Les utopies són útils fins i tot quan fracassen.
El siglo XX es un siglo en que se producen situaciones terribles y, al mismo tiempo, las ideas se hacen más grandes, tal vez como reacción. Lo demuestra, por ejemplo, la proliferación de los ismos. Vivir situaciones extremas empujó a los pensadores del siglo XX a mirar hacia el futuro e imaginar alternativas al desastre. Un ejemplo: en 1945 sucede Auschwitz como catástrofe moral absoluta, pero también la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Incluso en los momentos más oscuros han surgido ideas salvadoras. Tal vez hoy también necesitemos algo así.
Hasta 1800, la utopía es sobre todo espacial: la idea de un lugar perfecto, como en Platón o Tomás Moro. A comienzos del siglo XIX, esas utopías espaciales se convierten en temporales: dejan de imaginar lugares y empiezan a imaginar futuros posibles, a menudo como respuesta a las crisis. Pero esas ideas también pueden convertirse en crisis por sí mismas cuando sus preceptos fracasan. Es un flujo permanente entre esos dos polos.
Hay una crítica muy pertinente a la Ilustración europea: fue demasiado blanca, masculina y eurocéntrica. Pero una cosa son esas ideas en abstracto y otra es cómo se aplicaron en ese tiempo. Yo quiero volver a las ideas puras y preguntarme cómo preservarlas, sin negar las críticas que sean necesarias. Justamente porque están bajo presión me parece urgente defenderlas: no como una reliquia, sino como algo vivo y útil.
Hay un regreso de la utopía tecnológica que ya conocemos desde la revolución industrial y comienzos del siglo XX. Piense en Metrópolis, de Fritz Lang… Lo que pasa es que hoy adopta formas más libertarias, incluso de derechas. Aun así, también existen utopías de izquierdas. Por ejemplo, el poshumanismo: la idea de no colocar al ser humano en el centro del mundo, sino reconocer que existen otras formas de vida con igual dignidad y que nuestra relación con ellas debe replantearse.
Las utopías tienen que fracasar, porque eso forma parte de lo que las hace utopías: que no puedan realizarse por completo. Pero, aun así, dejan una especie de plano para otros pensadores y otras sociedades del porvenir. Al mirar atrás, uno puede detectarlos en otra época histórica y resucitarlos en aras del progreso. Las utopías son útiles incluso cuando fracasan estrepitosamente.
Solo podemos entendernos como seres morales, libres y razonables si admitimos algún tipo de progreso. Sé que suena anticuado, pero creo que, sin progreso, lo único que queda es la resignación. Con todo, no creo que sea tan simple como elegir entre progreso o regresión. Me gusta más otra imagen: el vórtice, el torbellino que te arrastra hacia abajo y del que tienes que salir. En ese remolino, avance y retroceso están entrelazados. Y, aun así, si miramos el último siglo, sería absurdo decir, pese a la actualidad, que no ha habido progreso: hay más salud, más seguridad y más derechos democráticos. Sin minimizar los costes, porque los ha habido para el planeta y para partes de su población, prefiero vivir ahora que en 1925.
Álex Vicente, entrevista a Peter Neumann: "Sin la idea de progreso, solo queda la resignación", El País 09/01/2026
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