El fonament de l'optimisme no és que tot el que és està bé, sinó que quasi tot està millor.
¿Cuándo perdió el oremus una parte de la filosofía occidental? Esa pregunta es demasiado grande. Pero tenemos una pista. De estos filósofos se nos dice de forma repetida que son necesarios porque son “críticos”. La subversión y desnaturalización de la crítica, desde su sentido original hasta el presente, es uno de los desarrollos lamentables de la filosofía.
“El marinero al que una medición correcta de la longitud salva del naufragio debe su vida, a través de una cadena de verdades, a descubrimientos que se hicieron en la academia de Platón.” Así escribía un magnífico marqués de Condorcet en 1793. Me hace pensar en esa boutade defensiva de Richard Dawkins dos siglos después: nadie es un construccionista social de la ciencia a 30.000 pies de altitud. Entre ambos sucede el escepticismo nihilista disfrazado de crítica social, la apropiación de la crítica, concepto filosófico, jurídico y científico propio de la investigación, por parte de la paraciencia social, con el concurso necesario de algunas generaciones de filósofos (mayormente, de la variedad conocida como continental).
Criticar era para Kant, y aun para Marx, explorar las condiciones de posibilidad de lo que sabemos y afirmamos. En un sentido lato, pensamiento crítico es aprender a reconocer ambigüedades en los conceptos, generalizaciones infundadas, equivalencias solo aparentes, demostraciones incompletas, afirmaciones para las que se necesitan datos, la naturaleza probabilística de los hechos, y a reconocer datos fiables. Esto es más o menos lo que hacen los científicos en sus especialidades. Nadie dice hacer “ciencia crítica”, que yo sepa (iluminados y construccionistas aparte), aunque cualquiera entiende que la crítica científica es tan parte de la ciencia como los experimentos o los manuales. Nos queda lejos saber cómo se llegó de la crítica filosófica que posibilita el conocimiento a la “crítica” entendida como (supuesto) desenmascaramiento de cualquier afirmación con pretensión de verdad con resultados (supuestamente) liberadores. Pero hubo filósofos entre los culpables.
Una diferencia entre la ciencia social y la natural es que mientras que la ciencia natural es bastante inmune a la “crítica” pero muy sensible a la crítica, la ciencia social está mucho menos protegida de la “crítica” (pues se le plantea como un plano de sí misma) y es poco sensible a la crítica.
El problema del optimismo en el siglo xvii estaba mal planteado. La respuesta a la pregunta que se hizo Cándido –“si este es el mejor de los mundos posibles, cómo son los otros”– podría haber sido sencilla. Los mundos pasados. La pregunta correcta no es si el mal puede justificarse como una necesidad para el bien, o si el sufrimiento es un castigo merecido por los humanos. La pregunta es si lo vamos reduciendo, si hay progreso. El fundamento del optimismo no es que todo lo que es está bien, sino que casi todo está mejor.
Alberto Penadés, Filosofía catastrófica, Letras Libres 01/03/2025
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