diumenge, 2 d’octubre de 2016

La força de la cultura.


Los espacios de la cultura son más amplios y densos que los espacios educativos. En un sentido, la cultura es un medio en el que vivimos, una dimensión de la sociedad hecha de prácticas, rituales, mitos, representaciones. Es la expresión de las convenciones que articulan las sociedades, las producen y las reproducen. Es, en este sentido, como enseñaba Raymond Wiliams, lo que nos es común, el medio que dota de significado a nuestras acciones y permite comprender las de otros. En un sentido más restringido, es un sistema de prácticas creadoras de las más variadas formas y contenidos desde el conocimiento al arte, desde el juego y el carnaval al espectáculo. En los dos sentidos, la cultura ha devenido la fuerza más conservadora y transformadora de la sociedad. Aunque Margaret Thatcher postulaba usar la economía para educar al individuo, al final, es la cultura la que ha terminado transformando la economía: economía-juego, capitalismo-cultural, capitalismo-emocional, modalidades de orden global que produce y reproduce la desigualdad a través de los efectos transformadores de la cultura.

En los tiempos de la sociedad industrial y el mundo de los estados-nación, los clásicos marxistas hablaban de los "aparatos ideológicos del estado". Así, Althusser sostenía una concepción instrumental de las instituciones del estado como dispositivos educadores y productores de subjetividades e identidades: escuelas, iglesias, cárceles, escenarios, máquinas manipulables en las manos del Leviathan. Pierre Bourdieu, por su parte, continuaba esta mezcla de marxismo y espíritu de orden que caracteriza el estilo francés y proponía organizar la cultura en campos disjuntos y autónomos en los que se producía el "capital cultural" a través de formas especulares del mercado: la competencia en las obras-mercancía. Literatura, artes plásticas, escénicas o musicales eran, para el sociólogo, espacios de capital autónomos que ordenaban las jerarquías de los profesionales de la cultura y la ciencia.

En su ingenuidad y esprit de géométrie, insinuaban que la cultura era reversible en la medida en que estaba delimitada instrumental y territorialmente. Eran tiempos en los que se difundió por Francia un cierto maoismo que soñaba con revoluciones culturales que transformasen el estado, al modo y manera que el Gran Arquitecto intentó cambiar la ancestral cultura china mediante una cuidadosa y autoritaria catalogación de las prácticas. Si ya entonces eran equivocadas maneras de comprender la cultura, mucho más lo son en la era del capitalismo cultural en donde las hegemonías no se establecen mediante dispositivos identificables sino a través de modos difusos en los que el mercado mismo se ocupa de la propia reproducción cultural en un espacio global que abarca la cosmópolis planetaria y atraviesa todos los estratos de las formaciones sociales.

Afortunadamente, al tiempo que el control parece hacerse más terráqueo e intersticial se muestra más permeable y plástico. De igual modo que en otras esferas, también en la cultura el capitalismo produce las condiciones de su superación. Una de estas condiciones es la generación de una cultura osmótica que destruye o hibrida los campos culturales: la baja y alta cultura, la cultura de masas y cultura de élites, la cultura de museos y galerías y la cultura de las calles y los campos, la cultura de consumo y la cultura de producción, la cultura de derechas y la cultura de izquierdas.

En un inmenso espacio de fronteras abatidas, de culturas contaminadas por la otredad, de voces disfónicas que abandonan el coro para crear disonancias y abrir debates por los foros y las plazas, al principio y al final, se diferencian y confrontan las maneras de hacer, los modos de producción de la cultura. Maneras de hacer que acumulan distinciones y crean egos o maneras de hacer que hacen comunidad; maneras de hacer que distraen y aburren en su eterna repetición de la voluntad de sorprender o maneras de hacer que despiertan la atención; maneras de hacer que disuelven la identidad en la homogeneidad o maneras de hacer que enraízan en la memorias olvidadas y las esperanzas traicionadas; maneras de hacer que son escaleras para subir o maneras de hacer que se asientan en asambleas itinerantes; maneras de hacer que producen sumisión o maneras de hacer que generan resistencias.

Por sus obras las conoceréis, los conoceréis. Quizás rompan las formas, cambien los contenidos, rompan las fronteras. Enseguida veréis si lo que producen es escenografía, propuestas al mercado para ser compradas u ofertas a la comunidad para estrechar lazos, tejer redes, despertar el deseo de hacer y transformar. El viejo Cervantes, que había conocido todas las derrotas y decepciones, que no había logrado que se le reconociesen sus gestas, ni sus poesías, teatros, novellas y novelones, acabó escribiendo un relato mínimo, la historia de un loco y de gente de su pueblo que le acompañaba para intentar que no se rompiese del todo la crisma. El desesperado Shakespeare, enredado en sus deudas y amoríos, escribió sueños en islas y reinos lejanos que hablaban de los vecinos que conocía y con los que convivía. Fueron actos mínimos a los que hoy volvemos para vernos reflejados en ellos, para saltar como si fueran camas elásticas y elevarnos por encima de la niebla que nos asfixia.

Por sus obras los conoceréis: actos mínimos que transforman la historia porque catalizan las afinidades y los deseos de otra manera de ser y vivir. Actos que son dones y no mercancías. Actos que corrigen las cataratas que producen las pantallas, como las gafas que imaginó John Carpenter en They Live, que permitían ver los mensajes de obediencia ocultos en cada anuncio y programa de televisión. Actos que están por todas partes y han desbordado las galerías, editoriales y monopolios mediáticos de la cultura para cubrir paredes de la calle o pixeles de las pantallas. Después del fin del arte del que hablan los críticos, por fin, lo encontramos por todas partes.

Querría proponer algunos ejemplos de estas otras maneras de hacer, al menos de mis preferencias personales de obras que me tocan de cerca y profundamente: la literatura de Belén Gopegui, de Elvira Navarro o de Remedios Zafra; las propuestas de Alfredo Jaar, Teresa Margolles o Rogelio López Cuenca; la instalación de Florencio Maíllo en Mogarraz (Salamanca), 388. Pero son innumerables. Están por todas partes y en todos los muros.

Fernando Broncano, Las miradas que hacen, El laberinto de la identidad 02/10/2016