dilluns, 3 d’octubre de 2016

La postura d'Aristòtil davant la democràcia.


Resultat d'imatges de aristóteles y la democracia

La posición del más grande pensador político de la antigüedad que fue Aristóteles no puede reducirse a un «sí» o un «no» a la democracia, a un «a favor» o «en contra». Su posición es compleja y llena de matices. Fue la de un hombre que reaccionó negativamente a la democracia que le tocó en suerte vivir, la democracia ateniense, resultado de las audaces reformas de Solón, Clístenes, Efialtes y Pericles, que abrieron las puertas de la ciudadanía a los excluidos, los pobres, artesanos y obreros, que además, gracias a la institución revolucionaria de las dietas (misthos), podían ocuparse de los asuntos públicos, participar en la asamblea, en las magistraturas, en los tribunales, que parecían hasta el momento reservados para aquellos que disfrutaban del ocio (skholé) que les posibilitaba su fortuna. El poder dejaba de ser algo restringido a los denominados kaloi kai agathoi, a los bellos y buenos, léase: a los ricos. Ese ascenso del demos, de la multitud, no fue nada bien recibido por Aristóteles. No veía nada bien todo un igualitarismo que amenazaba con desbordarse a todos los campos, y su actitud no estaba en absoluto exenta de cierta aporofobia (aporos: sin medios, pobre; fóbos: miedo), dos aspectos que acompañarán a buena parte del republicanismo posterior. Desde un punto de vista ideal no estimaba el régimen democrático extremo un régimen que promoviese una selección racional de los mejores ciudadanos, los más virtuosos para los cargos de más responsabilidad, un régimen, pues que no dejaba lugar para la excelencia (areté). Desde un enfoque más práctico, no le parecía un régimen seguro y estable. Empleó contra él muy diversos argumentos, algunos de peso, como el referente a la integración y equilibrio en él, o de gran interés, como el relativo al papel de los demagogos, y otros ya muy discutibles como cuando, en clara contradicción con su concepto de ciudadano, alaba a los campesinos por no ocuparse en demasía de las cuestiones públicas. La posición de Aristóteles puede juzgarse la propia de un hombre culto y acomodado que ve con desagrado como una marea de pobres rudos inunda las magistraturas de la ciudad y pretende asambleariamente decidirlo todo. No es menos verdad, sin embargo, que el «maestro de los que saben» no se opuso frontalmente al régimen democrático, e incluso con la honestidad intelectual que le caracterizaba reconoció algunas de sus ventajas. Su posición puede calificar se de moderadamente conservadora, pero en ningún caso reaccionaria. En realidad, su propuesta alternativa de politeia o república venía a ser una rectificación de lo que veía como una especie de asamblearismo desordenado y peligroso, manipulado por gentes sin interés en el bien común, que conducía a la tiranía, pero, al fin, se trataba de una corrección dentro del mismo marco que definía la democracia. Que tal enmienda tenía un sentido conservador, de poner ciertas restricciones a la radicalización democrática, a su estricto igualitarismo, no parece disputable. Que tal orientación no era congruente con el esbozo teórico de lo que implicaba la categoría de política, nos parece no me-nos discutible. Si todo esto es así, entonces, habrá que concluir que ni en el plano del análisis teórico, ni en el más pragmático del estudio histórico de la realidad de las medidas políticas de los distintos regímenes, Aristóteles se salió de las exigencias fundamentales de un orden democrático.

Jorge Álvarez YagüezAristóteles: perì demokratías. La cuestión de la democracia, Isegoria nº 41, julio-diciembre 2009, págs. 69-101