El decliu de l'hegemonia occidental.


Imatge trobada amb la cerca visual




Desde el inicio de la década de 2010, el bloque occidental se ha debilitado. Aunque suele plantearse esta cuestión desde una óptica económica, que sin duda tiene una importancia fundamental, creo que la visión política es tan o más importante.Con ello me refiero a la pérdida de atractivo que ha sufrido lademocracia liberal durante los últimos quince años. Se ha producido una especie de pinza contra la misma. La democracia se enfrenta al desafío del nuevo autoritarismo (amenaza externa)y a la deslegitimación en la opinión pública (amenaza interna). 

Mas no se trata sólo del número de países que abandonan los principios democráticos. Hay algo que, en cierto sentido, resulta más grave. Me refiero alavance internacional de China en muchos terrenos. En este país, el autoritarismo se ha endurecido desde la llegada de Jinping al poder. Y no sólo eso: China rechaza abiertamente el modelo político liberal, considera que es un sistema que puede funcionaren Occidente, pero que es ajeno a la tradición cultural china. Frente al mecanismo electoral y la deliberación pública propios de la democracia, China ofrece un gobierno efectivo, capaz de llevar a la práctica los planes de desarrollo del país. El sistema se basa en un reclutamiento meritocrático de los líderes, seleccionados desde una edad muy temprana en la educación secundaria. Estos líderes se someten a una experiencia intensiva en la gestión pública y en la negociación con los actores locales, de manera que aquellos que ascienden a los niveles más altos en la toma de decisiones conocen exhaustivamente las aspiraciones y necesidades del país.

El éxito del modelo chino le da un poder de atracción enorme y mina el prestigio del modelo occidental. Si el desarrollo de China no se detiene, serán cada vez más los países que quieran imitar al gigante asiático. China funciona como un imán cuyo poder de atracción aumenta conforme avanza.

Por otro lado, se encuentra la amenaza interna. La democracia liberal atraviesa una fase turbulenta. Continúan descendiendo los niveles de participación ciudadana en las elecciones. A su vez, los partidos tradicionales sufren una crisis de legitimidad muy profunda. Sólo tienen éxito aquellos políticos que se presentan ante el electorado como impugnadores del establishment (formado por esos partidos tradicionales, las grandes corporaciones mediáticas y los grandes grupos económicos, más las élites culturales e intelectuales). Puesto que quieren persuadir a los ciudadanos de que ellos son distintos, de que no son asimilables a los políticos de siempre, los nuevos liderazgos se construyen utilizando elementos que nunca podrían adoptar los políticos tradicionales sin dejar de serlo. De ahí que la estridencia, la exageración e incluso la mentira se hayan convertido no en defectos, sino en signos inequívocos de una postura anti-establishment o anti-institucional.

Se han propuesto muchas explicaciones de estas patologías democráticas. En mi libro El desorden político. Democracias sin intermediación (Catarata, 2022), he intentado argumentar que las democracias liberales están experimentando un proceso acelerado de desintermediación: los dos intermediadores clásicos, partidos y medios de comunicación, responsables de convertir las preferencias ciudadanas en políticas públicas y de organizar y articular el debate público respectivamente, se encuentran sometidos a un cuestionamiento generalizado. Ante la ausencia de intermediadores creíbles e institucionalizados, surgen partidos y líderes desafiantes que prometen ser una encarnación de sus votantes (lo que Nadia Urbinati ha llamado una especie de «representación directa»).

Me gustaría mencionar asimismo una explicación menos estructural (no necesariamente incompatible con la anterior) que tiene una relación más directa con el orden internacional. Me refiero al trabajo reciente de Peter Trubowitz y BryanBurgoon (Geopolitics and Democracy, Oxford University Press, 2023), en el que atribuyen la caída en los apoyos a los partidos tradicionales a un divorcio creciente entre la clase política y los electorados. Según los autores, las élites han apostado por la globalización y el multilateralismo, mientras que la ciudadanía ha ido virando progresivamente hacia posiciones más nacionalistas en todos los aspectos (desde un mayor gasto en seguridad y defensa hasta el rechazo de los inmigrantes). Es probable que este cambio en las preferencias populares obedezca a las desigualdades que ha generado la globalización en los países desarrollados. El caso es que la distancia entre élites y ciudadanía ha provocado que esta deje de confiar en los políticos tradicionales. La victoria de un candidato como Donald Trump (primero en 2016, luego en 2024) se explicaría por el compromiso firme de Trump de proteger a la población de amenazas externas (los inmigrantes que quieren entrar en el poder, la liberalización comercial y la deslocalización industrial, las restricciones que imponen las organizaciones internacionales). Con otras palabras, Trump se estaría haciendo cargo de los temores de un sector muy amplio de la ciudadanía norteamericana que han sido ignorados o desatendidos por las élites tradicionales del establishment.

Como quiera que sea, el hecho incontestable es que los países occidentales no sólo pierden peso en la economía mundial, sino que además el atractivo de su sistema político ha menguado notablemente. Los países en vías de desarrollo no querrán adoptar las instituciones de la democracia liberal (elecciones y Estado de derecho); sentirán un mayor interés por modelos como el chino.

En conclusión, la hegemonía occidental se ve sacudida tanto porla evolución de la economía como por la crisis de la democracia liberal. 

En fin, son demasiadas incógnitas para poder establecer un pronóstico mínimamente verosímil. Lo único que realmente sabemos es que el mundo ha cambiado de modo irreversible. Nos cuesta todavía identificar el sentido de los acontecimientos porque aún no forman una secuencia inteligible.

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