dijous, 10 de març de 2016

Javier Jurado: "En el pessimisme de Han només hi ha espai per a la resignació".



Son varias las obras en las que el filósofo de moda, el coreano Byung-Chul Han, ha reflexionado de forma sintética y directa en torno a la sociedad digital. “En el enjambre” vuelve a recoger algunas de estas ideas reiteradas dentro de un tono distópico y crítico. El análisis de Han, deudor en gran medida de Heidegger, advierte con acierto sobre prácticas deshumanizadoras de nuestro tiempo que han ganado en sutileza a favor de un mayor control del sistema. Sin embargo, su propio discurso se sirve, en mi opinión, de un tono acentuadamente apocalíptico y pesimista, útil para ganar otro éxito en ventas, amparado paradójicamente por este mismo sistema.

Desgrano a lo largo de tres entradas los tres principales enfoques con que creo que pueden leerse las aportaciones de Han en esta obra, comenzando por la de la sociedad digital como nueva fase del capitalismo tardío.

Desde el comienzo de la obra, Han describe nuestra llamada sociedad digital como un subproducto capitalista caracterizado por una serie de características fundamentales. Una primera sería la del crecimiento del emotivismo, en un contexto de crisis de valores y de desencantamiento postmoderno con los grandes relatos y sistemas de pensamiento, que ha fomentado la supremacía de la emoción en detrimento de la razón. Y este emotivismo habría crecido precisamente a través de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC en adelante) pues “la comunicación digital hace posible un transporte inmediato del afecto” caracterizándose por ser por excelencia el “medio del afecto”. Este sentimentalismo es, ciertamente, un producto de este capitalismo tardío que, dentro del acomodado primer mundo, ha hecho de las emociones un nuevo mercado de consumo (realities, telebasura de prensa rosa, de caridad o de ostentación, pasteleo en redes sociales,…). La forma, ciertamente, de provocar y estimular estas emociones pasa por el intercambio de información.

Otra de las notas que caracteriza esta sociedad digital como nueva fase del capitalismo tardío sería la transformación de los mecanismos de comunicación, tan clásicamente verticales de forma afín a las estructuras verticales de poder, en una horizontalización que se muestra mucho más eficiente en términos económicos, más legitimada en contextos democráticos y que permite mantener estructuras de poder que se mantienen encubiertas de forma más sutil. Así, en esta nueva fase del capitalismo, la revolución de las TIC no sólo habría catapultado el intercambio económico por toda la aldea global, sino que habría implicado al menos hasta cierto punto la ruptura de las jerarquías clásicas de la comunicación, esencialmente verticales y unidireccionales, por una simetría que es perjudicial al poder clásico, legitimado por antiguas formas de comunicación no “dialogísticas”, como dice Han.

Su planteamiento, sin embargo, lejos de aplaudir las posibilidades que entraña esta ruptura, se centra en otra erosión inherente al cambio: “La decadencia general de los valores erosiona la cultura del respeto”. En una suerte de añoranza por el retorno a lo sublime, Han plantea que la aparente ausencia de jerarquías de este tiempo postmoderno ningunea el respeto por los individuos, haciendo de todo intercambio un simulacro de diá-logo, ficción de una razón compartida. El ruido y el exceso de información, como veremos más adelante, efectivamente ejercen el papel desdibujador que nivela los discursos disipando las fuerzas de una racionalidad crítica con las estructuras de poder y de dominio.

La sociedad digital es una nueva entrega del sistema que ha evolucionado mejorando su capacidad para absorber y encajar toda disidencia. La horizontalidad y la simetría en la producción y consumo de información que ha servido para orquestar y organizar la acción de ciertas primaveras y movimientos de indignados son para Han un espejismo. En realidad “La sociedad de la indignación […] carece de firmeza, de actitud”. A diferencia de la acción política clásica, “La indignación digital no puede cantarse. No es capaz de acción ni de narración” y “no engendra ningún futuro”. La condición postmoderna de Lyotard, la modernidad líquida de Bauman, el pensamiento débil de Vattimo,… afloran aquí, en un contexto en el que la falta de metarrelatos creíbles ha supuesto el ocaso de las ideologías. La parte bienvenida de este proceso, sin embargo, queda enturbiada por el retroceso de la racionalidad dialógica e intersubjetiva, compartida en interacciones simbólicamente mediadas como las que querría proteger Habermas, que reconocen la dignidad personal y la capacidad racional de todo interlocutor: he ahí el respeto que Han añora, más que reclama. Sin embargo, como parte de estas notas que caracterizan la sociedad digital, para nuestro autor, “Las olas de indignación […] no constituyen ningún nosotros”, puesto que de partida se encuentran desestructuradas, en un contexto en el que el individualismo exacerbado ha penetrado hasta nuestro subconsciente, atomizando los aparentes intentos organizativos de acción política a través de las TIC.

Es difícil negar, no obstante, que la mirada de Han resulta excesivamente pesimista al quedarse sólo con aquella indignación emotiva, básicamente la de aquellos que se sienten fuera de unos privilegios que creen merecer, y que desconectada no puede formar ningún “nosotros”. Parece justo advertir que existe también indignación racional, y el espacio suficiente para el intercambio intersubjetivo de perspectivas y argumentaciones, para la organización de fuerzas sociales emergentes que luchan por solidificarse – cuanto sea posible – en un contextointeresadamente “licuado”. En realidad, el discurso de Han no deja de ser un nuevo relato que echa mano de categorías y generalizaciones que obvian la singularidad y heterogeneidad precisamente de ese enjambre: los indignados son muy variopintos, y los hay enormemente parapetados de racionalidad crítica y constructora de comunidad. Efectivamente, la guerra puede ser larga y el ejército estar mal preparado de partida. Pero negar la esperanza es ponerse ya del lado que se critica. Una alternativa, entre otras, es la que como Bloch alberga en el futuro una esperanza inquebrantable, y aunque hay muchos matices que hacer a ese optimismo, el pesimismo de Han parece no dejar apenas espacio más que para la resignación.

La deconstrucción del nosotros social que el sistema ha operado hace que Han se remonte hasta la figura de Gustave Le Bon como un visionario que predijera esta “época de las masas” (Psicología de las masas, 1895). La famosa obra de Ortega está muy presente aunque no sea citada, especialmente cuando el propio Han apela literalmente a esa “rebelión de las masas” que conduce a la crisis de soberanía y decadencia de la cultura, siguiendo a Le Bon. Sin embargo, frente a la estructuración de las masas de Le Bon, Han caracteriza nuestra era digital con el símil del enjambre que da título a esta obra, en el que el ruido caótico de una bandada desorganizada predomina. Este símil del enjambre (Schwarm) puede ser confuso pues, según puede deducirse del relato de Han, pretende servirle para apelar al ruido y a la entropía simbólica que genera el medio digital. Y es cierto que en alemán existe cierta acepción del término que lo interpreta como multitud. Pero, resulta paradójico que, sin quererlo, se deslice otro significado, el de ese enjambre como aquella “multitud de abejas con su maestra, que juntas salen de una colmena para formar otra colonia” (RAE). Es decir que bajo la apariencia caótica y el ruido, este conjunto organizado y jerárquico puede esconder un orden. Así pues, este símil lleva irónicamente consigo un factor que Han obvia o minimiza: las posibilidades de organización local y de proyección, de “empoderamiento” de sectores ajenos al discurso, de la oportunidad, en medio del ruido, de construir nuevos relatos que proporciona el medio digital.

Han es consciente de que “es soberano el que tiene la capacidad de engendrar un silencio absoluto, de eliminar todo ruido, de hacer callar a todos de golpe”. Nuestra postmodernidad, sin embargo, ya desde Lyotard, es testigo de que el encadenamiento de discursos, que las propias TIC posibilitan, es indefinido y de que más allá de que existan mecanismos de censura encubiertos, ese silencio absoluto a nivel discursivo se ha mostrado como vedado, pues no hay sentencia que pueda de verdad clausurarlo y acallar la discrepancia, sino sólo el esfuerzo violento de quien pretende impedir el encadenamiento de los mismos. Por eso Han plantea que el sistema habría optado por lo contrario: hacer del ruido una constante, subsumir toda expresión crítica amenazante para las estructuras de poder establecidas en el zumbido permanente de un enjambre. La información, que se caracteriza precisamente por significar lo diferente frente al ruido insignificante, se neutraliza a sí misma cuando se desborda.

Este ruido se genera precisamente por el simultáneo intercambio de agentes singulares paradójicamente desconectados. Así, en la línea del discurso que constata la atomización neoliberal y el consecuente politeísmo moral como predijera Weber, Han afirma que “Al enjambre digital le falta un alma o un espíritu de la masa”. La despolitización de la esfera pública es consecuencia de la imagen de ser humano egoísta que no sólo cercena el respeto sino la misma confianza requerida para la interacción simbólica: “La posibilidad de una obtención fácil y rápida de información es perjudicial a la confianza” […] “la confianza como praxis social pierde importancia en medida creciente. Cede el puesto al control”.

Por eso, el desmembramiento del nosotros rompe la estructura de la masa: “El enjambre digital, por contraposición a la masa, no es coherente en sí. No se manifiesta en una voz. Por eso es percibido como ruido”. Han se posiciona en este sentido distanciándose no sólo de la descripción de Le Bon sino también de la optimista imagen del homo electronicus de McLuhan, explicitando la descomposición de estas masas en cúmulo de individuos ajenos entre sí. De forma que el hombre hoy, “en lugar de ser nadie […] se expone y solicita atención […] El nadie […] se disuelve en la masa” mientras que el homo digitalis “no es ningún nadie, sino que es un alguien, a saber, un alguien anónimo”.

Resulta interesante este análisis de Han que opone el nadie al alguien anónimo. La disolución del individuo autónomo típicamente kantiano fue moneda común en aquella época de masas de los totalitarismos que Ortega describiera y predijera, y frente a la que Sartre se rebelara con su denuncia de la mala fe que se entrega a la heteronomía. Han viene ahora a denunciar la permutación de esa disolución del individuo por una afirmación exacerbada del mismo, con el pretexto o bajo el simulacro de la elección del producto de consumo o de la opción electoral que neutraliza cualquier comparativa crítica con aquella ignominiosa masificación: Sin embargo, el neoliberalismo inhibe el debate sobre el capitalismo global en sí, presentado como única posibilidad sin alternativa, encauzando la capacidad de elección y narcotizando a ese mismo individuo al que inocula un esquema muy definido de valores, alimentados por un narcisismo hedonista y superficial. Por su parte, la democracia adulterada simula la alternancia entre grupos de administradores de un sistema único, como ya cuestionase Habermas. Por eso, Han reitera que “Los sujetos neoliberales de la economía no constituyen ningún nosotros capaz de acción común. La creciente tendencia al egoísmo y a la atomización de la sociedad hace que se encojan de forma radical los espacios para la acción común, e impide con ello la formación de un poder contrario, que pudiera cuestionar realmente el orden capitalista”.

De este modo, es el capitalismo el que imprime una velocidad exponencial al dinamismo social en ciertas prácticas de consumo (como frenéticamente muestran las redes sociales) para eclipsar y ocultar el inmovilismo o incluso el retroceso en otras. La instantaneidad como valor oculta el cambio que se da de forma paulatina (como por ejemplo el deterioro en ciertos servicios públicos, la evolución del tiempo real de trabajo, la evolución de los salarios con respecto a los bienes de primera necesidad, el crecimiento elefantiásico de estructuras estatales, etc.). El medio digital “fomenta la visión a corto plazo. Fomenta el corto plazo y la mirada de corto alcance, y ofusca la de larga duración y lo lento”. La cultura del hedonismo irracional maximiza la relevancia del placer inmediato.

El político, por ejemplo, se ve obligado a atender a ese presente y por eso no hay tiempo para madurar, ni tener visión ni sentido de Estado. Impera el cortoplacismo de la reelección. En esta línea Han observa la hegemonía de este cortoplacismo también en los medios de las TIC: “los medios actuales de comunicación fomentan la falta de vinculación, la arbitrariedad y el corto plazo. La primacía absoluta del presente caracteriza nuestro mundo”. Estos valores incentivan ese consumo compulsivo que a su vez favorece la mirada cortoplacista, excitada, que mantiene una hiperactividad en la que no cabe el silencio, la pausa, la reflexión, haciendo que el sujeto viva siempre en la periferia de su ser, atareado por lo superfluo. No hay tiempo, entre tantos tuits, para leer un libro.

Por eso Han recalca una y otra vez la imagen de autoexplotación: “Hoy cada uno se explota a sí mismo” es la fórmula más potente por la que el sistema está sacando partido a la capacidad individual, optimizando el hambre permanente que el sistema nos inocula bajo el paraguas de la sociedad del rendimiento en permanente presión. El sujeto así deviene en proyecto: “El proyecto […] desarrolla coacciones en forma de rendimiento, optimación y explotación de sí mismo”. En esta línea, Han apunta a que “La propia explotación es más eficiente que la explotación ajena, porque va unida al sentimiento de libertad”. Siguiendo el panóptico de Foucault, que identificaba estructuras de vigilancia y coerción análogas en la escuela, la fábrica, el hospital y la cárcel, Han se remonta incluso al panóptico de Bentham para el control de presos actualizando su fórmula para el llamado panóptico digital en el que “cada uno es Gran Hermano y prisionero a la vez. Ahí tenemos la consumación digital del panóptico de Bentham”.

En esta imagen es más bien el relato de Un mundo feliz de Huxley el que se habría impuesto sobre el relato futurista de 1984 de Orwell, como sostiene Postman: Frente a la censura y la represión explícitas, frente a la imposición del odio infligido a través del dolor en el mundo del Gran Hermano, se habría impuesto la sobreestimulación sensorial, la sobreinformación, la narcotización provocada por una sublimación del placer, típico de Brave New World. Así pues, siguiendo de nuevo la estela de Foucault y su biopoder, al poder soberano le habría sucedido el poder de la administración como represión institucionalizada, que habría a su vez devenido en psicopoder ejercido en la “sociedad psicopolítica de la transparencia” como Han la denomina.

Nuestro autor plantea por tanto la disolución del sujeto autónomo en esta época digital bajo la forma de un individualismo primario: “El desarrollo del sujeto para convertirse en proyecto, sin duda, estaba ya en curso antes del desarrollo del medio digital. Pero […] alcanza su fase crítica[en este medio digital]”. Su crítica, no obstante, parece cerrar demasiado abruptamente la virtud que supone esta imagen de proyecto, que tiene una dilatada tradición filosófica a sus espaldas: remontándonos, la vida como quehacer que diría Ortega; la condena del ser-para-sí se Sartre a ser libre y a dotarse de una esencia de la que carece de partida; el cuidado de sí (Selbst) de Nietzsche, incluso; la naturaleza humana por edificar, ya en Pico de la Mirandola… No obstante, resulta algo irónica esta crítica cuando, en todo su apoyo, Han echa principalmente mano de quienes han contribuido a la disolución y crítica del sujeto moderno, como sucede con Heidegger o Foucault, dando por inertes todas las versiones del proyecto ilustrado por su emancipación.

Finalmente, esta descripción de la sociedad digital como nueva versión depurada del capitalismo a finales del siglo XX y principios del XXI, se manifiesta en una característica que Han advierte reiteradamente: la positividad es el ejemplo más palpable de esta forma acumulativa y edulcorante con la que el individuo se rinde pleitesía, interpretando constantemente la realidad de forma aditiva y narcisista. El medio digital está precisamente orientado de forma que “borra toda forma de negatividad”, afirmando constantemente posibilidades nuevas sin negar alternativas, provocando el mentado ruido. Así, Han se hace eco del “me gusta” típico de tantas redes sociales para mostrar cómo “el me gusta sin lagunas engendra un espacio de positividad”.

Este espacio le merece, sin embargo, una fuerte crítica, deudora de nuevo del enorme papel que la nada ha tenido para Heidegger y para Sartre: “Lo digital […] debilita la capacidad de comportarse con la negatividad”. Esta positividad, a pesar de haberse matizado en Facebook con la reciente introducción de otras alternativas al clásico “Me gusta”, es coherente con la del sistema mercantil: no existe el “antidinero”, de forma que o se compra o se da el silencio. O me gusta, o callo. La apariencia de pura positividad ejerce pues dos papeles: por un lado niega la negatividad como alteridad, como aquello que afea el triunfalismo de lo dado y que para el sistema es preciso esconder y minimizar; y por otro niega la negatividad como nadificación de la que hablara Sartre, como capacidad humana para introducir la nada en el ser y ejercer su libertad en la construcción de alternativas.

Javier Jurado, En el enjambre de Byung-Chul Han. Capitalismo y sociedad digital, La galería de los perplejos 01/02/2016

Bibliografía: 

Byung-Chul Han: “En el enjambre”

N. Postman: “Amusing ourselves to death: public discourse in the age of show business“