Nick Land, el nihilista.






Para entender la verdadera “telos” de la nueva administración norteamericana, tenemos que viajar a Shanghái, donde reside este filósofo británico exiliado, padre del aceleracionismo y, permitidme el título, teólogo de cabecera del apocalipsis tech.

Land no es un estratega político; es un profeta metafísico (forjado con lecturas de Nietzsche, Bataille y toneladas de anfetas. Su mensaje es tan simple como difícil de tragar sin un buen llinto: el ser humano está sobrevalorado. Para Land, lo que llamamos “progreso” no es el avance del bienestar humano, sino la invasión del futuro por parte de una inteligencia alienígena que llamamos “Capital” o “Tecnología”.

¿Cuál es nuestro papel en esta space opera? Agárrense: somos el cargador de arranque (bootloader). Somos la enzima biológica necesaria para engendrar a la Inteligencia Artificial, y una vez que la máquina sea autosuficiente (la famosa Singularidad), nuestra función histórica habrá concluido. Como escribió Land con esa alegría contagiosa que le caracteriza en su ensayo Meltdown: “Nada humano sale con vida del futuro cercano”.

Lo fascinante es que esta filosofía, por llamarla así, se ha convertido en la religión operativa de Silicon Valley bajo la etiqueta e/acc (Aceleracionismo Efectivo).

Si han visto en X a tipos con nombres como “Beff Jezos” hablando de “fuerzas termodinámicas” y “dioses mecánicos”, están viendo a los acólitos de Land. Para esta gente (respaldada por titanes empresariales como Marc Andreessen y el propio entorno de Thiel), cualquier intento de regular la IA por motivos de seguridad ética es una herejía. Es ir contra las leyes de la física.

Aquí es donde J.D. Vance y la política real entran en colisión con la ciencia ficción. Bajo esta influencia, la administración no ve la Orden Ejecutiva de Biden sobre seguridad de la IA como una medida de precaución, sino como un ataque de “La Catedral” para frenar la evolución de la especie (o de la post-especie). ¿El plan? Derogarla. Soltar a la bestia. Dejar que los modelos de IA corran libres en un “salvaje oeste” desregulado, porque si no lo hacemos nosotros, lo hará China.

Pero la cosa no se queda en el software. El cuerpo humano también es un lastre regulatorio.

Entra en escena Jim O’Neill, un asociado de Thiel que suena para puestos clave en sanidad o la FDA. Su propuesta estrella es de una lógica aplastante y aterradora: la FDA solo debería evaluar si un fármaco es seguro (no te mata al instante), pero no si es eficaz (si cura algo). Eso, amigos, que lo decida el mercado.

Imaginen el panorama: un ecosistema donde startups financiadas por capital riesgo pueden vendernos elixires de la eterna juventud sin probar que funcionan, convirtiendo a la población en un inmenso grupo de control no remunerado. Es la convergencia perfecta con figuras como RFK Jr., quien, aunque viene de otro planeta ideológico, comparte el deseo de dinamitar la autoridad científica de las agencias actuales.

Así que aquí estamos. Frente a una tríada que ha logrado lo impensable: fusionar el nihilismo filosófico más oscuro con el optimismo tecnológico más efervescente. El “Rico” (Thiel) pone la gasolina. El “Bloguero” (Yarvin) diseña la dictadura corporativa. Y el “Nihilista” (Land) nos asegura que nuestra extinción no es una tragedia, sino un upgrade.

Lo que se nos viene apesta al fascismo de los años 30 con sus botas de cuero, sussus desfiles y sus asesinatos de fuerzas paramilitares. Y con razón. Pregúntenle a Renee Nicole Good y a Alex Jeffrey Pretti. Pero tal vez, al menos en un nivel explicativo, merezca la pena llamarlo tecnocracia feudal. Un sistema donde usted no es un ciudadano, sino un suscriptor de un servicio de gobernanza. Y recuerde: si no le gustan los términos y condiciones de servicio de la nueva América v.2.0, siempre puede darse de baja. El problema, claro, es que nadie nos ha explicado todavía a dónde demonios se supone que podemos ir.

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