divendres, 13 de maig de 2016

L'efecte Baldwin.

James Mark Baldwin


Los frenólogos de principio del siglo pasado intentaban leer giros y surcos del cerebro como si esto fuese una esfera de cristal, o como uno de estos mapas de carnicería donde el cerdo está parcelado con sus partes bien delimitadas, cada una con su sabor y con su precio. Aunque nos cuesta alejarnos de esta visión reduccionista, hoy sospechamos que la cosa es un poco más complicada. Pueden existir "áreas cruciales" para una u otra función cognitiva, pero el cerebro trabaja con redes muy amplias, y con mecanismos aún bien desconocidos, con lo cual mejor no vaticinar demasiado cuando se intenta asociar áreas corticales con capacidades especificas. Tachamos a los frenólogos de aquel tiempo de ingenuos y crédulos, sin darnos cuenta de que seguimos tropezando con la misma piedra. En la actualidad, buscamos un gen para cada función, cada rasgo, cada problema y cada solución, volviendo a pisar aquellos caminos reduccionistas que, dentro de unas décadas, nos harán ser tachados de ingenuos y crédulos.

A nivel de evolución la confianza en la genética es total: no hay evolución sin cambio genético. Desde luego es probable que sea verdad, pero esto no garantiza la polaridad del proceso, es decir ¿cuál es la causa y cuál es la consecuencia? A nivel aún más general, ¿cuánto la biología influye en el comportamiento, y cuánto el comportamiento influye en la biología?

En ecología humana se suelen separaradaptaciones genéticas (que afectan a las poblaciones a lo largo de generaciones), adaptaciones fisiológicas (que afectan al individuo a lo largo de su vida) y adaptaciones culturales (que afectan a las sociedades a lo largo de la historia). Esta distinción, en antropología, es esencial, y a menudo totalmente olvidada. No hay porqué pensar que estos tres tipos de cambios sean, desde luego, ni aislados ni independientes. Se influyen unos con otros, y a menudo se integran, generando híbridos difíciles de desenredar si nos metemos en un laboratorio midiendo parámetros y variables del sistema biológico.

Si esto vale para músculos y huesos, la cosa se complica con el cerebro, particularmente importante en los tres procesos, y particularmente sensible a los tres factores. En neuroanatomía evolutiva se da por hecho que cada cambio cerebral o cognitivo tiene que ser el resultado de una variación genética y de una consecuente selección natural. Antes que nada, hay que recordar que la selección trabaja según un parámetro muy pero que muy sencillo: el éxito reproductivo. Hacer más hijos. Si el cambio no influye en este parámetro decentemente a lo largo de mucho tiempo, es difícil que se pueda llamar "adaptación". Hay muchos rasgos o cambios que no influyen en absoluto en el éxito reproductivo, con lo cual su compra y venta dependen de factores aleatorios. Hay muchos rasgos que hasta pueden perjudicarlo, pero la selección los acepta porque vienen asociados en un paquete con otros rasgos muy buenos, el clásico ofertón donde te llevas a casa una chatarra inútil o que te estorba porque te la empluman con algo que necesitas. Finalmente, hay muchos casos en que la selección no decide nada, y se encuentra el paquete ya entregado por causas que prescinden de la excelencia de reproducción (por ejemplo, un evento climático que revienta al azar una parte de la población, indultando a otra).

Pero más allá de valorar si un carácter biológico aporta o no aporta al éxito reproductivo, el problema principal es que el cerebro participa y responde a los tres factores de cambio: genético, fisiológico, y cultural. Por ejemplo, el cerebro es extremadamente sensible a un entrenamiento y a otras formas de influencia ambiental. Hemos aceptado desde hace tiempo que la cultura influye sobre las capacidades cognitivas, pero por lo que parece seguimos infravalorando el proceso. Se han descrito cambios anatómicos celulares, fisiológicos y hasta macroscópicos en el cerebro de macacos a las pocas semanas de entrenarlos con objetos y utensilios. Entonces queda patente que existe la seria posibilidad de que haya "efectos de retroalimentación" entre el sistema orgánico (el cerebro) y el sistema super-orgánico (la cultura). Entonces, cuando observamos en un individuo o especie una variación anatómica y un comportamiento asociado, mejor no dar por sentado que la primera sea la causa y la segunda la consecuencia. Es posible que un programa genético influya en la estructura cerebral y esto genere un cambio en el comportamiento, pero es igualmente posible que un cambio de comportamiento influya en la estructura cerebral.

James Mark Baldwin era un filósofo y psicólogo estadounidense que se quedaba corto con las teorías evolutivas tradicionales y en 1896, junto a otros evolucionistas de su época, se interesó por un proceso alternativo y complementario basado en plasticidad fenotípica y acomodación genética. Según su perspectiva, la plasticidad de un organismo (es decir, la capacidad de cambiar en respuesta a estímulos ambientales) puede influir en los caminos de la evolución, empujando el cambio hacia una dirección especifica que, si funciona, repercutirá también en la estructura genética. En este caso es el organismo que, en función de sus capacidades y de sus elecciones, tiene un papel importante y activo en establecer que es precisamente lo que se va a valorar a nivel selectivo, orientando el camino. En los años cincuenta uno de los padres de la paleontología contemporánea, George Gaylord Simpson, bautizará esta posibilidad con el término de "Efecto Baldwin". Y en esa misma década, el biólogo inglés Conrad Waddington propone una posibilidad adicional pero en cierto modo opuesta: que la selección influya sobre el grado de plasticidad, orientando la capacidad de variación. En ambos casos hablamos de procesos sutiles, que se mezclan uno con el otro entre los rincones de las perspectivas neodarwinistas y neolamarckistas, generando debates y zonas indefinidas pero dejando clara una cosa: mejor pasar de interpretaciones lineales echando toda la culpa a los genes.

Os podéis imaginar las consecuencias de un posible efecto Baldwin con el cerebro, y no era acaso el hombre psicólogo. Nuestro sistema nervioso no solamente es muy sensible a los efectos externos, sino es la primera causa de estos mismos efectos externos: contribuye a generar una cultura que a la vez le sirve de enlace con el mundo permitiendo desarrollar nuevas características, al mismo tiempo moldeando su estructura de forma retroactiva. La capacidad de variar se vuelve factor que impulsa el cambio, parámetro que orienta la evolución, y variable seleccionada por ella. Vaya lío. Imposible desenredar factores genéticos (modificaciones de los genes por selección), factores epigenéticos (modificaciones de los genes por efectos externos) y factores ambientales (modificaciones de la anatomía o de la fisiología por efectos externos sin cambios genéticos). O por lo menos es muy complicado, con lo cual mejor evitar afirmaciones tajantes y soluciones demasiado lineales cuando observamos ciertos cambios evolutivos para los que no tenemos todavía informaciones suficientes que nos permitan valorar los mecanismos biológicos que los generan.

Y todo esto sin contar con que en el pastel del cerebro no hay solo neuronas, sino también vasos sanguíneos, células de soporte y tejidos conectivos, todo ello empaquetado en huesos. Y todo esto sin contar que ya no nos creemos eso del cerebro como máquina independiente, siendo posible que se trate del procesador de un sistema más extendido que incluye el cuerpo y el ambiente como componentes activos y esenciales de las dinámicas cognitivas.

Es curioso como la teoría de la evolución es precisamente la que, frente a otros campos, parece la que menos evoluciona. En los mismos años en que George Gaylord Simpson recuperaba la discusión sobre el efecto Baldwin, Richard Feynman recogía el premio Albert Einstein e iba de camino hacia la entrega de un premio Nobel y hacia otra revolución de la física, galardonada por sus capacidades predictivas. En cambio en el último siglo la teoría de la evolución ha ido frecuentemente anunciando muchas pequeñas revoluciones que nunca se han llegado a concretar, y al final la disciplina prefiere escudarse detrás de la barba de Darwin, evitando evaluar en serio la aportación de cambios radicales. Hipótesis como la de Baldwin se dejan desatendidas en un rincón de la historia, reconociéndole todo el valor pero luego, en el día a día, volviendo a lo conocido, más seguro y menos complicado. Ojo, Señor Darwin, que los tiempos cambian, y si no evolucionas con ellos acabarás siendo pieza de museo, tal como uno de tus muchos, curiosos y entretenidos fósiles vivientes.

Emiliano Bruner, ¿Está usted de broma, Sr. Baldwin?, Scilogs. Investigación y Ciencia 13/04/2016