Iran: les dones com a instrument (Lidia Falcón)
| Reza Pahlavi |
Desde hace unos días son muchas las amigas, camaradas y conocidas que dicen echar en falta una posición pública del Partido Feminista de España ante los acontecimientos que se están desarrollando en Irán. Algunas, con esa ligereza que suele acompañar a la falta de memoria histórica y de responsabilidades políticas, se han permitido lanzar el eslogan de manual que el poder activa siempre que prepara una guerra: «¿Dónde están las feministas?». La pregunta no es nueva ni surge por casualidad. Aparece cada vez que Estados Unidos decide intervenir, desestabilizar o derribar un país, y suele llevar implícita una exigencia muy concreta: que las feministas callemos, olvidemos lo aprendido y nos alineemos, una vez más, con la violencia imperial convenientemente envuelta en retórica humanitaria.
La respuesta no tiene misterio. Estamos donde hemos estado siempre, con las mujeres iraníes, con su sufrimiento cotidiano y con su lucha frente a un régimen teocrático que las oprime y las castiga. Pero no estamos —ni vamos a estar— al servicio de una operación de agresión imperialista que pretende convertir ese sufrimiento en munición política para destruir un país, incendiar toda una región y reforzar los intereses estratégicos de Estados Unidos y, sobre todo, del ente sionista, que es quien más se beneficia de un Oriente Próximo fragmentado, debilitado y convertido en un mosaico de Estados fallidos. A este engendro colonial no le interesan vecinos soberanos, fuertes o estables; le interesan países rotos, dependientes, incapaces de articular una política propia y fácilmente manejables desde fuera. Ese mismo proceso responde, además, a una estrategia más amplia de Estados Unidos para impedir la consolidación de polos alternativos de poder, debilitando a aquellos países que mantienen vínculos políticos, energéticos o comerciales con Rusia y China. La experiencia de las últimas décadas es demasiado clara como para fingir sorpresa.
Irán no es hoy lo que es por azar ni por una supuesta maldición cultural. En 1953, cuando Mohamed Mosaddeq se atrevió a nacionalizar el petróleo iraní y a poner fin al saqueo de las grandes compañías occidentales, fue derrocado por un golpe de Estado organizado por la CIA y el MI6. Ese fue el verdadero crimen: tocar los recursos. Todo lo demás vino después. En su lugar se reinstauró al Sha, presentado durante años como un modernizador ilustrado, cuando en realidad encabezó un régimen autoritario, represivo y profundamente integrista, también en lo que respecta a las mujeres. Bajo su mandato no solo se persiguió con saña a la izquierda y se destruyeron organizaciones obreras; se impuso además un control férreo sobre la vida social y la moral, mientras se sostenía una modernización de escaparate que no alteraba ni un milímetro las relaciones de poder ni la dependencia económica del país.
Cuando ese régimen dejó de ser sostenible, cuando las calles se llenaron de obreros, estudiantes y mujeres, cuando la izquierda organizada representaba una amenaza real en un país fronterizo con la Unión Soviética, Estados Unidos optó por una salida conocida: mejor una dictadura teocrática de extrema derecha anticomunista que una democracia en la que los comunistas tengan presencia. No es una hipótesis; es una práctica histórica reiterada. Así se recicló el franquismo tras la Segunda Guerra Mundial, transformando a un dictador fascista aliado de Hitler en aliado respetable del bloque occidental. Y así se convenció a las feministas y a la izquierda, incluyendo a los comunistas que la llegada de los ayatolás era el principio de una revolución que correspondía a la cultura y las tradiciones del país, en contra de la modernidad imperialista que los países musulmanes rechazaban. La operación de engaño fue un éxito durante los primeros tiempos. Las propias feministas creyeron que el nuevo régimen asumiría las demandas de las mujeres. Incluso el partido comunista apoyó al principio la que calificaron de revolución popular. Para el imperialismo occidental fue la mejor solución a la crisis iraní. Derrocado el Sha tenían en el territorio un régimen y unos dirigentes: ayatollahs, que correspondían a las demandas de los revolucionarios islámicos, en vez de ser atraídos por la supuesta democracia occidental. Para EEUU los nuevos dirigentes, aunque ultra islamistas, reaccionarios, misóginos y represivos, sí, pero eficaces para aplastar al movimiento comunista iraní. Cumplieron su función con una brutalidad que ningún ejército extranjero habría logrado sin provocar un estallido aún mayor.
Ahora se nos intenta vender, una vez más, una salida prefabricada desde los despachos occidentales. El heredero del Sha, personaje sin arraigo social ni experiencia política real, cómodamente instalado en el exilio dorado, es presentado como alternativa “democrática” mediante una operación de blanqueamiento mediático cuidadosamente diseñada. No es casual que él mismo haya declarado mirarse en el espejo del rey emérito español, Juan Carlos I, paradigma del monarca reciclado por los servicios estadounidenses como garante de estabilidad y anticomunismo. La CIA ya ensayó con éxito esa fórmula en la España de la Transición: un jefe del Estado sin legitimidad democrática real, protegido y promocionado mientras cumpliera su función estratégica, tolerado en su corrupción y en su miseria moral mientras asegurara obediencia, alineamiento y continuidad del orden establecido. Ese es el modelo que ahora se pretende exportar a Irán: una figura decorativa, presentable ante la opinión pública internacional, útil para legitimar el cambio de régimen sin alterar los intereses del imperio ni de Israel. Reyes, príncipes y opositores de laboratorio al servicio de una misma lógica: gobernar sin pueblo y para otros.
En este contexto, la situación de las mujeres vuelve a ser utilizada como instrumento. Y aquí conviene decirlo sin rodeos. Cada vez que Estados Unidos ha “liberado” un país, las mujeres han salido peor paradas. Afganistán es el ejemplo más obsceno: veinte años de ocupación envueltos en propaganda feminista terminaron con mujeres expulsadas de la educación y del trabajo, empujadas al hambre y a la dependencia más cruel. Libia fue destruida en nombre de la protección de civiles y hoy es un territorio de milicias, trata de personas y violencia sexual sistemática. Irak y Siria muestran el mismo paisaje: colapso del Estado, fragmentación social, poder armado y un retroceso salvaje de las condiciones de vida de las mujeres. No es casualidad. La guerra no emancipa; empobrece, reacciona y somete.
Y, sin embargo, una parte del feminismo occidental vuelve a caer en la trampa. Algunas lo hacen porque cobran para ello, porque el imperialismo siempre ha contado con lacayas estratégicamente situadas para dominar el relato, hoy amplificadas por fundaciones, plataformas y redes sociales. Otras, muchas más, actúan como tontas útiles: repiten consignas, señalan a quien disiente y arrastran a otras aún menos informadas. El mecanismo es conocido y eficaz, pero no todas estamos dispuestas a participar.
Nosotras no nos hemos vendido nunca. Y no lo vamos a hacer ahora. Tenemos demasiados años, demasiadas horas de lectura y demasiadas derrotas acumuladas como para fingir que no sabemos cómo terminan estas historias. Sabemos reconocer una guerra imperial cuando se disfraza de feminismo. Sabemos que elegir entre ayatolás o imperio es una trampa.
Por eso, cuando nos preguntan dónde están las feministas, respondemos sin titubeos: estamos con las mujeres iraníes, sí, pero también contra la guerra, contra el expolio y contra la hipocresía imperial. Estamos donde no les gusta que estemos: pensando, recordando y negándonos a obedecer. Y seguiremos ahí, porque el feminismo no nació para justificar guerras ni para bendecir Estados fallidos, sino para combatir todas las formas de dominación, incluidas las que se imponen en nombre de la libertad.
Lidia Falcón, ¿Dónde están las feministas?, elcomun.es 17/01/2026
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