dimecres, 25 de maig de 2016

El fanatisme redentor.

Las ruinas de Palmira
by Enrique Flores


Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegiaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.

Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.

El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.

Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.

Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.

Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).

Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.

José Álvarez Junco, Las ruinas de Palmira, El País 22/05/2016