dijous, 5 de maig de 2016

Coneixement, veritat i socialisme en Marx.

Karl Marx
En 1857, la crisis económica conmueve las estructuras del capitalismo europeo. En la correspondencia cruzada entre Friedrich Engels y Karl Marx proliferan las menciones optimistas a la revolución que se avecina. "Llegó nuestro momento", afirma el primero, tal vez mientras se prepara a participar en su deporte favorito, la caza del zorro. Sólo que, entre tanto, Marx necesitaba para sobrevivir los envíos de dinero de su amigo y éste encontraba dificultades para atender la petición debido a la crisis que tanto les alegraba a ambos.

La anécdota puede servir para ilustrar la contradicción principal que subyace a la historia del marxismo. Un análisis de pretensión científica denuncia la opresión capitalista, estudia sus mecanismos y plantea finalmente la exigencia de una revolución social que gracias al protagonismo de la clase universal, el proletariado, alcance lo que ahora se llama el fin de la Historia, la emancipación de la humanidad. Sin embargo, a pesar de su formidable expansión, la revolución comunista inspirada en Marx, en sus distintas variantes, no ha conseguido llegar al reino de la libertad, todo lo contrario, y con la generalización de la servidumbre desembocó a fin de cuentas en la ineficacia económica.

Más allá de los errores de su pensamiento económico, como la profecía de la pauperización, es en la exigencia de asentar la crítica de una sociedad sobre el análisis de las relaciones económicas donde reside la principal aportación de Marx, y lo que le separa de tantos marxistas "vulgares". Si aspira a cumplir sus propósitos, el socialismo crítico-utópico debe convertirse en socialismo científico. La grandeza de la teoría de Marx reside en el reconocimiento de que además esa lógica interna del capitalismo, susceptible de ser analizada, es de carácter histórico, de manera que su funcionamiento crea las condiciones para su superación.

Es el argumento de una de sus obras más célebres, el Manifiesto del partido comunista: el triunfo absoluto de la sociedad burguesa lleva en línea directa a su transformación por medio de una revolución socialista.

A partir de 1931, el redescubrimiento de los escritos filosóficos del joven Marx, correspondientes al período 1841-1845, vino a subrayar la importancia del legado hegeliano en la formación del pensador y, de paso, una veta para desarrollar la crítica del capitalismo desde un enfoque novedoso, la teoría de la alienación, que encaja a la perfección con el auge de la psicología social en el siglo XX y con la aproximación del cristianismo social al movimiento obrero. Son los Manifiestos económico-fílosóficos (1844), La Sagrada Família (1845), las Tesis sobre Feuerbach (1845), hasta el opúsculo que anuncia el punto de inflexión, La ideología alemana (1846).

El peso de la economía

A partir de entonces, Marx tiende a contemplar el sistema social y político como un todo articulado, en el cual las relaciones económicas desempeñan la función rectora, generan la división de la sociedad en clases enfrentadas de acuerdo con la asimétrica distribución del poder y el mundo de las ideas recibe una nueva función como reflejo y agente de mantenimiento al mismo tiempo que el sistema de dominación. Es el ser social el que determina la conciencia, pero a su vez la ideología se constituye en factor imprescindible para generar lo que hoy llamaríamos el consenso, la aceptación de las relaciones de poder vigentes. Entre tanto, Marx piensa que el pensamiento revolucionario debe tener como base el rigor en la economía; de ahí su feroz desautorización de Proudhon en La miseria de la filosofía, de 1847.

Marx no tuvo, en las revoluciones de 1848, un papel comparable al de Lenin en 1917, pero sí supo redactar entonces, con la colaboración de Engels, y por encargo de la Liga de los Comunistas, un panfleto genial, el Manifiesto comunista (1843, en cuyas páginas se funden una brillante elección de Historia acerca del ascenso de la burguesía a la condición de clase dominante y un llamamiento a la movilización del sector oprimido por antonomasia, el proletariado, con la fuerza de una profecía de seguro cumplimiento.

Desde el punto de vista del análisis político, Marx ha alcanzado su madurez y lo corrobora con La lucha de clases en Francia (1850) y El 18 Brumarzo de Napoleón Bonaparte (1852), su obra pionera en el campo de la sociología política. No se trata sólo de proporcionar una interpretación particularmente lúcida del proceso político que lleva al triunfo del bonapartismo, sino además de darle sentido en función de la infraestructura social. En la explicación proporcionada por ambos opúsculos, todo esquematismo resulta superado y afloran intuiciones tales como el papel del imaginario social.

Por lo que concierne al Estado, la reflexión será pendular y anuncia el punto débil del posterior pensamiento revolucionario marxista, cuando todo se limite a dar contenido al párrafo ocasional de la carta a Weydemeyer de 1851, en que Marx declara que la forma de poder revolucionaria será la dictadura del proletariado. Años más tarde, al celebrar la Comuna de París de 1871 en La guerra civill en Francia, Marx propone que la dictadura del proletariado consiste en la disgregación del poder por efecto de la revolución. Pero antes ha apuntado al fortalecimiento del poder político centralizado como premisa de la revolución. "La Comuna no debía ser un cuerpo parlamentario, sino un órgano de trabajo, ejecutivo y legislativo al mismo tiempo". La silueta de Lenin se dibuja en el horizonte. Sólo que al prolongar un análisis de naturaleza estrictamente filosófica, en la Crítica del programa de Gotha, si el Estado burgués es el instrumento de una dominación de clase, la eliminación de ésta habrá de tener por consecuencia la inexistencia de aquél.

Encerrado en la biblioteca

En la década de 1850, la estabilización de la Europa conservadora disipa el espejismo de una revolución que Marx y Engels siguen esperando, dada su necesidad histórica. Marx se enfrasca entonces en sus jornadas de estudio en la biblioteca del British Museum sobre los procesos que determinan el funcionamiento del sistema capitalista. Un primer hito es la Contribución a la crítica de la economía política, de 1859. Llegado a este punto, "el marxismo supone una especie de paralelismo entre el desarrollo de las fuerzas productivas, la transformación de las relaciones de producción, la intensificación de la lucha de clases y la marcha hacia la revolución" (R. Aron). Tales son las piezas principales que integran la concepción marxista del materialismo histórico.

Ahora bien, será el auge relativo del movimiento asociativo obrero y la reaparición de las reivindicaciones nacionales que hace posible el gran ensayo que Marx pone en marcha en 1864: la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyo acto fundacional se apoya por lo demás en la corriente de simpatía hacia el movimiento emancipador polaco. Tres años más tarde, ve la luz el primer tomo de El Capital, único que Marx pudo completar en vida por sí mismo (el segundo y el tercero fueron compuestos por Engels ordenando las notas de su amigo).

La obra supuso una contribución de primer orden al progreso de la teoría económica, vino a apuntalar la teoría revolucionaria, siempre con la espada de Damocles de su vacío político y, sobre todo, legitimó desde la ciencia social la aspiración utópica de unos trabajadores socialistas que se inclinaban hacia la revolución "sin haber leído el tercer libro del Capital". El desarrollo del movimiento obrero no estaba en condiciones de generar un internacionalismo políticamente eficaz, pero constituyó una imagen deslumbrante, tanto para muchas asociaciones obreras como para los gobiernos que después del fracaso de la Comuna de París en 1871 vieron en la Internacional una amenaza diabólica para la supervivencia del orden burgués.

A esas alturas, Marx ya tenía frente a sí en la Internacional a la corriente antipolítica (anarquista) de Bakunin, que cobraría aún más fuerza cuando, en 1871, la Conferencia de Londres propone la formación de partidos obreros. Socialismo político y anarquismo, marxismo y bakuninismo, serán por espacio de medio siglo las dos corrientes dominantes, enfrentadas la una a la otra, en el seno del movimiento obrero.

Por otra parte, la exigencia de la crítica no se detuvo para Marx en las fronteras exteriores del socialismo político: su Crítica del programa de Gotha, de 1875, dirigida contra la socialdemocracia alemana, fue la prueba de que para Marx sólo la verdad, y, por tanto, la exigencia de conocimiento, era revolucionaria.

Antonio Elorza, Karl Marx, al socialismo por la ciencia, el mundo.es 05/05/2016