divendres, 7 d’octubre de 2016

Els casos de Phineas Gage i el de l'Elliot (Antonio Damasio)


Elliot, como llamaré al paciente, estaba entonces en la treintena. Se me dijo que había experimentado un cambio radical de personalidad, los médicos querían saber si este cambio tan en desacuerdo con su comportamiento previo era una enfermedad real.

Elliot ya no era capaz de mantener un empleo y vivía bajo la custodia de un hermano (…) Todo el mundo podía ver que Elliot era un hombre inteligente, hábil, fuerte y sano que debiera sentar la cabeza y volver al trabajo. Varios profesionales habían declarado que sus facultades mentales estaban intactas, lo que significaba que, en el mejor de los casos, Elliot era un holgazán, y en el peor fingía estar enfermo.

Vi a Elliot al momento, y me sorprendió como una persona agradable e intrigante, absolutamente encantadora pero emocionalmente reservada. Tenía una compostura respetuosa, diplomática, traicionada por una sonrisa irónica que implicaba una sabiduría superior y una vaga condescendencia con las locuras del mundo. Era frío, despreocupado, imperturbable incluso por el comentario potencialmente embarazoso de acontecimientos personales. (…)

Elliot no era sólo coherente y listo, sino que era evidente que sabía lo que estaba ocurriendo en el mundo en su derredor. Se sabía al dedillo fechas, nombres y detalles de las noticias. Discutía sobre temas políticos con el humor que con frecuencia se merecen y parecía comprender la situación de la economía. Seguía teniendo un buen conocimiento del mundo del comercio en el que había trabajado. Se me había dicho que sus habilidades no habían cambiado (…) Tenía una memoria impecable para la historia de su vida, incluidos los acontecimientos más recientes y extraños. (…)

Elliot había sido un buen marido y un buen padre, tenía trabajo en una empresa comercial y había sido un modelo a imitar para sus hermanos menores y para sus colegas. Había alcanzado una situación personal, profesional y social envidiables. Pero su vida empezó a deshilacharse. Tenía fuertes dolores de cabeza, y pronto le fue difícil concentrarse. A medida que su condición empeoraba, pareció su sentido de responsabilidad, y su trabajo tenía que ser completado y corregido por otros. Su médico de cabecera sospechó que Elliot podía tener un tumor cerebral. Por desgracia, la sospecha resultó correcta.

El tumor era grande y crecía con rapidez. (…) Era un meningiona, así llamado porque surge de las membranas que cubren la superficie del cerebro, que se denominan meninges. Posteriormente supe que el tumor de Elliot había empezado a crecer en el área media, exactamente sobre las cavidades nasales, por encima del plano formado por el techo de las cuencas de los ojos. Conforme el tumor fue creciendo, comprimía ambos lóbulos frontales hacia arriba, desde abajo. (…)

El tumor fue extirpado por una operación quirúrgica. Como suele ocurrir en estos casos, también hubo que extirpar el tejido del lóbulo frontal que había sido dañado por el tumor. La operación quirúrgica fue un éxito en todos los aspectos (…) Lo que iba a resultar menos feliz era el giro en la personalidad de Elliot. Los cambios, que empezaron durante su convalecencia física, asombraron a familiares y amigos. Sin duda, el ingenio de Elliot y su capacidad de ir y venir y de utilizar el lenguaje quedaron intactos. Sin embargo, por muchas razones, Elliot ya no era Elliot.

En el trabajo era incapaz de administrarse adecuadamente el tiempo; no se podía confiar en que cumpliera un programa de trabajo. (…) Después de no hacer caso de los repetidos consejos y advertencias de colegas y superiores, el empleo de Elliot se acabó. Iban a seguir otros empleos, y otros despidos. (…)

Los nuevos negocios que emprendió iban desde la construcción de viviendas a la gestión de inversiones. En uno de estos negocios se asoció con un personaje de mala fama. No sirvieron de nada varias advertencias de los amigos, y el negocio acabó en bancarrota. Todos sus ahorros los había invertido Elliot en la malaventurada empresa, y todos se perdieron. Era extraño ver a un hombre de su experiencia embarcado en negocios y decisiones financieras tan equivocados.

Hubo un primer divorcio, después otro. Después siguió yendo a la deriva, sin ninguna fuente de ingresos, y como golpe final para los que todavía se preocupaban y observaban desde la barrera, la denegación de los subsidios de incapacidad de la seguridad social.

Expliqué que sus fracasos estaban en realidad causados por una condición neurológica. Ciertamente, todavía era físicamente competente y la mayoría de sus capacidades mentales estaban intactas. Pero su capacidad de alcanzar decisiones estaba dañada, como lo estaba su capacidad de trazarse un plan efectivo para las horas siguientes, por no decir ya los meses y los años de su futuro. (…) Los cambios en Elliot estaban causados por una lesión en un sector determinado del cerebro. (…)

Los estudios de tomografía computerizada y de resonancia magnética que se le realizaron revelaron que tanto el lóbulo frontal derecho como el izquierdo habían sufrido daño, y que la lesión era mucho mayor en el derecho que en el izquierdo. (...) Como resultado de la operación quirúrgica, un componente elevado de las cortezas cerebrales derechas no eran funcionalmente viables.

(…) ¿Había evidencia alguna de alguna otra lesión en el cerebro de Elliot? La respuesta es un no rotundo. (…) La lesión estaba confinada a las cortezas prefrontales. Podría pensarse que se había destruido poco cerebro, que mucho había quedado intacto. Pero la magnitud del daño no es con frecuencia el tema en lo que respecta a las consecuencias de una lesión cerebral. (…) Las estructuras destruidas en Elliot eran las necesarias para que el razonamiento culmine en la toma de decisiones. (pàgs. 47-51)


Antonio R. Damasio, El error de Descartes, Crítica, Barna 2001