Quan la ultradreta pren la iniciativa.

 




... a diferencia del pasado, en el que la ultraderecha se colocaba generalmente a la defensiva lamentando la pérdida de valores de la sociedad, ahora se lanza ambiciosa y beligerantemente a la ofensiva, denunciando la falsedad de los valores dominantes y la hipocresía de quienes los predican.

La extrema derecha ya no añora los límites tradicionales que otros franquean, sino que se lanza con vitalidad a la lucha por la hegemonía (“batalla cultural”, en sus términos). Defender lo indefendible se titula el libro que Milei regaló a sus ministros por Navidad, en el que, por ejemplo, se elogia a los narcotraficantes como agentes de mercado. “No se salvaban en ningún sitio”, dijo Ayuso en el Parlamento sobre los 7291 mayores fallecidos en las residencias de Madrid durante la pandemia. Un sonriente Trump animó al electo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a que le llame “fascista” en su cara. En 2014 Bolsonaro le dijo a una diputada que “no merecía ser violada” porque era “muy fea”.

Este cambio de actitud descoloca y desconcierta al progresismo. Por una parte, porque la lucha por la hegemonía consiste en persuadir a los demás para que vean el mundo como lo ve uno; es decir, generalizar un punto de vista que, como todos, es indefectiblemente particular. Por eso quien lucha contra los valores y perspectivas hegemónicos hace lo contrario: denuncia el carácter particular de lo que se presenta como universal. Esto, que tradicionalmente hacía el progresismo, es lo que hoy está realizando la extrema derecha: avisar de que los valores del progresismo en realidad sólo benefician a los políticos que se presentan como progres pero que ni siquiera lo son, pues en privado incumplen los valores que predican en público. Esta hipocresía evidencia, para la extrema derecha, aquel carácter particular y falso de los valores progresistas.

Pero lo que desconcierta y deja inerme al progresismo no es tanto la carga moral de este discurso de derecha, sino sobre todo los efectos que está teniendo. La forma en que ahora lucha la derecha por la hegemonía invierte los roles tradicionales de conservadores y progresistas. Los conservadores pasan a la ofensiva y a vincularse con el cambio, la transformación y la transgresión, mientras que los progresistas quedan a la defensiva, recomendando la conservación de lo dado, lamentando desde una posición pasiva y temerosa que otros franqueen los límites existentes.

Esta posición no sólo es deficiente en sí misma, sino que además lleva al progresismo a una fuerte contradicción interna. Porque ¿desde dónde puede criticar ahora que un actor político quiera cambiar lo establecido, desreconocer el orden dado y cuestionar sus límites? Sobre todo cuando el propio progresismo viene abrazando en las últimas décadas la noción de que la realidad es una construcción política, de que no hay elementos dados trascendentes ni en las relaciones sociales, ni en las de género y ni siquiera en las “naturales”. Esta visión le otorga un papel clave a la lucha política en la conformación de esa “realidad”. Pues bien, esto es lo que ahora está haciendo la extrema derecha: luchar políticamente para mover los límites de lo que se puede hacer, decir y pensar. Mostrar su férrea voluntad de hacerlo sin complejos ni reparos es lo que también hace este discurso cuando desacomplejada cruza los límites establecidos.

Más aún, la derecha dura promueve esta actitud entre los ciudadanos: al fin y al cabo, todo el imaginario del emprendedurismo descansa en animarse a ir más allá de los propios límites. Mientras la extrema derecha cuestiona la autoridad de la ciencia (terraplanismo y vacunas), la escuela (educación en casa) y la cultura (por ideologizada y propagandista), el progresismo acaba defendiendo lo establecido, que también son los laboratorios farmacéuticos, la disciplina escolar y el vanguardismo artístico que rechaza la “baja” cultura. Mientras la extrema derecha aparece confiando en el poder autónomo de los ciudadanos, el progresismo se inclina a protegerlos de los males y a sustituirlos, como si supiera lo que mejor les conviene, en su “libre búsqueda” de medios y modos de vida. En definitiva, si la derecha vincula individualismo con empoderamiento, el progresismo aparece sobreprotegiendo a los gobernados como si fueran menores de edad.

Esta nueva posición de la extrema derecha es profundamente política, pues disputa el poder y, sobre todo, lo popular, antes un tema exclusivo del progresismo. Hasta ahora, el progresismo ha reaccionado ante esta nueva actitud de la extrema derecha censurando las características personales de los líderes desinhibidos, llamándolos mesiánicos, narcisistas, desequilibrados, cínicos… cuando no, caracterizando a sus votantes como manipulados, masoquistas o suicidas. Así, paradójicamente, el progresismo se sitúa solito donde esos líderes quieren que esté. Responder a la moralización con más moralización refuerza la posición del que lleva la iniciativa política, que puede enseñar esa ojeriza de los malos como prueba de la bondad del camino emprendido.

Mientras el progresismo o cualquiera que desee comprender políticamente qué es lo nuevo que está pasando, no se pregunte por qué estos liderazgos desinhibidos generan adhesión política, no podrá hacer un diagnóstico ni un análisis políticos de la situación, sino que escogerá el camino simplista (y antidemocrático) de atribuir sus causas al deficiente juicio político de los votantes, muchos de ellos provenientes además de los sectores populares. Al repetir el tipo de explicación de los líderes desinhibidos sobre el progresismo –o sea, de ellos mismos– no hará otra cosa que coronar la hegemonía de su rival.

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