El concepte de "mapa cognitiu" (Fredric Jameson)


Fredric Jameson



En una famosa conferencia impartida a mediados de década, Fredric Jameson estableció un paralelismo entre diferentes estadios del capitalismo y momentos de evolución de la cultura contemporánea, sin postular una causalidad directa pero sí una clara correlación. Al capitalismo nacional de segunda mitad de siglo XIX le correspondía el realismo de Flaubert o Galdós y al período monopolista e imperialista de primera mitad del XX, el modernismo de Eliott, Mann o Joyce. Al capitalismo avanzado de posguerra, multinacional y deslocalizado, Jameson asignaba el lenguaje posmodernista de Andy Warhol o Thomas Pynchon.

En dicha conferencia, el filósofo utilizaba este paralelismo para trazar su concepto de mapas cognitivos, en vistas a que el capitalismo entraba en lo que entendía como una fase especialmente compleja que planteaba un problema de cómo seríamos capaces, por decirlo llanamente, de describirlo. La idea de mapas cognitivos es en el fondo muy sencilla, y se basa en la posibilidad de mediación entre dos polos. Por un lado, las injusticias y las inclemencias materiales del capitalismo siguen sintiéndose en la vida cotidiana igual que siempre, son por momentos más palpables y evidentes que nunca al nivel individual. Por el otro, sin embargo, el sistema de producción capitalista ha llegado a un nivel de complejidad, despersonalización e internacionalización tan acusado que parece imposible encontrar no ya responsables directos de esas inclemencias, sino algo parecido a la posibilidad de un cambio.

El capitalismo avanzado, término que Jameson recoge del economista Ernst Mandel, parece imposible de figurar más que como una presencia inabarcable y ominosa, que a medida que su influencia se expande por todo el espacio vital del planeta su presencia se torna más elusiva e inefable, identificándose con la misma realidad: aquello que siempre es pero es imposible decir con precisión qué es. Como mediación para esta figura, Jameson propone entonces el concepto de "mapa cognitivo", término que toma del libro de Kevin Lynch La imagen de la ciudad. En este libro, Lynch investigaba las formas en las que los habitantes de las ciudades modernas se representan a sí mismos la disposición urbanística de su propio entorno, en ocasiones con resultados sugerentemente deformados. Para Jameson, entonces, la cartografía cognitiva es el ejercicio de cada individuo de representarse el sistema global en el que habita y su posición particular en el mismo, una tarea que se ha vuelto cada día más complicada. Es la tarea epistemológica de autopercepción de la sociedad capitalista contemporánea, una que se da generalmente a través de nuestros productos culturales, nuestras ficciones y estrategias estéticas.

Para Jameson, el mapa cognitivo: "…es esencialmente un concepto alegórico que presupone lo obvio, esto es, que estas nuevas y enormes realidades globales son inaccesibles para cualquier sujeto o conciencia individual […] que es lo mismo que decir que esas realidades fundamentales son de alguna forma últimamente irrepresentables o, por usar el término de Althusser, son algo así como una causa ausente, una que no puede emerger en la presencia de la percepción. Si bien esta causa ausente puede encontrar figuras a través de las cuales expresarse a sí misma de formas distorsionadas y simbólicas" [1].

La tarea de la cartografía cognitiva consiste, por lo tanto, en dilucidar nuestro camino entre estas formas distorsionadas y simbólicas. En qué consiste un mapa cognitivo adecuado para una estrategia emancipadora es algo que Jameson nunca deja del todo claro y cuando parece acercarse a un criterio, resulta un tanto decepcionante. Pero Jameson sí que tiene que decir mucho sobre las formas inadecuadas y perniciosas de cartografías cognitivas, aquellas que falsean o blanquean la realidad del sistema capitalista contemporáneo. Algunas de estas cartografías defectuosas acusan también las ficciones más explícitamente anticapitalistas.

Algo que Jameson tenía muy claro era que uno de los problemas fundamentales de la cartografía cognitiva era el melodrama. Es decir: el planteamiento del relato como una lucha antagónica entre buenos y malos, entre valores morales absolutos. Vivimos en un mundo post-Eichmann, pensaba Jameson, donde no puede decirse que el mal más absoluto del mundo no procede de un cónclave satánico o un cerebro central maquiavélico, sino donde las mayores injusticias y humillaciones son obra en el mejor de los casos de grises burócratas que actúan como meros engranajes de un sistema ciego que se mueve ya de forma imparable y automática. Jameson pensaba que esto había convertido al melodrama en algo "cada vez más insostenible. Si ya no existe el mal, los villanos se vuelven imposibles también […] Esto explica por qué los villanos en la cultura de masas han sido reducidos a dos supervivientes solitarios de la categoría del mal: estas dos representaciones de lo verdaderamente antisocial son, por un lado, los asesinos en serie y, por el otro, los terroristas" [2].

Parece que somos incapaces de representarnos de forma adecuada el sistema global en el que vivimos sin recurrir a los tropos moralistas de los buenos y los malos, al conspiracionismo o al mal radical del terrorismo o la sociopatía.

El conspiracionismo (lo que Jameson no tardó en calificar como el mapa cognitivo del pobre [3]) es la figura más recurrida de la cartografía cognitiva en un mundo cuya enorme complejidad y vasta extensión de miseria e injusticia requiere de un plan maestro, de un cónclave secreto que mueve los hilos en la oscuridad. En palabras de Alberto Toscano y Jeff Kinkle, dos de los principales autores que han desarrollado la teoría de los mapas cognitivos en la actualidad: "es como si la incapacidad de abordar los aspectos de dominación abstracta y violencia sistémica del capitalismo (su "mal" estructural) llevase a proyectar escenas de violencia real y planes siniestros (algún tipo de mal "diabólico") sobre su núcleo" [4].

En realidad, la pregunta es la siguiente: si la ficción como tal necesita recaer en esquemas melodramáticos o claves narrativas comunes simple y llanamente para funcionar como ficción. Si para poder ofrecer el necesario conflicto y final reconciliación de cualquier narración, en especial en su versión de cultura de masas, siempre ha de haber buenos y malos, un monstruo al final del pasillo, un cónclave maldito administrando la miseria en habitaciones llenas de humo. La complejidad del sistema global neoliberal no puede sino hacer parecer como imperfecta o infantil cualquier figuración que niegue el carácter dialéctico de la historia y el profundo absurdo impersonal de la miseria al reducirlo todo a un teatrillo de buenos contra malos, de equipos por colores peleando en algún juego en el patio de la escuela.


[1] Fredric Jameson, "Cognitive mapping", en Marxism and the Interpretation of Culture, ed. Cary Nelson y Lawrence Grossberg (Urbana y Chicago: Illinois University Press), 350.

[2] Fredric Jameson, "Realism and Utopia in The Wire", Criticism 52, no. 3-4 (2010): 367-368.

[3] Fredric Jameson, "Cognitive mapping", 356.

[4] Alberto Toscano y Jeff Kinkle, Cartografías del absoluto (Madrid: Materia Oscura, 2019), 146.

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