Els nous intel·lectuals I la nova hegemonia tecnooligàrquica..


Imatge trobada amb la cerca visual

Hoy resulta cada vez más evidente que son los oligarcas tecnológicos –y no sus plataformas controladas por algoritmos– quienes representan el mayor peligro. Su arsenal combina tres herramientas letales: gravedad plutocrática (fortunas tan enormes que distorsionan la física básica de la realidad), autoridad oracular (sus visiones tecnológicas tratadas como profecías inevitables) y soberanía de plataformas (la propiedad de las intersecciones digitales donde se desarrolla la conversación de la sociedad). La toma de control de Twitter (ahora x) por parte de Musk, las estratégicas inversiones de Andreessen en Substack, el cortejo de Peter Thiel en Rumble, el YouTube conservador: han colonizado tanto el medio como el mensaje, el sistema y el mundo vital.

Debemos actualizar nuestras taxonomías para dar cuenta de esta nueva especie de oligarcas intelectuales. Si el intelectual público de ayer se parecía a un meticuloso arqueólogo que excavaba metódicamente artefactos culturales para exhibirlos en revistas literarias eruditas, el modelo actual es el experto en demoliciones que tiende explosivos ideológicos a través de estructuras sociales enteras y los detona desde la distancia segura que ofrecen sus cuentas offshore. No escriben sobre el futuro; lo instalan, poniendo a prueba teorías en poblaciones inconscientes en el experimento no regulado más vasto de la historia.

Lo que los distingue de las elites adineradas del pasado no es la avaricia, sino la verborragia: una producción torrencial que agotaría incluso a Balzac. Allí donde los señores de la industria financiaban think tanks para blanquear intereses convirtiéndolos en policy papers, nuestros intelectuales oligarcas han prescindido del intermediario. Olvídense de los algoritmos: los intelectuales oligarcas dirigen la conversación misma, y lo hacen con granadas de memes filosóficos. Lanzadas a las 3 a.m. en X, invariablemente se convierten en titulares internacionales para la hora del desayuno.¿Dónde deberíamos situar a personajes como estos en los debates tradicionales sobre los intelectuales? A fines de la década de 1980, Zygmunt Bauman delineó dos arquetipos intelectuales: los «legisladores», que descendían de las cimas de las montañas con los mandamientos de la sociedad grabados en piedra, y los «intérpretes», que se limitaban a traducir entre dialectos culturales sin prescribir reglas universales. Rastreó la erosión de la actitud legislativa causada por la posmodernidad. Los grandes relatos murieron. La autoridad universal languideció. Todo lo que quedó fue interpretación.

Nuestros intelectuales oligarcas comienzan como intérpretes por excelencia. Se posicionan como médiums tecnológicos, canales pasivos para futuros inevitables. ¿Su don especial? Interpretar las hojas de té del determinismo tecnológico con perfecta claridad. No prescriben; simplemente traducen el evangelio de la inevitabilidad. Esto cumple la función «intelectual» de su identidad de doble hélice.

Pero la cadena de adn oligárquica se enrosca con más fuerza. Munidos de sus visiones proféticas, exigen sacrificios específicos: del público, del gobierno y de sus empleados. Altman aborda vuelos de lujo entre capitales como un Kissinger tech, ofreciendo tratados de paz para guerras de inteligencia artificial que ni siquiera han comenzado. Musk diagrama el destino cósmico de la humanidad con la certeza de un plan quinquenal soviético. Thiel y Karp reformulan la estrategia de defensa, mientras Andreessen reinventa el dinero y Srinivasan, la gobernanza. Su talento interpretativo se transforma, como un camaleón, en mandato legislativo.

En el proceso, los intelectuales oligarcas de Silicon Valley han construido las puertas de una catedral a partir de lo que los posmodernos alguna vez redujeron a escombros: un gran relato con la palabra «tecnología» (pero también «disrupción», «innovación», «inteligencia artificial general») inscripta en cada piedra y cargado con el peso de la inevitabilidad. Hojean volúmenes como What Technology Wants [Lo que quiere la tecnología], de Kevin Kelly, no como lectores, sino como editores, anotando sus propias exigencias entre líneas. El magnate tecnológico, que antes se contentaba con predecir el futuro, ahora reclama que nos ajustemos a él.

La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tuits, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. Obsérvenlos deslizarse de la sala de juntas a la Sala del Gabinete, con la suavidad del mercurio y el impulso de su propósito, tras haber fusionado magistralmente interpretación y legislación: primero profetizan las exigencias de la tecnología, luego diseñan políticas para satisfacer a los dioses que ellos mismos inventaron.

Mientras que los soldados de la Guerra Fría de rand susurraban en los pasillos del Pentágono, nuestros intelectuales oligarcas orquestan la sinfonía de la realidad: controlando las plataformas mediáticas, desplegando capital de riesgo como en bombardeos de saturación y perfeccionando la estrategia de «inundar la zona» de Steve Bannon al nivel de una ciencia hidráulica. Combinando poderes antes dispersos entre diversos ámbitos sociales, proponen futuros el lunes, los financian el martes y fuerzan su materialización el viernes. ¿Y quién cuestiona a los profetas cuyas revelaciones previas dieron a luz a PayPal, Tesla y Chatgpt? Su derecho divino a predecir emana de su probada divinidad.

Sus pronunciamientos enmarcan el afianzamiento y la expansión de sus propias agendas no como intereses corporativos, sino como la única posibilidad de salvación del capitalismo. El «Manifiesto tecno-optimista»–esa encíclica digital que urge a eeuu a «construir» en lugar de lamentarse– rebosa de referencias al estancamiento económico y prescribe la audacia empresarial como único antídoto contra la esclerosis sistémica. Invocando a Nietzsche y Marinetti, legisla la aceleración como virtud y condena el impulso cauteloso como herejía. «Creemos que no hay ningún problema material –entona– que no pueda resolverse con más tecnología». Esto no es solo una declaración, es un catecismo para el futuro anhelado.

Thiel, en su insistencia permanente en que Occidente ha perdido su capacidad para la innovación audaz, también evoca la imagen de un desierto tecnológico que Silicon Valley debe irrigar. Mientras tanto, Altman ejecuta un baile de dos pasos: primero declara que la ia devorará puestos de trabajo y luego postula la renta básica universal como única solución lógica, no solo con florituras retóricas, sino con dólares para investigación y con Worldcoin, su otra startup menos conocida (después de todo, ¿por qué no cobrar, ¡quizás a perpetuidad!, a cambio de permitirle a Sam Altman escanear tu iris?). Estas no son solo perogrulladas egoístas, sino imperativos existenciales: rechacemos sus propuestas y veremos cómo la civilización se desmorona.

Esta autopromoción mesiánica –oligarcas tecnológicos que se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad– llevaría a Antonio Gramsci a echar mano apresuradamente de sus Cuadernos de la cárcel. El marxista italiano teorizó sobre los «intelectuales orgánicos» como voces que surgen de las clases ascendentes, especialmente el proletariado, y traducen intereses particulares en imperativos universales en la batalla por la hegemonía cultural. ¿La amarga conclusión? El capital ha vencido a la izquierda en su propio juego: los intelectuales oligarcas ahora funcionan como los intelectuales orgánicos no oficiales del capital, y el capitalismo ha perfeccionado en una década lo que los socialistas no lograron en un siglo.

Entre la fría aritmética de la búsqueda de ganancias y el teatro mesiánico del salvataje de la civilización se extiende la contradicción más reveladora de los intelectuales oligarcas: deben extinguir las mismas llamas revolucionarias que sus imperios avivaron. Su campaña obsesiva contra el wokismo revela el reflejo más antiguo del poder: la contención de sus propias contradicciones.

Observemos a Musk denunciar el «virus mental woke», o a Karp atacar al wokismo acusándolo de ser «una forma de religión pagana superficial». Mientras tanto, Andreessen retrata las universidades de elite como seminarios marxistas que producen «comunistas que odian a eeuu». Joe Lonsdale, otro magnate tecnológico (y cofundador de Palantir), ha sido el impulsor de la Universidad de Austin, la universidad anti-woke que espera producir en masa «capitalistas que amen a eeuu».Rastrear los orígenes de esta ansiedad oligárquica requiere revisar las predicciones de Alvin Gouldner sobre el ascenso de la «Nueva Clase» a finales de la década de 1970. Gouldner identificó una «intelligentsia técnica» cuyo adn llevaba en sí mismo un potencial revolucionario. Si bien parecían dóciles –«solo desean disfrutar de sus obsesiones opiáceas con acertijos técnicos»–, su objetivo fundamental era «revolucionar permanentemente la tecnología», desestabilizando los cimientos culturales y la arquitectura social con su negativa a adorar a los dioses del pasado.

La alianza que Gouldner vislumbró –ingenieros racionales uniendo fuerzas con intelectuales de la cultura para desafiar al capital atrincherado– constituía su «Nueva Clase», una fuerza potencialmente revolucionaria frenada por sus propios privilegios. Como demostraron las décadas posteriores, la utopía de Gouldner nunca se materializó del todo (aunque reaccionarios como Steve Bannon y Curtis Yarvin, con su noción conspirativa de «la Catedral», podrían discrepar). Sin embargo, Silicon Valley surgió como una extraña excepción. Sus bases –si no siempre sus generales– se impregnaron de ideales contraculturales, defendiendo la diversidad y las jerarquías aplanadas. Investigadores que exploran las trincheras tecnológicas han documentado el surgimiento de una «subjetividad posneoliberal», una conciencia alérgica a la desigualdad y cada vez más hostil a la teología empresarial que demandaba entregar por completo la vida privada como ofrenda en el altar corporativo.

La evidencia no es meramente anecdótica. Un exhaustivo estudio que rastreó las donaciones a entidades políticas realizado en 2023 entre 200.000 empleados de 18 industrias reveló que los trabajadores tecnológicos se caracterizaban particularmente por su mentalidad antisistema, solo superados en su fervor liberal-progresista por los bohemios del arte y el espectáculo. La fuente de esta radicalidad reside precisamente en aquello en que Gouldner depositaba su fe: lo que llamó «cultura del discurso crítico» inherente al trabajo técnico mismo. Así, los investigadores descubrieron que los empleados no técnicos de las mismas empresas tecnológicas no mostraban esta disposición rebelde, lo que confirma que es la programación en sí, y no la mera proximidad a las mesas de ping pong, lo que contribuye a su mentalidad disidente.

Lo más revelador de ese estudio era la profunda brecha entre los trabajadores tecnológicos liberales y sus jefes de derecha: una brecha más amplia que en cualquier otra industria, excepto en dos. Esa brecha era una bomba de tiempo y estalló al comienzo del primer gobierno de Donald Trump. Motivados por sus políticas torpemente ejecutadas, pero agresivas –respecto a inmigración, raza y guerra–, los empleados de Silicon Valley pasaron de ser obedientes tecleadores a ser disidentes digitales.

Impulsados por las redes sociales y las crecientes tensiones raciales que siguieron al asesinato de George Floyd a manos de oficiales de la policía, los trabajadores tecnológicos surgieron como un desafío imprevisto. Los oligarcas se vieron emboscados desde adentro: sus legiones de tendencia progresista se negaban repentinamente a prestar su arte técnico a las máquinas de guerra del Pentágono o a la directiva de deportación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice). Estas revueltas –en Google, Microsoft y Amazon– amenazaron no solo los acuerdos contractuales, sino el mismísimo pacto que unía a Silicon Valley con el complejo industrial-militar.

El segundo frente de la rebelión –la conciencia climática– surgió con fervor evangélico cuando los empleados de Amazon presentaron su manifiesto verde, declarándose capaces de «ampliar las fronteras de lo posible» para la salvación del planeta. Para los oligarcas, esta doble rebelión contra el militarismo y en favor del ambientalismo –sin mencionar otros dolores de cabeza, como los criterios esg– representaba un tumor maligno que requería ser rápidamente extirpado.

Incapaces de reprogramar su fuerza laboral por medios directos, los intelectuales oligarcas de Silicon Valley adoptaron una solución más elegante: condenar la infiltración woke con la devoción de los cazadores de brujas medievales, mientras ocultaban la seguridad nacional detrás de la retórica del deber patriótico.

Karp, tras haber coronado al wokismo como el «riesgo fundamental para Palantir y eeuu», ahora exigía lealtad geopolítica a sus siervos asalariados. Deben apoyar a Israel y oponerse a China; quienes no estén de acuerdo tienen libertad de buscar empleo en otro lugar. Como dijo ante su audiencia en Davos en 2023, «queremos [empleados] que deseen estar del lado de Occidente. Pueden no estar de acuerdo con eso, benditos sean, pero no trabajen aquí». Recientemente, Andreessen incluso le confió al Times que no era raro sospechar que algunos empleados se incorporaban a empresas tecnológicas con el objetivo explícito de destruirlas desde dentro.

La estrategia detrás de todas estas declaraciones es brutalmente simple: realinear a la intelligentsia tecnológica con el poder del viejo dinero, depurando sus filas de pensamiento subversivo. El sueño de Gouldner de una alianza técnico-cultural se ha fracturado, destrozado por los telegramas de despido, las burlas contra la conciencia social como una debilidad y la paranoia patriotera por la competencia china.

Los intelectuales oligarcas han emergido como una entidad social estable y coherente, como subproducto de esta batalla por la hegemonía. Y ciertamente no se retirarán ni siquiera después de haber aplastado a sus enemigos woke y amantes de los criterios esg. Llegan a la Washington de Trump no como invitados, sino como arquitectos. Su maquinaria de distorsión de la realidad –la hidráulica del dinero, el dominio de las plataformas, las burocracias que se arrodillan para transformar la fantasía privada en políticas públicas– ejerce una fuerza sin precedentes. Carnegie y Rockefeller inspiraban respeto, pero carecían de este arsenal letal: el megáfono de las redes sociales, el aura de celebridad, la motosierra del capital de riesgo, la llave maestra del Ala Oeste de la Casa Blanca. Al reescribir las regulaciones, canalizar los subsidios y recalibrar las expectativas públicas, los intelectuales oligarcas transmutan sueños febriles –feudos de blockchain, propiedades en Marte– en futuros aparentemente plausibles.

Afortunadamente, lo que parece la fortaleza monolítica del poder tecno-oligárquico oculta fallas estructurales invisibles para los observadores devotos. Su aparente capacidad de distorsionar la realidad a su antojo se debilita a sí misma, paradójicamente, al construir cámaras de eco que asfixian el esencial espíritu crítico, al tiempo que celebran la libertad de expresión.

Divorciados del toque cáustico de los hechos sin adornos, estos pontífices de Silicon Valley pierden sus instrumentos de navegación. Y en un paisaje ya saturado de culto a los fundadores, el contacto con la verdad sin filtros se vuelve cada vez más escaso. (¡No cuenten con hagiógrafos de la corte como Walter Isaacson para que se las diga!).

Esta es una de las muchas formas en que la política no se parece en nada a los negocios. El capitalismo de riesgo estándar sigue enfrentándose al frío dictamen del mercado. Los inversores de capital de riesgo que coronaron a WeWork como el futuro del trabajo vieron cómo las realidades de la pandemia pinchaban su burbuja. El mercado, por muy defectuoso que sea, suele poner a prueba las hipótesis de inversión.

Pero el poder oligárquico ofrece una tentación aún más oscura: ¿por qué ajustar las predicciones para que coincidan con la realidad cuando se puede manipular la realidad para validarlas? Cuando Andreessen Horowitz sentencia que las criptomonedas son las inevitables sucesoras de la banca, el siguiente paso no es la adaptación, sino la activación: desplegar influencias en el gobierno de Trump para transformar la profecía en política. La colisión entre las fantasías de capital de riesgo y los hechos obstinados se vuelve evitable cuando se controlan los mecanismos para reconfigurar los propios hechos. Esta es, pues, la táctica final: los intelectuales oligarcas reconfigurando la legislación, las instituciones y las expectativas culturales hasta que la profecía y la realidad se fusionan en una sola alucinación (cortesía de Chatgpt, por supuesto). La realidad, sin embargo, mantiene sus umbrales críticos, una lección que aprendieron los burócratas soviéticos cuando sus ficciones cuidadosamente construidas se estrellaron contra las limitaciones materiales. El Partido Comunista chino, más astuto en sus métodos, construyó sistemas de recopilación de reclamos de varios niveles –foros digitales, funcionarios locales, ong autorizadas– que proporcionan inteligencia crucial sobre potenciales disturbios.

Los intelectuales oligarcas demuestran precisamente el instinto opuesto: están siguiendo el camino soviético. El aparato del doge de Musk ha buscado convertir a los empleados restantes en maniquíes que asienten, mientras su cohorte caza disidentes en plataformas digitales con eficiencia algorítmica. Al optar por negar la realidad al estilo soviético en lugar de monitorearla al estilo chino, han creado cámaras de eco que, en última instancia, acabarán resquebrajando sus grandiosos diseños.

La ironía llega hasta el hueso: estos hombres que ven comunistas acechando por todas partes están a punto de perfeccionar el pecado capital de la tecnocracia soviética, confundiendo sus elegantes modelos con la realidad indomable que pretenden domesticar.

No debería sorprendernos demasiado: cuando los intelectuales oligarcas se apoderan del aparato más poderoso de la historia, se transforman, inevitablemente, en apparatchiks, esta vez, pasando sus vacaciones en las carpas improvisadas de Burning Man en lugar de los sanatorios de lujo de Crimea. Elon Musk puede haber empezado como un Henry Ford, pero terminará como un Leonid Brézhnev.

Evgeny Morozov, Oligarcas intelectuales legisladores, Nueva Sociedad junio-julio 2025

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en The Ideas Letter, 3/4/2025. Traducción: Carlos Díaz Rocca.

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