text 60: Mona Chollet, No es lo mismo no salir que estar confinado en casa





En 1794, Xavier de Maistre, oficial de la guarnición francesa en Italia, pasó 42 días bajo arresto domiciliario por haberse batido en duelo. Escribió un libro sobre ello, Viaje alrededor de mi cuarto. “Me han prohibido recorrer una ciudad, un punto; pero me han dejado todo el universo: la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes”, narraba.
Ni que decir tiene que estamos mal equipados para hacer frente a esta situación. La mayoría de nosotros hemos adquirido el hábito de ir cada mañana a un lugar donde se nos dice qué debemos hacer con nuestro día. Estamos desconectados de nuestras aspiraciones íntimas, liberados de la responsabilidad de dar forma a nuestras vidas, lo que es infinitamente triste, pero también muy cómodo. Cuando este sistema se detiene, muchos tienen la sensación de estar cayendo al vacío.
Este periodo podría ser una buena ocasión para explorar otra relación con el tiempo, con la vida, con la actividad; pero hemos integrado hasta lo más profundo de nuestro ser esta exigencia inflexible, esta dureza hacia uno mismo y hacia los demás que la ética protestante y el espíritu del capitalismo han extendido gradualmente a todo el planeta. Este mundo valora el ajetreo frenético, la rentabilización del más mínimo instante. No es imposible recuperar la autonomía, aprender a dar forma a nuestra vida interior, pero lleva tiempo, paciencia. Si no lo conseguimos, o no inmediatamente, evitemos convertirlo en otra razón para flagelarnos.
Al cerrar la puerta de casa a sus espaldas, tienen la posibilidad de abrir otra, que da a las profundidades insospechadas de uno mismo. Si consiguen abrir esta puerta, les garantizo que olvidarán el coronavirus, al menos durante unas horas. Pero para hacerlo, deben vencer una especie de extraña inhibición; soy la primera en notarlo. Anhelo esas experiencias intensas que me permite la soledad, pero también me asustan. Quiero provocarlas, pero sigo aplazando el momento de permitir que ocurran. Permanezco indefinidamente en mis redes sociales en lugar de volver a abrir el archivo del libro que estoy escribiendo. Es cierto que, en este momento, necesitamos estar informados y también estar conectados los unos con los otros. También es bastante conmovedor ver cómo se despliega, en Twitter o Facebook, esa solidaridad elemental que surge cuando una comunidad entera se enfrenta al mismo peligro. En estos días, las redes sociales me devuelven la confianza en la humanidad (nunca pensé que algún día escribiría una frase semejante).
Lo que no impide que, con todo el tiempo que tenemos, también podamos renunciar a nuestras pantallas. La otra noche me sumergí con deleite en una vieja colección de cuentos de Elizabeth Gilbert. Adoro a esta autora, estoy atenta a cada uno de sus nuevos libros y, sin embargo, esta colección ha estado esperándome en la mesilla durante dos años y medio. ¿Qué dice eso de mi estilo de vida, de mi tendencia a permanecer en la superficie de las cosas, encadenada a la inmediatez? Tengamos el valor de alejarnos de los braseros virtuales. Puesto que se nos entumecerán forzosamente las piernas, desentumezcamos nuestras mentes y nuestras almas. No nos perdamos esta vía de escape y reunamos los tesoros que tanto necesitaremos el día en que nos devuelvan las calles.
https://elpais.com/cultura/2020/03/20/babelia/1584731864_692436.html?ssm=FB_CC&fbclid=IwAR1cmxzues4CaPyJuv3zXjRh-OpKm09ZEwp6T_k13kMl-eFTpVUp2f7vBww

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