La memòria humana no col·lecciona dades, construeix sentit.






Thomas K. Landauer introdujo un refinamiento metodológico particularmente relevante: en lugar de simplemente medir cuánto recordaban las personas, ajustó sus cálculos dividiendo la cantidad de información retenida entre el tiempo que habían dedicado a aprenderla. De este modo, pudo estimar la velocidad a la que el ser humano adquiere conocimiento útil. Además, tuvo en cuenta la inevitable erosión de la memoria con el paso del tiempo, incorporando el efecto del olvido en su análisis. Casi como si midiera el caudal con el que el río de la experiencia vierte sus aguas en el embalse de la memoria.

El resultado fue asombroso: independientemente del tipo de material —imágenes, palabras, música—, las personas aprendían aproximadamente a la misma velocidad. No importaba si se trataba de información visual o verbal; el ritmo de adquisición permanecía estable. Con esta constante en mente, Landauer calculó cuánta información puede almacenar una persona a lo largo de una vida de setenta años, suponiendo que mantiene ese ritmo de aprendizaje.

El resultado final fue sorprendentemente modesto: aproximadamente un gigabyte de datos almacenados en la memoria a largo plazo. Incluso Landauer admitió que su estimación podría variar en un factor de diez, lo que situaría la verdadera cifra en un rango entre 100 megabytes y 10 gigabytes. Sin embargo, la conclusión era inapelable: aun en el escenario más generoso, la capacidad de almacenamiento de la mente humana resulta irrisoria frente a la de cualquier ordenador portátil moderno.

La memoria, ese archivo frágil donde guardamos los retazos de nuestra existencia, palidece ante la frialdad monolítica del silicio. Mientras que un simple disco duro puede contener bibliotecas enteras sin esfuerzo, el cerebro humano parece una tabla de arcilla erosionada por el tiempo, donde cada nuevo trazo amenaza con borrar los anteriores. Y, sin embargo, nuestra ventaja no está en la cantidad, sino en la alquimia con la que transformamos esos fragmentos en significado, en experiencia, en conciencia. Ahí donde la máquina acumula datos inertes, la mente teje narrativas, extrae sentido y da forma al mundo.

Paradójicamente, modelos como ChatGPT necesitan ser entrenados con volúmenes ingentes de datos. Su funcionamiento es casi la negación de nuestra propia inteligencia: mientras que una IA mejora con más información, nuestro cerebro opera en la dirección opuesta. No pensamos mejor cuando acumulamos datos indiscriminadamente, sino cuando seleccionamos, abstraemos y olvidamos lo irrelevante. La mente humana es como un escultor que extrae la forma esencial de un bloque de mármol, eliminando lo superfluo hasta revelar la estructura oculta. ChatGPT, en cambio, se asemeja más a un archivista obsesivo que intenta almacenar cada fragmento de conocimiento sin distinción.

Así, la mente no es un ordenador. O, al menos, no en el sentido en que lo imaginaron los primeros científicos cognitivos en las décadas de 1960 y 1970. La metáfora informática, tan seductora en sus inicios, se desploma cuando se enfrenta a la complejidad del mundo real.

Si nuestra memoria operara como un simple disco duro, diseñado para acumular datos sin cesar, estaríamos condenados al colapso. La cantidad de información que nos rodea es inmensurable, y tratar de almacenarlo todo no solo sería inviable, sino profundamente absurdo. Pero la mente no es un archivo pasivo: es un tamiz, un alquimista que filtra lo irrelevante y destila significado a partir del caos sensorial. No coleccionamos datos; construimos sentido.

Hoy en día, la mayoría de los científicos cognitivos han abandonado la idea de que el pensamiento es un proceso lineal, secuencial, comparable al de un programa de computadora. Aunque en algunos casos la metáfora sigue siendo útil —por ejemplo, al estudiar procesos deliberativos y analíticos, como resolver un problema matemático paso a paso—, la mayor parte del pensamiento humano opera de manera completamente distinta.

El pensamiento intuitivo, que constituye la inmensa mayoría de nuestra actividad mental, ocurre en paralelo, procesando múltiples fuentes de información simultáneamente, sin que tengamos consciencia de ello. Cuando buscas una palabra en tu mente, por ejemplo, no examinas tu vocabulario palabra por palabra de forma secuencial, como lo haría una computadora clásica. En cambio, tu cerebro explora todo tu léxico de manera global y paralela, y la palabra que buscas suele surgir casi instantáneamente. Este tipo de computación—flexible, interconectada y autoorganizada—es radicalmente distinta de la visión mecanicista que predominó en los primeros días de la informática y la ciencia cognitiva. Ni John von Neumann ni Alan Turing imaginaron un sistema basado en asociaciones dinámicas y resonancias subconscientes. Su modelo, aunque extraordinariamente poderoso para la lógica y el cálculo, sigue siendo una simplificación burda frente a la complejidad de la mente humana.

Sergio ParraTu cerebro es poca cosa y por eso eres extraordinario, Sapienciología 16/03/2025

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Percepció i selecció natural 2.

Gonçal, un cafè sisplau

Determinisme biològic i diferència de gènere.