El risc del centaure.


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La técnica ha acompañado al ser humano a lo largo de su existencia. Es más, su empleo, es uno de los elementos que nos define como humanos. «Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca», afirmaba José Ortega y Gasset en su libro Meditación de la técnica, añadiendo que, para el hombre, la técnica es «una reacción contra su entorno, no resignarse contentándose con lo que el mundo es» (Ortega y Gasset, 1936). Para el filósofo, no se trata solamente de que el hombre utilice la tecnología para minimizar el esfuerzo necesario para satisfacer sus necesidades, sino que la utilice, sobre todo, para reformar la naturaleza, para salir de la circunstancia en la que está sumergido, centrarse en sí mismo y crear una sobrenaturaleza. Es ésta una transformación que le sirve para alcanzar su verdadero propósito vital, que es proyectarse hacia el futuro, avanzar hacia su ideal de vida, hacerse a sí mismo, autofabricarse.

Reformar la naturaleza, transformar el entorno y adaptar el medio al sujeto han sido tradicionalmente los objetivos de la técnica. Pero resulta que hoy nos encontramos ante una situación en la que la técnica sirve, además, para transformar al hombre. Es el sujeto el que puede adaptarse al medio. La posibilidad de mejorar al hombre es una nueva realidad para la que resulta difícil estar preparados. No se trata del mejoramiento biológico fruto de la evolución natural, ni de las mejoras físicas e intelectuales logradas gracias a la educación, el entrenamiento, los hábitos de vida o los avances médicos convencionales. Se trata de un proceso de mejora artificial acelerada, consecuencia directa de los rápidos avances en los campos de la biotecnología y la cibernética.

La posibilidad del mejoramiento humano ha dado lugar a corrientes como el transhumanismo y el poshumanismo. Mientras que la primera se plantea como objetivo el uso de las nuevas tecnologías para mejorar las capacidades físicas, psicológicas e intelectuales del ser humano, el poshumanismo va más allá y defiende la obligación moral de lograr el máximo grado de mejoramiento, aspirando a un futuro en el que aparezca una nueva especie (no humana), una «singularidad tecnológica», que supere las capacidades del ser humano actual y que llegue a desplazarlo o incluso a eliminarlo. En su visión más conservadora, el transhumanismo defiende el uso de la técnica para restablecer un estado salud deteriorado, aumentar la esperanza y la calidad de vida, o maximizar las posibilidades de la inteligencia artificial (IA) especial utilizada como herramienta. Las concepciones más extremas del poshumanismo nos hablan de alcanzar la inmortalidad, de prótesis biónicas, cíborgs, interfaces cerebro-máquina o de máquinas pensantes, con una inteligencia superior a la humana que pueda ser implantada o transferida entre sustratos no biológicos o híbridos. 

Más allá de los debates científicos sobre el grado de factibilidad de las propuestas del mejoramiento y el transhumanismo, es imprescindible contestar algunas preguntas esenciales a las que difícilmente puede respondernos la ciencia. Son preguntas de la filosofía, transformada poco a poco en disciplina práctica que intenta dar sentido al obrar humano, la que debe plantear las preguntas esenciales sobre el mejoramiento. Sobre todo, para qué mejorar y cómo mejorar. La primera idea es que dominar la tecnología no significa dominar la vida. Existe acuerdo en la conveniencia de usar las nuevas tecnologías con fines curativos o para mejorar la calidad de vida (especialmente, para ir cerrando la actual brecha entre la esperanza de vida, que crece progresivamente y la esperanza de vida con calidad, prácticamente estancada en los países desarrollados). Pero intervenir sobre los seres humanos, modificando su biología y su inteligencia de forma artificial, tendría enormes consecuencias sobre nuestra forma de vida. Además, ¿quién decidiría qué es vivir mejor, dónde está la frontera entre curación y mejoramiento, o qué se entiende por una mejora razonable?, ¿quién establecería cuál es la esencia de la naturaleza humana o cuál es el grado óptimo de felicidad?, ¿qué consecuencias económicas y sociales supondría elevar la esperanza de vida y la inteligencia de la población?, ¿quién aseguraría que estas mejoras se distribuyen de manera justa y equitativa en la sociedad?, ¿quién y cómo se acordarían las leyes morales del mejoramiento?Uno de los elementos más distintivos del ser humano es su deseo de mejorar. Pero vivir más y ser más inteligentes no implica necesariamente vivir mejor ni ser más felices. Como nos recuerda Séneca, la vida, «ese lapso que la razón dilata, pero la naturaleza precipita» siempre es más corta de lo que nos gustaría (Séneca, 2013). Nos abandona pronto, «durante los propios preparativos de la vida», pero es bastante larga si se invierte bien, si sabemos usarla. El problema, dice, «no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho» y que «no recibimos una vida breve, sino que la abreviamos». Lo preocupante es que «es exigua la parte de vida que vivimos» y que «el espacio restante no es vida, sino tiempo». Por tanto, comprar tiempo no es sinónimo de comprar vida. Quizás el verdadero reto es intentar vivir más vida, acumular el mayor número de esos instantes únicos, casi siempre pequeños placeres cotidianos, que nos satisfacen plenamente y resumen finalmente nuestra existencia.

Resulta tremendamente difícil definir cuál es el grado de mejoramiento razonable y cómo debería aplicarse en la práctica. Imaginemos que, mediante la selección genética o el uso de interfaces cerebro-máquina, pudieran generarse seres más sanos, más inteligentes, más sociables, mejor integrados y con mayor probabilidad de éxito en la sociedad. ¿No estaríamos contribuyendo a un proceso de homogeneización del ser humano en el que el «hombre masa» dibujado por Ortega, tan característico de nuestra época, acabaría siendo reemplazado por un «superhombre masa», un ser humano física e intelectualmente excelente, pero que habría perdido lo que verdaderamente nos define como personas, la individualidad, aquello que nos hace diferentes y únicos? Pero no conviene caer en disquisiciones sin fundamento. Con toda seguridad, el mayor problema no sería la homogenización de la especie humana, sino lo contrario: la falta de equidad en el acceso a las mejoras, que estarían sólo al alcance de unos pocos, lo que aumentaría las actuales desigualdades socioeconómicas existentes en el planeta.

También resulta ingenuo pensar que quienes hoy están liderando la carrera por las nuevas tecnologías (países y personas que no se caracterizan precisamente por su respeto a los valores democráticos y cuyo objetivo principal es conseguir más poder) tengan la intención de que se llegue a un consenso internacional que defina las leyes morales que sirvan de marco al mejoramiento, tal como desearían los expertos en bioética. Sabemos que estas personas no van a esperar a ningún consenso y es casi seguro que, si algo es factible técnicamente, terminen llevándolo a la práctica, sin tener en cuenta su impacto sobre la dignidad, la autonomía y la identidad del ser humano.

Pero volvamos a Ortega y finalicemos también con su idea de la «autofabricación» con la que arrancaba este artículo. Se trata de un concepto que, para él, no tiene nada que ver con el mejoramiento humano al que aquí nos estamos refiriendo. No habla de la autofabricación del ser humano como colectivo, sino de una automejora individual, de una transformación personal que haga avanzar a cada sujeto y le ayude a cumplir con su programa vital. A un humanista liberal como Ortega le horripilarían las ideas deshumanizadoras del transhumanismo, el ideal de buscar un mejoramiento colectivo de manera artificial o la posibilidad de que unos hombres pudieran decidir sobre el destino de otros. «Sin la técnica, el hombre no existiría», afirmó. Nuestro gran filósofo no podía imaginar hasta dónde podrían llevar al hombre los avances tecnológicos y, quizás por ello, no añadió que sólo con la técnica el hombre tampoco existiría. Porque correría el riesgo de salirse completamente de la naturaleza, convirtiéndose en un ser inadaptado, justo lo contrario del objetivo perseguido con la técnica.

Tenemos la obligación de evitar el sufrimiento, de restaurar la normalidad física y mental, de redefinir la medicina de la salud (López Otín, 2024) pero también de transformar nuestra concepción de lo que es vivir mejor, es decir, de lo que es vivir. Por ello, es preciso reconocer que, aunque la tecnología sea inseparable del hombre, un elemento esencial que nos ayuda a mejorar y a elevarnos sobre la naturaleza, la técnica sólo puede proporcionar una parte de las mejoras a las que debemos aspirar. Las máquinas son herramientas, no fines en sí mismas. Vivimos con ellas, conectados a ellas y, en muchos casos, gracias a ellas. Pero la tecnología nunca puede llegar a ser el elemento que determine nuestra felicidad. El progreso que promete el poshumanismo, la liberación de las limitaciones que nos impone la naturaleza, nos convertiría en seres puramente extranaturales. El verdadero riesgo es que el centauro que, según Ortega, somos los humanos, mitad naturaleza, mitad extranaturaleza, vaya perdiendo ese anclaje biológico que nos ata al mundo, esa realidad que es nuestro cuerpo, que es parte fundamental de nuestra esencia humana. 

José Antonio Sacristán, Deus ex machina, Revista de Occidente diciembre 2025

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