El moment en què l'algoritme va devorar el dictador.


Alex Karp


El destino de Nicolás Maduro no se ha sellado en los pasillos del Pentágono, ni siquiera en el Despacho Oval de un Donald Trump exultante. No. El hilo de la parca que se cortó ayer, en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, se empezó a tejer mucho antes, y no por un general con medallas en el pecho, sino por un excéntrico doctor en teoría social neomarxista que prefiere el esquí de fondo a las reuniones de directorio y que cita a Theodor Adorno mientras diseña la arquitectura de la vigilancia total.

Hablamos de Alex Karp, el CEO de Palantir, una figura que parece escapada de una película de Woody Allen para aterrizar, con la contundencia de un misil Hellfire, en el centro del complejo militar-industrial del siglo XXI. Mientras el mundo digiere las imágenes de los helicópteros del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR) sobrevolando a baja altura Fuerte Tiuna y la base de La Carlota, conviene detenerse a mirar más allá de la pirotecnia cinética. Lo que ha ocurrido en Venezuela, bautizado como “Operación Resolución Absoluta”, no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva forma de hacer la guerra. Es el momento en que el algoritmo devoró al dictador.

La narrativa oficial nos hablará de valor, de inteligencia humana y de la determinación de la administración Trump. Pero la realidad subyacente, la verdadera “fontanería” de la operación reside en la capacidad de procesar lo inabarcable. Según los informes preliminares de la operación, lo que permitió localizar a Maduro no fue un chivatazo de un coronel desleal, sino la fusión de petabytes de datos: patrones de consumo eléctrico, firmas térmicas, comunicaciones encriptadas y movimientos logísticos sutiles. Todo ello procesado por el Maven Smart System y la plataforma de Inteligencia Artificial (AIP) de Palantir.

Karp suele bromear diciendo que su trabajo consiste en “gestionar a gente inmanejable” , refiriéndose a sus ingenieros, a quienes llama cariñosamente “hobbits” en una alusión a Tolkien que vertebra la cultura corporativa de la empresa: su misión es “salvar la Comarca”. Pero ayer, la Comarca era el interés geopolítico de Estados Unidos, y los orcos, a ojos del algoritmo, eran la cúpula del chavismo.Es fascinante observar la trayectoria de Karp. De niño, en el barrio de Mount Airy, sus padres lo llevaban al Museo de Arte de Filadelfia, donde su padre, Bob, le señalaba insistentemente una estatua de Ícaro, quizás advirtiéndole sobre la hubris, acerca de volar demasiado cerca del sol. Sin embargo, Karp ha hecho de esa cercanía al sol su modus vivendi. Su empresa, cofundada con el polémico Peter Thiel —el libertario que soñaba con erosionar el estado-nación a través de las criptomonedas antes de decidir que era más rentable convertirse en el contratista favorito del Estado —, ha sido la arquitecta invisible de esta operación.

Mientras Silicon Valley jugaba a ser pacifista y rechazaba contratos militares, Karp abrazó la controversia con la ferocidad de un converso. “Nuestro software está en la lucha”, escribió en una carta pública cuando estalló la guerra en Ucrania. Hoy, esa lucha se ha materializado en el Caribe. La “Operación Southern Spear” , preludio naval de la captura, no fue solo un despliegue de fuerza bruta; fue una red de sensores alimentando a una inteligencia artificial capaz de predecir fallos logísticos antes de que ocurrieran gracias al sistema ShipOS.

Estamos ante el fin de la inocencia digital y el comienzo de la guerra cognitiva aplicada. Karp, el filósofo que en su juventud recorría Berlín buscando la “teoría crítica” y quizás algo de desenfreno, ha entregado a Trump la herramienta definitiva: la capacidad de ver a través de los muros de un palacio presidencial a miles de kilómetros de distancia. La pregunta que flota en el aire no es cómo lo hicieron, sino qué significa para la condición humana que un algoritmo decida el destino de las naciones.

Cuando los helicópteros del 160.º SOAR despegaron de Caracas con su “paquete” de alto valor asegurado, no solo transportaban a un dictador caído; llevaban consigo la prueba de concepto de un nuevo orden mundial. La “Operación Resolución Absoluta” ha confirmado lo que los mercados financieros, con su olfato de sabueso para el poder real, ya anticipaban: Palantir es el pilar central del nuevo “Complejo Militar-Algorítmico”.

En los parqués de Wall Street, esto se conoce ya como el Trump Trade definitivo. Mientras las grandes tecnológicas de la costa oeste —Google, Apple, Microsoft— titubeaban ante contratos militares por escrúpulos éticos o presiones de sus empleados, Alex Karp y Peter Thiel eligieron bando hace mucho tiempo. “Palantir solo suministra sus productos a aliados occidentales. Nunca hemos suministrado nuestros productos a enemigos”, declaró Karp en una llamada con inversores, con la claridad moral de quien ha leído a Carl Schmitt y entiende que la política es, en última instancia, la distinción entre amigo y enemigo.La captura de Maduro plantea interrogantes inquietantes sobre la soberanía en el siglo XXI. La operación se sustentó legalmente en una acusación de narcoterrorismo construida sobre terabytes de evidencia digital: transacciones financieras, comunicaciones interceptadas y patrones de movimiento, todo procesado por la IA de Palantir. Es el triunfo de la jurisdicción digital sobre la territorial. Si el algoritmo puede reconstruir tus finanzas y predecir tu ubicación, las fronteras físicas se vuelven irrelevantes. Es la aplicación definitiva de la “guerra legal” o lawfare, donde la sentencia judicial es el preludio inmediato del misil.

Para China y Rusia, los valedores tradicionales del chavismo, el mensaje es demoledor. La impunidad con la que Estados Unidos ha operado en un entorno hostil, neutralizando las defensas de un aliado de Moscú, demuestra una brecha tecnológica que la fuerza bruta convencional no puede cerrar. No se trata de cuántos tanques tienes, sino de la calidad de tu software de gestión de batalla.

Resulta paradójico que Alex Karp, el hombre que en su juventud académica abominaba de la agresión inherente al lenguaje, haya perfeccionado la gramática de la violencia estatal. En una carta reciente a sus accionistas, Karp citaba al politólogo Samuel Huntington para recordar que Occidente no conquistó el mundo por la superioridad de sus ideas, sino por su superioridad en aplicar la violencia organizada.

Desde el 3 de enero de 2026, esa violencia organizada tiene una interfaz de usuario elegante y corre sobre servidores en la nube. Nicolás Maduro vuela hacia una celda en Estados Unidos, y Alex Karp, el filósofo excéntrico que temía el fascismo, se ha convertido en el arquitecto de un poder tan absoluto que haría palidecer al Leviatán de Hobbes. La pregunta que nos queda, mientras miramos nuestras propias pantallas, es si en este nuevo mundo transparente y predecible, queda algún lugar donde esconderse.

Daniel Arjona, Del Valle a Caracas: este filósofo es el arma más mortífera de Donald Trump, El Argonauta 04/01/2026

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Percepció i selecció natural 2.

El derecho a mentir

La ciència del mal (Simon Baron-Cohen).