La immoralitat de l'adversari polític.






Creo que no hace falta, porque es evidente, demostrar que en muchos países de todo el mundo está aumentando de modo alarmante la animadversión partidista: pensamientos, sentimientos y comportamientos hostiles dirigidos hacia el grupo político contrario. En Estados Unidos, el grado de frialdad que los estadounidenses sienten hacia el partido opuesto ha alcanzado su nivel más alto en las últimas cuatro décadas. De hecho, la mayoría de demócratas y republicanos consideran a los miembros del otro partido como inmorales, deshonestos, poco inteligentes y de mente cerrada. Pero este patrón no es exclusivo de Estados Unidos. Análisis comparativos de democracias occidentales muestran que la hostilidad hacia los partidos contrarios es igualmente elevada en países como Australia, Canadá, Francia, Israel, Suiza y aquí en España.

Un nivel tan alto de polarización y hostilidad tiene consecuencias. Algunas de ellas son políticas: la animadversión partidista se asocia con una gran resistencia a llegar a acuerdos con miembros del partido contrario y también con tener confianza en el gobierno solo cuando gobierna el propio partido. Pero la falta de confianza en el partido opuesto puede llevar a comportamientos autodestructivos fuera de la política también, como ignorar las recomendaciones sanitarias - como ocurrió durante la pandemia de COVID-19- dado que esas recomendaciones provenían de un gobierno del partido contrario. La animadversión partidista incluso se ha relacionado con el apoyo a la violencia contra miembros del partido contrario, y hemos visto numerosos casos recientes de este tipo de violencia. Otras consecuencias negativas aparecen en la vida cotidiana: los miembros de un partido político rechazan a miembros del partido opuesto como posibles parejas sentimentales, como empleados o como merecedores de becas. Incluso las reuniones de familiares y amigos se han convertido en un campo de minas donde no se puede hablar de ciertos temas y han aparecido encuestas en España de cómo muchas personas (cinco millones) han roto relaciones con familiares y amigos por razones políticas.

La aportación principal que realizan los autores en este artículo es explicar la animadversión partidista como una atribución de culpa moral al partido rival o adversario, es decir, la hostilidad hacia el partido opositor está impulsada por la percepción de su supuesta profunda inmoralidad. Ponen como ejemplo el lenguaje moral que vemos utilizar continuamente cuando se habla del otro bando: asqueroso, vergonzoso, demoníaco, monstruoso…Los autores provienen del campo de la filosofía moral y conceptualizan la culpa como una actitud hostil dirigida hacia individuos o grupos que se perciben como inmorales en su forma de pensar o comportarse, como personas que piensan o hacen cosas «malas» o «incorrectas». La actitud de culpa puede variar desde leve (no soy partidario del partido contrario porque algunas de sus creencias me parecen ligeramente ofensivas) hasta intensa (odio al partido contrario porque sus creencias son repugnantes y malvadas). En opinión de los autores, el aumento de la polarización afectiva es un incremento de la intensidad de la actitud de culpa que cada partido tiene hacia el otro u otros.

El proceso de culpabilización comienza con la percepción de una injusticia. Surge al percibir una inmoralidad. Luego se evalúa su intensidad según:

  1. Gravedad del daño percibido: a mayor daño, mayor inmoralidad y mayor culpa. Aquí mencionan la teoría diádica de Kurt Gray de la que hablamos mucho en este blog.

  1. Intencionalidad y motivos: ¿fueron egoístas, malvados o comprensibles?

  1. Libertad de acción:¿podían haber actuado de otra forma? ¿tenían el control y podían haber elegido otra acción?)

  1. Control sobre su propia formación moral. La pregunta aquí es: ¿esta persona/grupo es culpable de haberse convertido en mala persona, o la vida la hizo así sin que pudiera evitarlo? Cuando la gente cree lo segundo (que la vida la hizo así), la culpa baja muchísimo, aunque la persona siga haciendo cosas malas hoy. Es diferente creer que la persona mala es mala porque ella misma eligió serlo a lo largo de su vida o creer que su carácter malo fue moldeado por cosas que le pasaron y que no pudo controlar (infancia difícil, padres abusivos, entorno muy duro, traumas, etc.). Cuanto más creas que la persona no tuvo control real sobre cómo se formó su carácter, menos la culpas intensamente

  1. Atribuciones negativas estables. Se solapa en parte con el punto anterior: ¿son personas/grupos inherentemente malos?

  1. Pensamiento contrafáctico. También se solapa parcialmente con puntos anteriores. En el contexto de la culpa, el pensamiento contrafactual implica la simulación mental de mundos alternativos que deshacen un daño que se ha hecho en el mundo real. El pensador contrafactual presta atención a qué aspectos del mundo, cuando varían, parecen más propensos a prevenir el daño. Las investigaciones sugieren que este tipo de pensamiento contrafactual tiende a centrarse en deshacer acciones controlables por agentes humanos (si tan solo él no hubiera hecho X) o en deshacer condiciones anormales (Si tan solo ella lo hubiera hecho como suele hacerlo). La actitud de culpa hacia un actor se intensifica en la medida en que el contrafactual sugiere que el actor podría haber hecho fácilmente algo diferente y que esto habría reducido en gran medida la probabilidad del daño (por ejemplo, Si tan solo hubiera comprobado la puerta antes de acostarse…

  1. Sesgos motivacionales e identitarios. Este punto se refiere a un debate existente en la psicología de la culpa. La cuestión es si las personas que culpan a alguien suelen ser racionales y justas al evaluar la culpa, o caen fácilmente en sesgos cognitivos y motivacionales que hacen que culpen más de lo que deberían. Hay división de opiniones pero los autores concluyen que en el contexto político los sesgos son probablemente muy relevantes.

  1. Un último aspecto tendría que ver con la expresión de la culpa hacia fuera. Una cosa es tener una actitud interna de culpa/reproche muy fuerte (dentro de ti estás furioso, asqueado, deseando castigar al otro) pero otra cosa es expresar esa actitud hacia afuera (decírselo a la cara, criticarlo en público, escribir un tuit agresivo, etc.). Según los autores, no siempre expresamos lo que sentimos y habría tres factores que sintetizan en forma de preguntas que pueden hacer que la culpa o el reproche no se exprese. La primera pregunta clave sería: ¿Sirve de algo gritarle, insultarlo o culparlo duramente? ¿Lograré que cambie, que me escuche, que mejore la relación? Si la persona cree que expresar rabia fuerte es contraproducente (provoca que el otro se ponga más a la defensiva, se cierre, empeore la relación, genere más conflicto), entonces se contiene y habla más calmado o no dice nada. Esto se llama motivo instrumental para regular emociones, lo que quiero lograr es un objetivo práctico: convencer, mejorar la relación o evitar una escalada.Ahora viene la pregunta del millón: todo esto está muy bien, es verdad que nos ayuda a entender la crispación política pero ¿nos sirve de algo este marco teórico, podemos hacer algo para disminuir la animadversión y la polarización partidista? Los autores hacen sus propuestas que vamos a ver por encima. El enfoque es en intervenciones que disminuyen la intensidad interna de la culpa (haciendo que veamos al otro bando como menos “malvado” moralmente) o que suavizan su expresión externa (evitando insultos, gritos o polarización pública). El objetivo final es lo que yo defiendo en mi libro: des-moralizar la política, no ver todo como un batalla moral absoluta (bueno vs. malo, blanco vs. negro), sino reconocer que las diferencias ideológicas pueden coexistir sin odio. Esto fomentaría la convivencia, el diálogo respetuoso, los compromisos y la reducción de la violencia o el rechazo social. Pero son cosas muy fáciles de decir pero bastante más difíciles de llevar a la práctica.

    Siguiendo el esquema anterior lo que los autores proponen es en primer lugar reducir la percepción exagerada del daño causado por las políticas del otro bando. Por ejemplo, mostrar datos objetivos sobre el impacto real de políticas del otro bando. Reducir la idea de que el otro bando causa “daños catastróficos”, haciendo que parezcan menos “inmorales” y más abiertos al diálogo.

    Una segunda intervención sería mostrar que las razones del adversario suelen ser comprensibles y no malvadas. Mostrar que el otro bando adopta posiciones por motivos comprensibles. Por ejemplo, alguien apoya regulaciones de carbón porque perdió el empleo y no por ser un malvado. El objetivo sería humanizar al otro: “No son malvados intencionales, tienen razones válidas”. Esto reduciría la moralización absoluta y abre el terreno a la empatía y el compromiso.

    Una tercera intervención sería disminuir la creencia en el libre albedrío político. Mostrar, por ejemplo, la base biológica/genética de las creencias políticas y también el componente de determinismo social derivado del lugar, el ambiente y las experiencias vividas por las personas del otro bando. Si ves que el otro “no pudo elegir de otra forma” (por biología y por presiones y situaciones sociales), lo culparías menos.

    Una cuarta intervención sería reducir el control sobre la formación del carácter. Contar cómo la infancia o la dinámica familiar formó las creencias políticas del adversario político. El objetivo, de nuevo, sería ver al otro como “producto de su historia”, no como “que ha elegido ser malo”.

    Una quinta intervención sería cambiar las atribuciones negativas estables. Por ejemplo, corregir percepciones exageradas mostrando que el otro bando no es tan anti-democrático o violento; mostrar videos de partidarios del partido rival dialogando amigablemente. Reflexionar si culpas a todo el grupo por los actos de pocos, no meter a todos en el mismo saco y culpar por ejemplo sólo a los extremistas y no a todos. Mostrar por ejemplo videos de miembros del otro grupo discrepando internamente, que no son un bloque monolítico. Así veríamos que hay diversidad interna en el otro bando y potencial de cambio, reduciendo la polarización moral.

    Por último, intentar reducir los sesgos identitarios. En vez de buscar lo que nos separa, céntranos en lo que nos une, en lo que compartimos. Todos queremos un mundo mejor para nuestros hijos, no queremos guerras ni violencia. Intentar también disminuir las expresiones de reproche y de culpa. Culpar y atacar suele producir un rebote y la gente suele admirar a quien escucha al otro y no al que ataca. Como veis, la dificultad de llevar todo esto a la práctica es máxima pero no hay alternativa. En vez de ver al otro como “inmoral absoluto”, como un demonio, tenemos que intentar humanizarlo, ver que tiene motivos comprensibles para pensar como piensa, que sus ideas se deben a experiencias y a una historia previa, que todos tenemos sesgos. Si avanzamos en este camino, ese cambio permitiría la existencia de desacuerdos ideológicos pero sin odio, se fomentaría el diálogo, los compromisos y el respeto mutuo. Es imposible eliminar las diferencias pero tal vez sí es posible reducir la toxicidad. Los efectos positivos serían una menor violencia, más confianza institucional y unas interacciones cotidianas menos tensas. Algo de lo que estamos muy necesitados. Porque no hay otra alternativa. Si no intentamos aplicar estas propuestas para poder convivir personas que pensamos de forma diferente, lo que nos queda es la violencia y el conflicto.

    Pablo Malo, ¿Podemos vivir juntos personas que pensamos diferente?, Pablo's Substack 11/01/2026

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