La realitat com a últim refugi.

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by Esteve Mills
Desconsiderar la realidad es tan insensato como darla por supuesta. Ignorarla es tan imprudente como no plantearnos lo que entendemos por ella. En ocasiones nosamparamos en su invocación para justificar posiciones o decisiones, a fin de remitir a su incuestionable e implacable contundencia la verdad de nuestras afirmaciones. Todo parece consistente hasta que nos hacemos algunas preguntas o problematizamos su configuración. En caso de duda, basta remitir a la realidad para que, por lo visto, se disipen las incertidumbres.

Es tal el amparo que ofrece a distintas afirmaciones, que no siempre disipa ni dirime controversias, antes bien las azuza. Pronto ofrece la sospecha de que su intercesión más parece una justificación que una buena razón. Basta mirar la realidad, se dice. Ahora bien, puestos a mirar es difícil, entre otros aspectos, conocer en qué dirección y sentido. Por otra parte no está tan claro que esta cuestión se resuelva de ese modo. O tratando de atraparla. Ya Platón muestra algunas cautelas y reservas en el Teeteto, a quien Sócrates, aludiendo a “los no iniciados”, dice referirse “a los que piensan que no existe sino lo que pueden agarrar con las manos. Ellos no admiten que puedan tener realidad alguna las acciones, ni los procesos, ni cualquier otra cosa que sea invisible.” A lo que responde sorprendido: “Hablas de gente, Sócrates, que, desde luego, es obstinada y repelente.”

No es cosa de presuponer siquiera que la realidad se resume y se reduce a lo que vemos. O a lo que asimos. Hay justificadas sospechas para ponerlo en cuestión. Ello no es un motivo para ignorarlo, sino para no agotar ni limitar los argumentos a su amparo y a su remisión. En cierto modo, además, siempre vemos conceptualmente, de acuerdo con las propias concepciones, y conviene no excluirlas. Ya nos enseña Kant que sin conceptos las intuiciones son ciegas. Claro que sin estas, los conceptos son vacíos. Así que cuando nos afincamos en que somos testigos de la realidad, conviene ser cuidadosos y precavidos, y al menos conscientes de la complejidad de nuestra invocación.

No faltan quienes en tiempos convulsos se guarecen y se amparan en esto que podría parecer tan incuestionable. Y refugiados en su realismo, a veces lo hacen para eludir otros planteamientos, para disipar o limitar otras propuestas, para paralizar otros modos de ser y de hacer, para calificar de imposible lo deseado, lo soñado, lo perseguido. Una presunta realidad viene a ser el alivio y el freno de la curiosidad. Las cosas son realmente así. No hay mucho que hacer. Tal vez. Sin embargo, eso también está por ver. Pero con otro ver, que requiere contemplación y consideración.

Cuando hablamos de acceder a la realidad, cabría pensar que ella, arrogante y distante, está esperando nuestra peregrina travesía, nuestra escalada, indiferente e insensible a nuestros avatares, como si fuera independiente de ellos. Incluso considerada como un gran objeto, solo podría serlo por remisión a un sujeto. En rigor, sin sujetos no hay objetos. Y sin nuestro quehacer elaborador es improcedente hablar de una realidad, que resultaría exenta.

Atentos, abiertos a cuanto sucede, no siempre es fácil reconocer lo que ocurre. En principio, y además, porque nos sentimos partícipes, y al considerar lo real conviene no ignorar que precisamente uno mismo forma parte de ello. Salvo que la brecha sea de tal calado que acabemos creyendo que la realidad está ahí fueray que, aunque nos incumbe, no nos alcanza ni nos constituye. Así que nada resulta más exótico que salir al encuentro de lo real, como si uno fuera, en esa medida, pura irrealidad.

Esto no significa que hayamos de dar la espalda a cuanto ocurre. En todo caso, la realidad no es solamente lo que pasa. También forma parte de ella lo que hace que pase lo que pasa. Y, en cierto modo, lo que podría llegar a ocurrir, en tanto en cuanto ya se halla en alguna medida en las condiciones de su posibilidad. No es puro pasado, también es porvenir. En este sentido, no soñar es poco realista. Vivir de ensoñaciones, también. La claudicación ante lo ya dado, identificándolo con lo real ignora que la realidad es asimismo el nombre de una tarea. Depende a su vez de nuestra acción, aunque tiene no poco de imprevisible.

Cuando Hegel dice que “todo lo real es racional” no está señalando que lo que ya ocurre y sucede, la situación dada, es pura y expresa racionalidad. Habla de lo que es efectivamente real, no de aquello que tenemos actualmente por real. Con independencia de las lecturas al respecto, queda claro que no es cuestión de identificar el vigente estado de cosas con la realidad. Se preserva tamaña consideración para cuanto ha de devenir concreto. A partir de lo existente, la realidad es más bien la convocatoria a una tarea, a una labor, a la acción de realizar que cuanto hay llegue a ser de verdad. Nosotros subrayaremos que justo, otros dirían que venga a ser concepto. Así que conviene andarse con cuidado antes de expedir certificados de realidad, en nombre del realismo.

Podríamos decir que “esto no es la realidad”, como Magritte pinta y escribe en su cuadro que “esto no es una pipa”. Y ello podría conducirnos a cuestionar hasta qué punto precisamente esto, que llamamos realidad, no es sino una representación. Pero, en todo caso, tampoco eso es poca cosa, ya que con ello se dibuja, se atisba, se preludia aquella realidad más ajustada que se busca, se persigue, se necesita. Ya no se trata de la realidad como arma arrojadiza, sino como proyecto y liberación, como desafío, como acicate y aliciente para trabajar intensa y constantemente a fin de lograr un mundo diferente y otra sociedad.

La supuesta realidad es no pocas veces la realidad supuesta, la presunta e imaginada, la que resulta de una determinada articulación y configuración, la que se ofrece como inexorable e implacable razón, como si se tratara más de una causa que de una consecuencia. En definitiva, como si fuera el fondo sobre el que habrían de ofrecerse todas las alternativas, el lienzo o el marco en el que situar todos los hechos posibles. Ya estaría dada y colocada, y solo cabría decorarla o lucirla con actividades más o menos resignadas. Sin embargo, la presunta realidad no solo permite otros paisajes. También el propio lienzo ha de poder serpuesto en entredicho.

Ángel Gabilondo, La supuesta realidad, El salto del Ángel, 23/05/2015

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