"Les veritables utopies les trobem al passat no cal inventar-les per al futur" (Roman Krznaric)
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El diagnóstico de Roman Krznaric es severo: padecemos una miopía temporal. «El problema es que vivimos bajo la tiranía del ahora», dice el pensador en Historia para el mañana, describiendo una patología social donde los políticos son «incapaces de ver más allá del último tuit» y de la encuesta electoral más reciente, mientras que las empresas se ciegan ante cualquier horizonte que supere el próximo informe trimestral. Es un escenario de parálisis global donde las naciones discuten en mesas de conferencias «mientras el planeta arde y las especies desaparecen», y nosotros, como individuos, contribuimos al problema hipnotizados por las pantallas, pulsando compulsivamente el botón de «comprar ahora». Vivimos, en definitiva, en «una era de cortoplacismo crónico».
Sin embargo, Krznaric se revuelve contra la idea de que la salvación vendrá exclusivamente de la mano de Silicon Valley. «El sector tecnológico también tiene mucho que responder», advierte, criticando la narrativa que sitúa todas las soluciones en el porvenir. Su propuesta es conducir mirando el retrovisor, no solo para ver los accidentes del pasado (el colonialismo, las dictaduras), sino para rescatar lo que funcionó. «A menudo pensamos que la historia avanza mediante la innovación tecnológica», reflexiona, citando la máquina de vapor y el iPhone.
Krznaric reivindica con igual fuerza la «innovación social»: desde los sindicatos del siglo XIX luchando por la jornada laboral de ocho horas hasta la gestión comunal de recursos del Tribunal de las Aguas de Valencia. Es aquí donde el samurái del periodo Edo cobra vida en el imaginario de Krznaric, no como una reliquia, sino como un agente de cambio contemporáneo. Si ese guerrero japonés apareciera hoy en un centro comercial durante el frenesí de un black friday, no desenvainaría su katana ante el despilfarro. «Me gustaría creer que el samurái nos diría en el centro comercial: 'Trae tu teléfono, te lo arreglaré. No necesitas uno nuevo'», ilustrael autor, proponiendo la creación de una edonomía moderna.
Para lograr esa economía circular, no hace falta una dictadura militar como la de los shogunes, sino «una regulación sensata» que obligue a las tecnológicas a vender dispositivos reparables y reciclables. Porque, como nos recuerda la historia a través de figuras como Mozart o Rafa Nadal, la creatividad no necesita un lienzo infinito: «La innovación puede surgir dentro de unos límites... El sector tecnológico odia los límites, pero eso es una falacia histórica», concluye.
«Las estrategias de la industria de los combustibles fósiles son muy similares a las de los propietarios de plantaciones de esclavos», dice. Ambos grupos de poder compartían el mantra del miedo al colapso económico para defender una transición lenta, dilatada durante décadas. Esta visión crítica se extiende a la estructura misma de nuestra sociedad. Ante el temor de un futuro distópico donde una élite tecnológica se apropie de la riqueza y huya a Marte dejando una Tierra calcinada, Krznaric no ofrece paños calientes. Asegura que vivimos en una «era de aceleración» donde los ideólogos de Silicon Valley nos empujan al precipicio. Para contrarrestar este fatalismo, el filósofo propone una reinvención radical de la política que paradójicamente implica volver a sus orígenes: la democracia ateniense y el sorteo de los cargos públicos.
Aunque la idea de confiar el gobierno a ciudadanos elegidos al azar suene inquietante frente a la supuesta pericia de los políticos profesionales, Krznaric se basa en la experiencia empírica.«Hace años me invitaron a hablar en una Asamblea Ciudadana en Irlanda sobre la pérdida de biodiversidad», recuerda. Lo que encontró allí no fue el caos, sino una inteligencia colectiva sorprendente que unía a granjeros, enfermeras y anarquistas. «Al cabo de un par de horas, estaban haciendo preguntas increíblemente inteligentes a los ecólogos y abogados», relata, subrayando cómo esa experiencia desafió sus propios prejuicios sobre la capacidad de la gente común para la gobernanza.Para Krznaric, el sistema actual de democracia representativa es una herramienta obsoleta, «diseñada para los siglos XVIII y XIX», incapaz de lidiar con problemas del siglo XXI como la inteligencia artificial o la emergencia climática. Al final, frente al colapso y la desigualdad, Krznaric nos receta una dosis de «esperanza radical», un concepto alejado del optimismo ingenuo. Su «píldora de emergencia» contra la desesperación es la memoria de que la convivencia es posible incluso en tiempos oscuros.
Si pudiera viajar en el tiempo, el filósofo elegiría la Córdoba del año 1000, no porque fuera perfecta, sino «como recordatorio de que el choque de civilizaciones no es inevitable». Esa es la tesis final de su obra: la historia no es un ejercicio de nostalgia, sino la prueba fehaciente de que «las cosas no tienen por qué ser como son».
«No tenemos que inventar utopías; las verdaderas utopías yacen en el pasado, en lo que ya hemos hecho», concluye Krznaric, invitándonos a ver la historia como «una semilla bajo la nieve esperando florecer» para navegar las turbulencias de nuestra era.
Daniel Arjona, Roman Krznaric: el filósofo que escruta mil años de historia para salvar el futuro, elmundo.es 31/01/2026

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