En nom de la tolerància.

El Roto

Como tantas otras veces, el fanatismo religioso ha tenido oportunidad de demostrar hasta dónde puede llegar quien se cree poseedor de una verdad revelada desde lo alto.


Con todo es evidente que, con conocidas excepciones, la civilización moderna ha tendido a desterrar la violencia de signo religioso. Otra cosa es que, desde que las verdades supremas no son inspiradas por Dios y han pasado a facturarse directamente desde la Tierra, la frecuencia y la intensidad destructiva de las persecuciones y las guerras no han hecho más que aumentar.


Las grandes carnicerías de nuestro siglo no han sido patrocinadas por creencias religiosas, sino por ideologías laicas. Y no me estoy refiriendo únicamente al fascismo, el nazismo o el estalinismo. Desde los bombardeos sobre Dresde, Hiroshima y Nagasaki a finales de la Segunda Guerra Mundial, hasta la masacre que significó la reciente guerra del Golfo Pérsico, las últimas décadas han demostrado que también en nombre de conceptos como la democracia y los derechos humanos se pueden cometer crímenes espantosos, aunque sea sin fanatismo, racionalmente y con el alma rebosante de tolerancia. 


Y es que toda verdad suprema acaba pretendiendo imponerse a sangre y fuego… Incluso la nuestra.

Manuel Delgado, Verdades supremas, El Periódico de Catalunya, 04/11/1995

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