Resetejar la democràcia (Curtis Yarvin)
Hasta hace poco, mencionar a Yarvin (o a su alter ego bloguero, “Mencius Moldbug”) en una cena elegante de Washington era motivo suficiente para que te retiraran el plato del postre y te pidieran amablemente que te marcharas. Hoy, sus conceptos se pasean por el Despacho Oval en la boca del vicepresidente. Y no deja de tener su guasa que el arquitecto teórico del nuevo autoritarismo americano no sea un general condecorado ni un demagogo de masas, sino un ingeniero de software que tecleaba furiosamente en la plataforma Blogger entre 2007 y 2014.
El “Maquiavelo del Valle” es el hombre que convenció a la nueva derecha de que la libertad está sobrevalorada y de que lo que realmente necesitamos es un buen gerente. La gran aportación de Yarvin al panteón de las ideas peligrosas es el concepto de La Catedral.
Olviden las conspiraciones de señores fumando puros ante mapamundis en cuartos oscuros. Eso es muy siglo XX. Para Yarvin, la dominación es mucho más sutil. “La Catedral” es el sistema descentralizado de consenso que nos gobierna, formado por la unión sagrada entre las universidades de élite (Harvard, Yale) y la prensa de prestigio (The New York Times). No necesitan recibir órdenes secretas porque todos piensan igual. Actúan como una iglesia secular que “emite” la realidad oficial y excomulga a cualquier hereje que se atreva a cuestionar los dogmas del progresismo: igualitarismo, democracia y justicia social.
Según este evangelio, lo que llamamos “opinión pública” no es más que el eco de lo que un profesor de sociología de Berkeley decidió que era la verdad la semana pasada. Y el famoso “Deep State” o estado administrativo no es más que el brazo armado de esa teología, una burocracia permanente inmune a las elecciones.
¿Y cuál es la solución que propone nuestro bloguero para escapar de la Matrix progresista (Dios santo, qué daño hizo esa peli, algún día escribiré sobre ello)? Aquí es donde la cosa se pone divertidamente distópica. Yarvin no quiere “arreglar” la democracia: quiere tirarla a la basura. Su propuesta se llama Neocameralismo, y básicamente consiste en gestionar Estados Unidos como si fuera Apple o Amazon.
Piénsenlo con la frialdad de un accionista: la democracia es ineficiente, ruidosa y está llena de clientes (ciudadanos) que se creen con derecho a dirigir la empresa. En el modelo de Yarvin, el país es una propiedad inmobiliaria gigante. Usted, querido lector, no es un ciudadano soberano; es un cliente. Tiene derecho a un buen servicio (calles limpias, seguridad, economía estable), pero por el amor de Dios, no tiene derecho a “voz”. Si no le gusta el servicio, su derecho fundamental es la “salida” (exit): haga las maletas y váyase a la competencia. Cámbiese a Digi.
Para que esto funcione, necesitamos sustituir al presidente, un títere atado por el Congreso y la prensa, por un CEO-Monarca. Un ejecutivo absoluto que rinda cuentas solo ante un consejo de administración (quizás tenedores de criptomonedas o grandes inversores) y que tenga poder total para “reestructurar” la empresa sin que un juez de distrito le pare los pies.
¿Les suena familiar? Debería. Cuando J.D. Vance sugiere que Trump debería desafiar a la Corte Suprema o despedir a miles de funcionarios, no está improvisando; está canalizando el plan RAGE (Retire All Government Employees) de Yarvin. La idea no es recortar gastos, es purgar el sistema operativo. Formatear el disco duro del Estado para instalar “Dictadura 2.0 (versión Beta)”.
Vance, el chico maravilla de Thiel, ha citado a Yarvin como fuente clave para entender cómo funciona realmente el poder en América. Han pasado de los foros de internet oscuros a la política de Estado. Buscan un “reset” administrativo total, donde la eficiencia del capital tecnológico sustituya a la farragosa discusión política.

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