dimecres, 25 de maig de 2016

El que Freud ens va ensenyar (Eugenio Trías).



Lo peor que puede sucederle a un clásico es generar una unanimidad tan intensa y extensa que pueda llegar a confundirse con el desinterés y el fastidio. Algo de esto corre el riesgo de sucederle a Wolfgang Amadeus Mozart, que ya fue suficientemente visitado y reivindicado hace ahora más de diez años, y ahora insiste en esta hoguera de vanidades de una cultura que sólo parece sobrevivir a golpe de efemérides. Siegmund Freud es, sin duda, un clásico del pensamiento del siglo veinte. Nadie podrá ya disputarle su gran proeza. Ahí están sus escritos, de una calidad ensayística y reflexiva que suscita siempre sorpresa, emoción y capacidad de sugerencia. Hace poco hice el experimento: volví a leer Psicología de las masas, un ensayo cuya influencia debe advertirse en todas las reflexiones sobre ese tema –las masas– que en el período de entre guerras fue dominante. 

Pero lo mismo sucede a quien, después de muchos años, se aventura en su obra magna, La interpretación de los sueños, un libro de una valentía infinita, procedente en gran medida de la propia introspección de su autor sobre sus producciones oníricas. Nadie como él hubiera podido poner en su dormitorio, como el célebre poeta surrealista, el cartel: Le poète travaille. Esa lectura termina siempre contagiando al lector sensible, que con frecuencia repasa esa mitad de nuestra vida que transcurre, en el mejor de los casos, entre sábanas. 

Freud fue ante todo un gran escritor. Un magnífico ensayista. Su limpia prosa, aprendida de su gran maestro Goethe, es quizás una de las primeras sorpresas que experimenta todo aquel que se acerca a él. La segunda es la importancia grande que la literatura tiene en su obra. Podría decirse que sus principales hallazgos los formaliza a través de grandes referentes literarios. Ante todo, el ciclo tebano de la tragedia ática. No sólo Edipo tirano. También Antígona y Electra. Eso la recepción lo advirtió en seguida, y fue en el dominio de la literatura y del arte donde su influencia fue, desde el principio, dominante. La obra de teatro de Hofmannstal, Elektra, de principios de siglo, que luego adapta para la genial ópera de Richard Strauss, verdadero baluarte de la música expresionista, se halla bajo la influencia primeriza de Freud. Esa Elektra es, a la vez, griega y moderna. En ella cooperan, como trasfondo, Esquilo, Sófocles y Freud. 

Pero Freud tiene la suerte, hoy, de generar todavía controversia. A diferencia de otros clásicos, Freud no suscita unanimidad ni consenso. Hay voces que siguen sin soportarlo. Hay opiniones que lo cuestionan. Especialmente en nuestro país, que ha sufrido unas resistencias inmensas, incluso en el estamento intelectual, como lo conversamos hace un año en un grato libro dialogado, titulado Filosofía del límite e inconsciente, con mis amigos y colegas Jorge Alemán y Sergio Larriera, ambos psicoanalistas y amantes de la filosofía. 

La razón de esa falta de consenso es obvia: Freud tuvo la osadía de internarse en la sexualidad. Y en la diferenciación sexual. Y en el infierno de infirmitas que la sexualidad puede producir, trastornando nuestros usos y costumbres, o nuestras convenciones sociales y culturales. Obras como los Tres ensayos sobre la vida sexual tienen, aún hoy, carácter subversivo, escandaloso. 

Por esa razón la lucha contra Freud, y contra las tradiciones que lo secundan, sigue y seguirá: pues es mucho más grato situar en segundo término este aspecto de nuestra conducta. Por esa razón desde el conductismo y desde corrientes de la psicología menos comprometidas, lo mismo que desde las teorías epistemológicas de inspiración cientifista (positivismo lógico vienés, filosofía analítica anglosajona) se haya siempre cuestionado la tarea de este gran liberador, auténtico Prometeo de nuestro carácter y destino, capaz de robar a los dioses el fuego liberador de una teoría revolucionaria. Quizás algo ha envejecido en Freud, y harán bien sus seguidores en no marcar en ello el énfasis. Freud intentó formalizar sus hallazgos en la teoría de la ciencia de la época. Es el aspecto más vetusto y desechable de su obra.

Freud, consciente de la escandalosa novedad de su doctrina, se parapetó en la respetabilidad científica como forma de contrarrestar las críticas de que era objeto, la mayoría procedentes de la sociedad médica vienesa, y que cuestionaban su probidad de investigador. Ese es el aspecto menos interesante de su trabajo intelectual. Es también el flanco más débil, pues da pie a que los cancerberos de la ciencia desestimen sus concepciones, o deslegitimen su teoría. Ésta, de hecho, posee su propio estatuto, que se despliega en la práctica de una institución, la psicoanalítica. Por desgracia ésta última no facilita las cosas: parece vivir en el hobbesiano “estado de naturaleza”, en guerra de todos contra todos, y con lamentable vocación de muchos de sus grupos o grupúsculos en asumir formas sectarias. Pero eso prueba la inmensa irradiación e influencia de una reflexión con capacidad de transformar nuestra conducta. 

Freud es mucho más que un clásico de mármol que deja al mundo un corpus literario. Es un clásico vivo que conmociona, hoy como ayer, conciencias y voluntades. En realidad fue, más que nadie, un personaje que asumió, lo mismo que Edipo, el lema délfico que presidía toda peregrinación hacia la consulta oracular: “Conócete a ti mismo”. Y que cruzó, como Sócrates, ese imperativo categórico con otro que es complementario: “Cuida tu propia alma”. Hoy más que nunca deberíamos saber que ésta constituye ese principio de vida esponjoso con las formas y figuras del espíritu, y con sus concreciones lingüísticas (mitológicas, literarias, religiosas). Si el cuerpo de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos, puede decirse que el nuestro lo está con letras del alfabeto, o con idiogramas y jeroglíficos, con las cuales se componen sintagmas, frases complejas, párrafos, formaciones textuales. Nuestro cuerpo tiene en gran medida carácter textual. Es todo él, en parte al menos, texto y contexto. Puede ser deletreado, leído. Eso es lo que toda práctica psicoanalítica verdadera realiza: auscultar el cuerpo del paciente. Eso es lo que el verdadero psicoanalista lleva a cabo. Yo mismo tuve ocasión de comprobarlo hace muchos años –casi treinta– con un gran profesional que hace menos de un mes nos dejó: el excelente psicoanalista argentino Luis María Esmerado. 

Y es que el cuerpo habla y se expresa. Pues se halla todo él trazado con formas mitológicas, u organizado a través de complejos modos rituales y ceremoniales (que escenifican y ponen en práctica esas leyendas y relatos). El cuerpo histérico manifiesta esas leyendas a flor de piel. El cuerpo de la neurosis obsesiva se halla, todo él, polarizado por ritos y ceremonias privadas. Freud logró, mejor que nadie, mostrar la singularidad de ese cuerpo nuestro que requiere ser leído de forma complementaria a la lectura matemática recomendada por Galileo Galilei para comprender la naturaleza. Y es que ese cuerpo nuestro no es físico sin más: es fronterizo y limítrofe en relación a la naturaleza, al mundo. Freud nos enseñó, en sus textos, y en la práctica psicoanalítica, que somos habitantes de ese límite del mundo que confiere una particularidad específica a nuestra condición.

Eugenio Trías, Freud, 150 años de un clásico controvertido, el cultural.es 20/05/2006