Moralització de la política vs ética política.





En un artículo anterior afirmábamos que lo novedoso de políticos como Trump, Milei, Bolsonaro o Ayuso es que ya no quieren ser o parecer buenos, sino que, como líderes desinhibidos que son, no reconocen los límites ético-políticos. La violación de la soberanía nacional de Venezuela por parte de Trump parece casar con esta idea: en su discurso no pretextó, a la vieja usanza, motivos democráticos, sino lisa y llanamente habló de hacerse con el petróleo venezolano.

Pero, a la vez, la agresión norteamericana al país caribeño parece cuestionar otro rasgo de esa desinhibición, según el cual estos líderes se colocan “más allá del bien y del mal”. ¿Cómo podrían estar más allá del bien y del mal si no hacen otra cosa que presentarse como encarnación del Bien e identificar a sus oponentes con el Mal? Es lo que hizo Trump al acusar a Maduro de formar parte del narcotráfico y de tener un plan para destruir Estados Unidos inundándolo de droga.

En realidad, el de los líderes desinhibidos (así los denomina Wendy Brown en Tiempos nihilistas) es un discurso que moraliza la política. Esto significa que atribuyen los conflictos políticos no a diferencias de criterio propias de la pluralidad humana, sino a la ignorancia y/o a la mala intención de sus protagonistas. Los que no ven el mundo tal como ellos o interfieren en la consecución de sus fines es porque carecen de juicio político, sea porque les falta conocimiento, inteligencia y autonomía o porque les sobra mala fe, falsedad o aviesas intenciones. Por eso a estos líderes no les resulta legítima la diversidad de opiniones e intereses y denigran, cuando no aplastan, a sus oponentes.

Vemos entonces cómo la moralización de la política es la negación de la ética política. Ambas tratan con el bien y el mal, pero mientras la moralización asimila el bien a la verdad y el mal a la mentira o a la mala fe, la ética política (de Maquiavelo y Weber) parte de que todos los sujetos tienen igual juicio político, cuya lógica consecuencia es la diversidad de perspectivas. Si la moralización atribuye el choque de valores a la existencia de unos malos y lo “resuelve” expulsándolos del debate, la ética política se toma en serio la diversidad y por eso tiene un criterio para elegir y negociar: males menores evitan males mayores.

La ética política también define y aparta lo inaceptable de la vida comunitaria, como son –por ejemplo– el machismo, el autoritarismo o el imperialismo para las sociedades democráticas. Pero lo hace sin moralizarlo: no necesita decir que es fruto del Mal, sino simplemente que es incompatible con los propios valores (democráticos, en este caso). La diferencia clave entre la ética política y la moralización está aquí: caracterizar la diferencia y el conflicto como fruto del Mal abre la puerta al aplastamiento del Otro, pues al ser irreformable representa un peligro absoluto y permanente. Mientras que afirmar la incompatibilidad de unos valores con otros (los propios) no lleva a la aniquilación del diferente, sino a un mundo plural regido en todo caso por la coexistencia.

Javier Franzé, La era de los liderazgos desinhibidos, ctxt 06/01/2025

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