La confusió entre política i moral.




Maria Skoutaridou (una candidata a PhD en Filosofía en la Universidad de Kent, UK) en un artículo titulado “Political Correctness is Not a Moral Compass” critica cómo la “corrección política” confunde la identidad política con el juicio moral, lo que impide un lenguaje moral común y claro. Se basa en un debate reciente entre Ezra Klein que en el NYT y su podcast defiende la tolerancia y convivencia con quienes piensan diferente (por ejemplo, los debates en los campus), mientras que Olúfẹ́mi O. Táíwò (escribiendo en el Boston Review) justifica el “avergonzamiento” social (shaming) para mantener estándares morales en crisis éticas. Este avergonzamiento consiste en culpabilizar al otro moralmente y me parece que encaja perfectamente con lo que hemos comentado sobre el artículo anterior. Tenéis los enlaces en el artículo. Maria argumenta que ambos fallan al no ver el problema subyacente: hemos perdido un lenguaje moral neutral, ya que la izquierda progresista usa etiquetas políticas (como extrema derecha, fascista, etc.) para excluir moralmente, diluyendo la distinción entre males reales y desacuerdos políticos legítimos. Esto corrompe el debate, hace ineficaz el “avergonzamiento” y polariza la sociedad. Propone recuperar un lenguaje moral consistente, independiente de la política, para distinguir males genuinos (ej. tortura) de diferencias ideológicas.

Maria dice por ejemplo cosas como:

«Cuando mezclamos etiquetas políticas con lenguaje moral, hacemos algo corrosivo. Debilitamos nuestra respuesta ante los males genuinos y corrompemos nuestra capacidad para identificar las malas acciones reales».

«Lo que las sociedades realmente necesitan no es intensificar el avergonzamiento social a través de la corrección política, sino algo mucho más exigente: el cultivo de una comunidad moral genuina basada en propósitos cívicos compartidos y en la responsabilidad mutua».

Me interesa especialmente lo que dice el artículo de Maria Skoutaridou sobre la confusión entre política y moral. Maria argumenta que la “corrección política” falla como brújula moral porque mezcla identidad política con juicios éticos, lo que diluye el lenguaje moral común. Esto hace imposible distinguir males reales (en los que prácticamente todos estamos de acuerdo) de desacuerdos políticos legítimos, y convierte el “avergonzamiento o culpabilización” social en una herramienta ineficaz y polarizante. En lugar de unificar la sociedad en estándares éticos compartidos, este enfoque politiza la moral, generando más división. Usa el debate Klein-Táíwò como ejemplo: Klein promueve tolerancia, Táíwò defiende la culpabilización, pero ambos ignoran que hemos perdido un “lenguaje moral común” por esta confusión.

Maria plantea que el verdadero problema no es si debemos avergonzar a quienes discrepan, sino que hemos perdido claridad moral al mezclar política con ética. Esto destruye la distinción entre males genuinos y diferencias políticas. «El verdadero problema no es si debemos avergonzar a quienes no están de acuerdo con nosotros. Es que ya no hablamos un lenguaje moral común lo suficientemente claro como para saber qué es lo que realmente estamos condenando. Enfatiza que la corrección política no es neutral, es un filtro político que confunde identidad ideológica con moralidad, haciendo que condenemos a personas por su “etiqueta” política en vez de por actos éticos específicos.

Usa un contraste simple para ilustrar cómo agregar etiquetas políticas “ensucia” el juicio moral, debilitando respuestas a males reales: “Consideremos dos afirmaciones sobre el mismo delito: «Un hombre violó a un niño» frente a «Un hombre de derechas violó a un niño». La primera describe un acto moralmente incorrecto específico. La segunda confunde la identidad política con un acto delictivo, lo que enturbia nuestra comprensión de lo que estamos condenando. Cuando mezclamos etiquetas políticas con el lenguaje moral, hacemos algo corrosivo. Debilitamos nuestra respuesta ante los males genuinos y corrompemos nuestra capacidad para identificar las malas acciones reales”. El punto es que la segunda frase politiza el crimen, desviando el foco del mal en sí (la violación) hacia la identidad política del perpetrador. Esto corrompe el lenguaje moral, haciendo que parezca que el mal depende de la ideología, no de la acción.

Maria critica específicamente a Táíwò por el shaming politizado. Analiza cómo Táíwò defiende el avergonzamiento moral, pero lo aplica de forma que convierte la identidad política en un estigma moral, lo que lo hace ineficaz: «Al convertir la identidad política en una marca de vergüenza moral, el discurso progresista de izquierda demuestra por qué la vergüenza social se ha vuelto tan torpe e ineficaz. Se ha utilizado de manera tan amplia —en desacuerdos políticos, no solo en transgresiones morales— que hemos perdido la capacidad de distinguir entre las malas acciones genuinas y las diferencias políticas legítimas». Lo que critica Maria aquí es que el progresismo de izquierda usa el avergonzamiento no solo para males éticos, sino para desacuerdos políticos, lo que diluye su poder. Por ejemplo, etiquetar a alguien como “right-wing” como si fuera inherentemente inmoral.

Maria utiliza la Teoría del Encuadre (Framing) para señalar cómo el encuadre manipula percepciones y cuando se usa para confundir política con moral, corrompe el debate. Dice: «La teoría del encuadre, desarrollada en los campos de la psicología, la lingüística y los estudios de la comunicación, sugiere que la forma en que enmarcamos la información determina fundamentalmente cómo interpretan los hechos las personas. Consideremos, por ejemplo, «desgravación fiscal» frente a «redistribución fiscal». La primera expresión enmarca los impuestos como una carga de la que queremos escapar. La segunda los enmarca como dinero que debe redistribuirse de forma justa. Al seleccionar palabras y metáforas específicas, los comunicadores moldean estratégicamente la percepción». Y aplicando esto al encuadre moral de las diferencias políticas: “El problema surge cuando utilizamos este poder retórico no para aclarar los desacuerdos, sino para ocultarlos. Cuando se califica a los oponentes políticos de forma refleja con etiquetas incendiarias como «fascista», «derechista» o «racista», ya no estamos discutiendo. Nos vemos envueltos en lo que podría denominarse una apropiación semántica indebida: los conceptos se convierten en armas hasta tal punto que pierden su precisión analítica. Esta tendencia parece especialmente pronunciada en los comentarios políticos de izquierda progresista, donde los indicadores de identidad política se anteponen a las descripciones morales con una consistencia sorprendente». El framing es una herramienta poderosa, pero al usarla para etiquetar políticamente, se politiza la moral (o más bien se moraliza la política), convirtiendo desacuerdos en “males” y perdiendo precisión ética.

María propone distinguir tres categorías para aclarar el lenguaje:

«Un enfoque más claro requiere distinguir tres categorías que el discurso contemporáneo confunde constantemente: los auténticos errores morales, los desacuerdos políticos legítimos y los abusos retóricos».

«Los auténticos errores morales, como el maltrato infantil y la tortura, son actos que violan la dignidad humana fundamental y merecen la condena universal. No es necesario un acuerdo político para identificarlos. La tortura es incorrecta, ya sea perpetrada por alguien de izquierda o de derecha, y ya sea que la víctima tenga opiniones políticas de derecha o de izquierda».

«Los desacuerdos políticos legítimos abarcan cuestiones sobre cómo deben organizarse las sociedades, cómo deben distribuirse los recursos y qué papel debe desempeñar el gobierno».

«El abuso retórico se produce cuando deliberadamente calificamos erróneamente los desacuerdos políticos como atrocidades morales. Tachar a alguien de fascista porque se opone a la reforma migratoria, o de comunista porque apoya el aumento de los impuestos, entra dentro de esta categoría». Esto sería, a mi modo de ver, el núcleo práctico del asunto: la confusión surge al tratar los desacuerdos políticos como males morales, o al usar el abuso retórico para silenciar. La corrección política agrava esto al imponer límites morales a través de etiquetas políticas. Se niega la posibilidad de debate, se cierran los temas al convertir todo en una lucha del bien contra el mal. Con el mal no se puede negociar. Dice María:

«La corrección política no puede servir como brújula moral precisamente porque, por definición, es política. La moral y la política operan en niveles diferentes. En el momento en que permitimos que la identidad política determine el juicio moral, en el momento en que socavamos un auténtico error moral al etiquetar a la víctima como «de derechas», hemos abandonado por completo el razonamiento moral».

Y dice también: «No podemos convivir utilizando la corrección política como guía moral, porque es intrínsecamente política, no moral. Hasta que no podamos nombrar un error moral sin necesidad de añadirle afiliación política, no habremos restaurado nuestro lenguaje moral común, y no podremos convivir en condiciones que merezcan la pena».

Según María, urge un lenguaje moral consistente, sin sesgos ideológicos, para una convivencia real. Termino esta entrada tan larga con una reflexión personal.

Pablo Malo¿Podemos vivir juntos personas que pensamos diferente?Pablo's Substack 11/01/2026

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