza y no merecedora de la confianza en ella depositada. (176-178)

Juan Antonio Rivera, Lo que Sócrates diría a Woody Allen, Círculo de Lectores, Barna 2003